Comentario, Miércoles XXI Ordinario

Mt 23, 27-32
28 de agosto de 2019

           Continuamos en el capítulo 23 del evangelio de Mateo y, por tanto, en la diatriba de Jesús contra el fariseísmo de los fariseos. El vicio que más resalta en su conducta es sin duda el de la hipocresía; tanto es así que prácticamente podría intercambiarse el término fariseo por el de hipócrita. Es precisamente en este pasaje que ahora comentamos donde Jesús concentra toda su crítica en este punto cardinal: ¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes.

           De nuevo la contraposición entre lo de fuera y lo de dentro que hace posible la hipocresía. De no haber esta doble vertiente, no sería posible el ocultamiento ni la apariencia engañosa. La mirada crítica de Jesús llega hasta el fondo de las personas y descubre lo que allí se esconde y pasa desapercibido a la mirada de los que sólo ven la fachada de las cosas. Pero, si tras la blancura encalada de los sepulcros hay huesos y podredumbre, tras la buena apariencia de los fariseos hay hipocresía y crímenes. Eso es lo que encuentra la mirada que penetra en el interior de tales personas. La imagen del sepulcro encalado es la imagen perfecta para describir la podredumbre que se oculta tras una apariencia de bondad. Y ese ocultamiento pretendido es hipocresía. La hipocresía no deja ver lo que se oculta, y la cara que muestra es engañosa, pura apariencia.

           Es la misma hipocresía que lleva a los fariseos a honrar a los profetas y justos que habían sido asesinados por sus antepasados, edificándoles sepulcros y ornamentando sus mausoleos. De esta manera aparentan desmarcarse de sus antepasados en una acción que les merece condena. Pero, obrando así, les dice Jesús, están atestiguando en su contra que son hijos de aquellos asesinos que dieron muerte a los profetas. A pesar de todo, la actitud de los hijos no ha cambiado respecto de la de sus padres. Aparentan conversión, pero como sus antepasados también ellos siguen persiguiendo a los incómodos profetas que les son contemporáneos, profetas como Juan el Bautista o el mismo Jesús, que siente ya la presión de su mirada homicida.

           En realidad, y a pesar de levantar mausoleos a los antiguos profetas, no tienen ningún aprecio por el profetismo representado por los profetas de todos los tiempos, y no tardarán mucho en colmar la medida malévola de sus padres, cometiendo un nuevo asesinato, dando muerte no a un profeta más en la larga lista de los profetas rechazados, sino al mismo hijo (y heredero) del dueño de la viña, enviado en último término para reclamar el fruto debido. Después, y no pudiendo soportar el peso de la culpa, buscarán razones para justificar el homicidio, amparándose en la ley. Dirán: conviene que muera un hombre por todo el pueblo; y también: debe morir porque ha blasfemado al proclamarse Hijo de Dios.

           Eran razones con las que pretendían justificar nuevamente la condena de un justo, pero razones de esa hipocresía que no toleraba no tener motivos para obrar así, dictando sentencia de muerte. ¿No vivimos también nosotros en esta búsqueda incesante de razones reales o ficticias para justificar nuestros innumerables actos de cobardía, de villanía, de omisión de auxilio, de pasividad, de indolencia, de falta de generosidad, etc., porque de no encontrar tales razones no soportaríamos la vida?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 28/08/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A