Comentario, Viernes XXI Ordinario

Mt 25, 1-13
30 de agosto de 2019

           Toda adquisición de conocimiento exige una búsqueda. Es lo que los científicos llaman investigación. Pero hay descubrimientos que el investigador descubre casualmente, casi sin pretenderlo, como si la sabiduría saliese al encuentro del que anda buscado.

           Pues bien, esto que es propio de todo saber se acentúa aún más tratándose de la sabiduría de la que habla el texto sagrado: no solamente la encuentran los que la buscan; es que se anticipa a darse a conocer a los que la desean, y la hallamos sentada a la puerta de nuestra casa, porque forma parte de la tradición en que hemos nacido y crecido. Es la sabiduría que nos ha sido dada con la fe cristiana y en la que en gran medida estamos (como esas "creencias" de las que hablaba Ortega y Gasset). Porque estamos en ella, ella está en nuestros pensamientos, inspirándolos, conformándolos, alargándolos, dándoles un horizonte.

           Es la sabiduría que se nos da con Jesús, el Logos de Dios, es decir, el pensamiento-palabra de Dios hecho carne de hombre. Por boca del que es la Sabiduría de Dios no pueden salir sino palabras de sabiduría como la parábola que refiere el evangelio de hoy. Pensar en lo que él nos dice es prudencia consumada. Seamos, pues, prudentes como las doncellas de la parábola, y pensemos. El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

           Así presenta la parábola a los personajes del relato. Todas las doncellas disponen de lámparas, quizá porque todos disponemos de la luz de la razón, y todas salen a esperar al esposo, quizá porque todos esperamos la llegada de un libertador o de alguien que venga a solucionar nuestros problemas. La diferencia entre las sensatas y las necias es que, mientras las primeras esperan bien provistas de aceite para mantener las lámparas encendidas, las segundas descuidan este particular: el aceite necesario para alimentar las lámparas.

           El esposo es el único que hace posible nuestro ingreso en el Reino de los cielos, porque sin él no hay banquete de bodas, y el cielo consiste, entre otras cosas, en estar siempre con el Señor –como indica san Pablo-. Pero el esposo suele tardar en llegar. La espera supone tiempo, ese tiempo durante el cual hay que ocuparse sobre todo en mantener la lámpara encendida. Tratándose de un período de espera, la lámpara a la que aquí se refiere no puede ser otra que la de la esperanza.

           Pero esta lámpara se alimenta de la fe. No hay esperanza sin fe. Para esperar al esposo hay que tener fe en su venida. Se trata del esposo que ya vino en carne mortal, pero del que esperamos su vuelta gloriosa. Y sin la lámpara encendida de la fe no se puede reconocer al esposo como Salvador, como Señor, como Esposo. Pero mantener la llama de esta lámpara exige una labor de mantenimiento, porque la espera puede ser larga y las condiciones existenciales poco propicias.

           Puede que nos cansemos de alimentar la fe o de practicarla, que es un modo de mantenerla activa, en ejercicio; puede sobrevenirnos el cansancio en nuestro combate contra la incredulidad reinante; podemos relajar la vigilancia frente a sus contradictores o enemigos no declarados o manifiestos; podemos acabar acostumbrándonos a vivir en la oscuridad o en la desesperanza, como tantos contemporáneos nuestros. Y si dejamos de esperar, el esposo no llegará para nosotros, se cerrarán las puertas del banquete y quedaremos fuera, en situación de desconocidos.

           Los que se empeñan en no reconocer a Jesús como el Esposo que nos invita a su banquete de bodas, pueden acabar como desconocidos o ignorados de Dios y, por tanto, como excluidos del Reino, puesto que no se abre la puerta a desconocidos. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Cuando sucede esto, cuando no se sabe el día ni la hora, lo sensato es velar, aunque esta vela haya que mantenerla durante un largo espacio de tiempo.

           Esta es la lección que se desprende de semejante sabiduría: manteneos vigilantes frente a la tentación del abandono o de la apostasía, con las lámparas de la fe encendidas. Y para ello es muy importante la práctica, el ejercicio de ese músculo que es la fe; pues el órgano que no se usa se atrofia. No hay otro modo de ejercitar la fe que hacer actos de fe. Cada vez que traemos a nuestra conciencia a Dios para pedir su ayuda o protección, para reconocer su grandeza, para darle gracias, para ofrecerle un sacrificio, estamos haciendo un acto de fe. Cada vez que nos mantenemos abiertos a la trascendencia divina y al cumplimiento de sus promesas, cada vez que acogemos su palabra como venida de Él a través de sus mediaciones, estamos haciendo un acto de fe. De este modo se acrecentará nuestra confianza en Él.

           Y una última aclaración a propósito de esa actitud de las doncellas sensatas que se niegan a prestarles un poco de su aceite a las necias que ven cómo se les apagan las lámparas sin remisión por falta combustible. La respuesta de las sensatas a la petición de las necias (dadnos un poco de vuestro aceite) puede parecernos muy poco solidaria; al menos así suena su contestación: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.

           No podemos pensar que en su intención estuviese el deseo de excluir del banquete de bodas a sus compañeras de espera. Tales doncellas, además de sensatas, serían malévolas. Pero tratándose de un asunto tan importante, en el que estaba en juego la felicidad eterna, había que actuar con sensatez; no era sensato desprenderse de un aceite que podía serles necesario para ver al esposo en su venida. Tampoco lo era desplazarse a la tienda en un momento como ése. No obstante, la insensatez ya se había instalado en las necias que no habían previsto la tardanza del esposo y el aceite que habrían de necesitar para mantenerse en vela hasta su venida.

           Además, podemos añadir un último argumento: la fe de las personas es intransferible; no se puede prestar como se prestan unos zapatos o un vestido; y el aceite que mantiene viva la llama de la fe es algo que se tiene que procurar cada uno personalmente, aunque lo pueda encontrar con la ayuda de otros en diferentes lugares (=tiendas). La Iglesia nos proporciona esas fuentes en las que nutrir nuestra fe, pero sólo nosotros, acudiendo a ellas personalmente, podemos encontrar sustento para la misma. Nadie puede suplirnos en esta tarea. Nadie puede prestarnos su aceite, y menos su lámpara.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 30/08/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A