Comentario, Martes XXIV Ordinario

Lc 7, 11-17
15 de septiembre de 2020

           Jesús, acompañado de sus discípulos y de mucha gente, iba camino de una ciudad llamada Naín. Ya cerca de la ciudad se encontraron con un cortejo fúnebre. El muerto era el hijo único de una viuda. Un gentío considerable de la ciudad la acompañaba en esos momentos de dolor. Al verla, Jesús sintió lástima de ella y le dijo: No llores. Quería consolar a esa pobre viuda que había perdido lo que más apreciaba en este mundo, a su único hijo.

           Pero en el plan del Maestro no estaba sólo consolarla con palabras amables, sino devolverle la alegría, entregándole a su hijo de nuevo con vida. Con este propósito se acercó al ataúd y, dirigiéndose al difunto, dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Bastó esta simple alocución para despertar al muerto de su letargo. Éste se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Mejor regalo no le podía hacer. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.

           Acciones como éstas no podían no provocar asombro y sobrecogimiento, pues interrumpían el curso ordinario de los acontecimientos con una fuerza extraordinaria. Pasar del asombro a la glorificación del Señor de la naturaleza era relativamente sencillo. Bastaba tener una cierta sensibilidad religiosa para reconocer en la prodigiosa intervención de Jesús la mano de Dios. Dios se había hecho presente con su poder y bondad en ese hombre que hacía tales obras. Reconocían la presencia entre ellos de un gran profeta, que merecía todo su aprecio, un profeta que había surgido de sus propias filas y que tenía sus raíces en el suelo vital de la casa de David, pero en el cual Dios visitaba a su pueblo.

           En Jesús y en sus portentosas acciones, Dios visitaba a su pueblo esparciendo sobre él el torrente de sus bendiciones. Era el Dios de la vida que, en sus frecuentes visitas, derramaba vida sobre esta humanidad asaeteada por la muerte. No se preguntan por el origen de esta muerte, siempre al acecho. Se limitan a constatar su cotidianeidad y su avance imparable, pues no se detiene ante las vidas pujantes, repletas de vigor y juventud; pero, al mismo tiempo, se dejan remover por el impacto de hechos como el que acaban de presenciar, en el que una fuerza extraordinaria irrumpe de repente en la mazmorra misma de la muerte para arrebatarle su presa. Es el poder manifiesto de la vida, que no es otro que el poder del Creador, Señor de la vida y de la muerte.

           Tal es el poder que resplandece como un destello en las obras de Jesús. La percepción de este poder benéfico no puede sino llevar a la glorificación del que está en su posesión y al reconocimiento del que lo ejerce en su nombre. ¡Ojalá que el Señor nos permita percibir este poder en su creación y en la intermediación de sus profetas de modo que crezca nuestra fe en Él y en sus promesas!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 15/09/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A