Comentario, Domingo XXIV Ordinario

Lc 15, 1-32
15 de septiembre de 2019

           Centraré mi reflexión sobre el evangelio, pero sin olvidar las otras dos lecturas de la liturgia dominical, que hoy aparecen profundamente sincronizadas. El libro del Éxodo nos habla de un Dios que se arrepiente de la amenaza pronunciada contra su pueblo: una amenaza legítima, justa, merecida, porque recae sobre un pueblo que se ha pervertido, desviándose del camino señalado, incurriendo en la idolatría y olvidándose del Dios verdadero.

           El mal de la idolatría consiste fundamentalmente en elevar a un ídolo, o hechura humana, a la categoría de Dios; por tanto, en confundir lo que no es Dios (el ídolo) con Dios; pero semejante confusión es grave, porque conduce al olvido de Dios, dando origen a consecuencias muy nocivas. Se trata de un pueblo de dura cerviz, que no aprende de sus propios errores, que es reincidente, puesto que vuelve una y otra vez al mal de la idolatría. Es esta perversión renovada del pueblo la que justifica eso que la Biblia llama ira de Dios y que no es sino una manifestación de su misericordia, pues la misericordia del Señor también se manifiesta en forma correctora o medicinal. Es el castigo que cura o la medicina dolorosa que cicatriza la herida. Es la corrección que educa.

           Pero en ocasiones basta una simple amenaza para preservar del mal. El relato del Éxodo nos dice que las súplicas de Moisés lograron que Dios diera marcha atrás (=se arrepintiera) en la aplicación de sus amenazas. No es que Dios necesite que le supliquen para alterar sus planes correctores, pero espera la súplica para desistir de sus amenazas. En realidad, esa súplica muestra un cambio en el corazón pervertido que hace innecesaria la aplicación de tales amenazas. Y no es que suplique el pueblo entero, pero lo hace su máximo representante y valedor por él y tal vez con él.

           San Pablo proclama lo que él mismo ha experimentado en su propia carne: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Por eso se compadeció de él, el primero de todos, que había sido un blasfemo y perseguidor del cristianismo antes de su conversión. Y lo hizo mostrándose sumamente paciente con él, hasta lograr su conversión en el camino de Damasco y hacer de él un modelo de creyente y un apóstol. Por esta razón le da gracias; le da gracias por haberle dado la fe y el amor cristiano, por haberle confiado el ministerio de la evangelización, por haberse fiado de él.

           Luego si la primera lectura nos habla de un Dios compasivo y misericordioso, tanto cuando amenaza como cuando cesa en sus amenazas, la segunda da cuenta del poder transformante de este Dios en un hombre apasionado y ferviente como Saulo de Tarso. Su gracia, siendo poderosa, es paciente, porque no violenta y sabe esperar al momento oportuno.

           Finalmente, el evangelio nos muestra la cara más tierna y entrañable de este Dios –el mismo que antes amenazaba y cesaba en sus amenazas- que va tras la oveja descarriada y se felicita cuando la encuentra. Refiere el evangelista que esta parábola surgió de la murmuración de letrados y fariseos ante el comportamiento de Jesús que acogía a publicanos y pecadores, sin hacer nada por evitar su contagio.

           Realmente su trato con gentes de mala reputación resultó escandaloso para estos defensores de la moral judaica. Y del escándalo brota la acusación: Ese acoge a los pecadores y como con ellos. No es una simple constatación, sino una auténtica acusación. Comer con ellos era una clara señal de acogida. Pues bien, la parábola de la oveja descarriada es la respuesta de Jesús a esta crítica. El narrador implica a los propios oyentes: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada hasta que la encuentra?

           Jesús supone que ese es el comportamiento que se espera de cualquier pastor que se precie de tal, que sienta verdadero aprecio por todas y cada una de sus ovejas. El problema estaba en que aquellos fariseos ni se sentían pastores, ni consideraban a aquellos pecadores ovejas de su rebaño. Hace tiempo que los habían expulsado de su redil; ¿cómo iban a sentir su pérdida? Pero Jesús sí se siente pastor; por eso siente su pérdida y trata de remediar la situación yendo en su búsqueda, y cuando la encuentra se llena de alegría y alborozo, una alegría desmesurada.

           Pues bien, la alegría experimentada por el pastor en tales circunstancias es la misma alegría que habrá en el cielo por la conversión de un solo pecador: la alegría de Dios al recuperar a un hijo. Esta actitud de Dios para con los pecadores (hijos extraviados) justifica todos sus contactos, acogidas y búsquedas incesantes, pues Jesús no da a ningún ser humano por irremediablemente perdido, como hacen los garantes de la ley.

           Ante un Dios con un rostro tan misericordioso no cabe la desesperación, y ello aunque el pecado sea muy grande o muy honda la degradación moral. Porque con frecuencia sucede que algunos pecadores llegan a pensar que su situación de miseria moral es tal que ya no hay remedio, ni posible redención para ellos; y caen en la más oscura desesperanza.

           Pero esto no es así. Cualquier estado humano es susceptible de redención. Dios no sólo puede perdonar lo que a nosotros nos parece imperdonable, sino también renovar, transformar, convertir el corazón más empecatado. Puede y quiere. Por eso busca a los pecadores, a los que tienen conciencia de serlo y a los que no la tienen, pero lo son, y les llama a la conversión; y cuanto ésta se produce, su alegría es desbordante, explosiva, jubilosa, como la de aquella mujer que, tras dar vueltas por la casa, encuentra finalmente la moneda que se le había extraviado y reúne a sus vecinas para que la feliciten, pues merece ser felicitada por este hallazgo que le ha hecho tan feliz. Pues así Dios.

           Si nos dejamos encontrar por él, le daremos la mayor alegría que cabe imaginar; porque Dios sigue saliéndonos al encuentro, sigue buscándonos en nuestro extravío, y al encontrarnos sigue experimentando la misma alegría, pues no dejamos de ser algo muy suyo, verdaderas ovejas de su rebaño, verdaderos hijos que concentran todo su amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 15/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A