Comentario, Miércoles XXIV Ordinario

Lc 7, 31-35
16 de septiembre de 2020

           Jesús compara su generación con niños sentados en la plaza que gritan a otros: «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis». Esperan, pues, que los demás se muevan al ritmo que ellos tocan y sintonicen con el tipo de melodía que ellos entonan, es decir, pretenden ser la medida de cuantos les rodean y les contemplan. Jesús recurre a esta comparación para aplicarla de inmediato a la actitud que sus contemporáneos han adoptado ante dos personajes de signo aparentemente distinto que han comparecido en la escena socioreligiosa de su tiempo: Juan el Bautista y el mismo Jesús. Porque vino –decía él- Juan, que ni comía ni bebía, y decís: «Tiene un demonio». Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores».

           Aparentemente, Juan y Jesús adoptan conductas contrapuestas. Mientras el primero se presenta como modelo de austeridad y ayuno, ni come ni bebe, el segundo actúa más bien como una persona "normal", que se deja invitar a banquetes y bodas y que come y bebe de lo que le ponen, hasta ganarse la fama de comilón y borracho. Pero tanto uno como otro merecen la crítica negativa de quienes se sitúan ante ellos como jueces que sentencian con extrema facilidad y ligereza al modo de aquellos niños caprichosos que, sentados en la plaza, reprochaban a otros no cumplir con sus expectativas. Los ayunos de Juan son vistos como propios de alguien que está poseído por el demonio de la austeridad; las comidas y bebidas de Jesús, como los de alguien que está dominado por el demonio de la gula o de la intemperancia.

           En Juan les desconcierta su extremismo ascético; en Jesús, su "normalidad" y su extrema familiaridad con publicanos y pecadores. Ambas actitudes son objeto de su crítica acerba, que brota de un narcisismo casi adolescente. Nada les satisface. Nada les parece bien. Hagan una cosa o su contraria, serán criticados. En el fondo hay una predisposición a no aceptar nada que proceda de ellos, porque los vetados son ellos mismos. Jesús parece hacer extensiva esa actitud que es característica de los fariseos a su generación. Porque fueron precisamente los fariseos, en su gran mayoría, los que no creyeron en Juan ni en Jesús como enviados de Dios. Jesús les echará en cara esta incredulidad en alguna ocasión. Y también a él le acusaron de estar poseído por el demonio o de obrar con el poder de Belzebú.

           Pero los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón. A pesar de las críticas e incomprensiones, los discípulos de la Sabiduría (otra lectura dice: los hechos dan razón a la Sabiduría de Dios) acabarán dándole la razón, lo mismo que los hechos, que acabarán dando la razón a la Sabiduría de Dios que se ha manifestado tanto en Juan como en Jesús. Ambos son portadores de la sabiduría divina y ambos actúan –cuando comen y cuando no comen- en conformidad con la voluntad de Dios. Alguno podría pensar que la muerte con que ambos acaban su vida –uno, decapitado por Herodes, y otro crucificado por Pilato- no les daba precisamente la razón. Pero hay una historia posterior a ese término que quita la razón a sus críticos, opositores y adversarios, y se la da a ellos.

           Es la historia de sus seguidores que les engrandecen y les aúnan; es la historia del cristianismo que brota de la resurrección de Cristo. Esta historia, con todos sus hechos martiriales, virginales, con todos sus frutos, les está dando la razón, y con ellos a la Sabiduría de Dios de que estaban investidos. Si esto es así, son los mismos hijos de la Sabiduría los que, con su seguimiento y testimonio martirial, les están dando la razón, que es dar la razón a la Sabiduría con la que obraban y que era sometida a la crítica de aquella generación de mentalidad farisaica o narcisista. Ojalá que el Señor nos encuentre hijos de esta Sabiduría y no intérpretes carentes de sensibilidad para apreciar las manifestaciones de Dios en nuestra historia y humanidad. Porque puede suceder que una mentalidad excesivamente crítica o cientifista nos impida ver, como a los fariseos coetáneos de Jesús, esas manifestaciones de Dios en nuestro mundo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/09/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A