Comentario, Sábado XXI Ordinario

Mt 25, 14-30
31 de agosto de 2019

           La parábola de los talentos que nos propone el evangelio de este día ensalza ante todo la laboriosidad de unos empleados a quienes se les encomienda unos talentos de plata para que negocien con ellos; al mismo tiempo se censura la holgazanería del empleado que se limitó a enterrar el talento que le había sido dado; y es que los talentos se entregan para darles productividad. Por eso, al que no tiene (porque no ha producido nada con el talento que se le dio) se le quitará hasta lo que tiene, es decir, hasta lo que se le dio; pues un empleado que no se emplea en la productividad de aquello que ha recibido para ser empleado es inútil, tan inútil como el profesor que no enseña o el médico que no cura.

           Jesús nos dice que nuestra vida es la de unos empleados que han recibido de su Señor unos talentos o bienes productivos, con el encargo de hacerlos producir en provecho propio y de los demás. Hacer producir es sacar de una cosa (tierra, árbol, persona o dinero) lo que puede dar de sí porque tiene capacidad para ello, es multiplicar, como hacen los que reciben cinco y dos talentos, su capacidad; y para ello hay que poner en juego todos los recursos disponibles. Hay que trabajar.

           Esto supone esfuerzo, pero también satisfacción: la satisfacción que acompaña al trabajo creativo. Pero tratándose de un encargo, no basta con encontrar satisfacción en el trabajo realizado; hay que rendir cuentas ante el que, siendo nuestro dueño, nos ha encomendado el trabajo y no ha proporcionado los talentos. Nuestra condición de empleados, es decir, de personas que dependen de un Señor, del cual han recibido las capacidades y el encargo de emplearlas productiva y provechosamente, nos obliga a referirnos a Él y no exclusivamente a nosotros mismos y a nuestras propias satisfacciones, nos sitúa ante Él como responsables, esto es, como aquellos que han de responder de su empleo laboral, cada uno según su capacidad: unos como diez, otros como cinco, otros como dos, otros como uno.

           Lo de menos es la capacidad. Lo que importa aquí es la productividad. No se alaba más al empleado que recibió cinco talentos que al que recibió dos. Se alaba por igual a los dos porque ambos doblaron sus talentos; se alaba, pues, su trabajo, no su capacidad (que no es suya). Ambos merecen la misma recompensa porque han sido empleados fieles y cumplidores, porque han puesto la misma diligencia y empeño en el trabajo. Y el dueño, autorizado para pedir cuentas por ser Señor de vidas y haciendas, llegará como un ladrón en la noche, nos dice san Pablo recogiendo palabras del mismo Jesús. Vendrá, por tanto, sin previo aviso. Por eso la única manera de no verse sorprendidos por esta venida es estar en vela, o mejor, vivir trabajando, empleados en la productividad de los talentos que Él mismo nos ha dado. Lo contrario es vivir como aquel empleado negligente y holgazán en la ociosidad estéril y vacía que sólo merece condena.

           Entre los talentos recibidos de Dios cabe señalar los que nos vienen dados con la naturaleza, tanto de índole corporal como espiritual, pero también aquellos que nos son entregados en ese segundo nacimiento (el bautismal) a modo de capacidades sobrenaturales. Todos ellos admiten desarrollo. Todos ellos reclaman nuestro trabajo y dedicación, porque todos son productivos, desde las fuerzas corporales hasta las facultades mentales y volitivas, desde las virtudes teologales hasta los dones del Espíritu. Amplia es, por tanto, la tarea que nos espera y de la que tenemos que rendir cuentas. Pero no hemos de olvidar que el buen trabajo siempre será recompensado, pues no hay mejor pagador que el Dios del cielo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 31/08/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A