Comentario, Martes XXVIII Ordinario

Lc 11, 37-41
13 de octubre de 2020

            Los encuentros de Jesús con los fariseos suelen estar marcados casi siempre por la controversia. Pero Jesús no rehúye el contacto, ni la invitación. San Lucas narra que cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Entre los judíos, hacerle a uno partícipe de la propia mesa es incorporarlo a un cierto grado de comunión o de amistad. Y Jesús se deja invitar por quienes aparecen como sus adversarios ideológicos o de mentalidad. Hemos de suponer que se trata de un fariseo rico, puesto que puede organizar un banquete en su propia casa y tener invitados.

            Jesús, que había aceptado la invitación, entró y sin más protocolo se puso a la mesa. Pero en semejante acción había cometido la tremenda imprudencia de no lavarse antes las manos como mandaban los cánones del ritual judío. Más que una norma de higiene, era una norma de pureza ritual: lavándose las manos buscaban la purificación. Ya le habían reprochado a Jesús en otra ocasión que no reprendiera a sus discípulos por no respetar la observancia ritual. Pero parece que él no le concede demasiada importancia a este asunto; más aún, puede incluso que quiera hacer patente su transgresión con el fin de hacerles ver dónde está lo importante, porque lo que a él le interesa es fundamentalmente “lo de dentro”, no “lo de fuera”.

            La conducta de Jesús resulta escandalosa para una mentalidad farisaica. Por eso no es extraño que aquel fariseo que lo había invitado a su casa se sorprenda al verle actuar así, al verle omitir esta observancia ritual, al ver que no se lavaba las manos antes de comer. Y la reacción de Jesús no se hace esperar. Dirigiéndose no únicamente al anfitrión, sino a los demás fariseos, también invitados al banquete, les dice: Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.

            Se trata de palabras muy críticas, y duras, dichas en el lugar menos propicio, en el lugar donde más podían escocer. Les acusa de prestar mucha atención a las purificaciones externas, a la limpieza ritual no sólo de manos, sino también de copas y platos, pretendiendo que semejantes lavados les van a purificar por dentro sin tocar siquiera eso que pervive en su interior. Si están llenos de maldades, las maldades seguirán allí, intactas, porque no han intentado purificarse por dentro, limitando su acción a un lavado exterior del cuerpo o de los objetos con los que entran en contacto. Jesús ve en esta observancia pura exterioridad sin afectación interna.

            Y lo de dentro es lo más valioso y significativo de una persona. Es de dentro de donde salen las buenas y las malas acciones. ¿De qué sirve lavarse las manos si uno permanece malvado en su interior? Esa maldad que lo habita acabará saliendo al exterior, acabará expresándose en palabras y traduciéndose en obras. Por eso entiende que esta mentalidad atada a semejantes rituales de purificación externa es propia de necios, que no saben ver dónde está realmente la suciedad que hay que limpiar o la maldad que hay que corregir, que no saben ver dónde está lo importante. Y el mismo que hizo lo de fuera, el cuerpo con todos sus miembros, hizo también lo de dentro. Una limpieza exterior, en la que no se implica lo que queda dentro, no deja de ser algo muy superficial y sin ninguna transcendencia. Por eso a él no le importa transgredir la norma, porque aprecia que esa atención a lo externo, que se olvida de lo interno, es equivocada.

            Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo. La purificación interna sí llega al exterior, a las palabras y a las obras, a todo lo que sale de dentro, que es lo que hace puro o impuro al hombre. Bastará purificar esta raíz o esta fuente para tenerlo limpio todo, puesto que todo brota de ahí. Dad limosna de lo de dentro o dad limosna desde dentro, es decir, haciendo de este acto de dar (dinero, ropa, alimento, cobijo, consuelo, etc.) un acto de compasión. Eleemosyne tiene la misma raíz que el verbo griego que significa compadecer. Dar limosna es compadecerse de alguien que está en necesidad con algún tipo de socorro. Si la limosna que se da a un pobre no se da por compasión en realidad no se hace una limosna. Dar limosna de lo de dentro quizá signifique darse a sí mismo en limosna, porque si en la limosna no se da uno a sí mismo, no da uno su compasión, no se está dando de lo de dentro.

            Al reservarse a sí mismo, está dando sólo algo que le es ajeno, no se implica en su donación, da algo, pero no se da. En su interior permanece insensible a esa necesidad o a esa miseria. No habría cambiado nada por dentro. Sería algo similar a ese lavado externo que no toca la suciedad interior. Es preciso, por tanto, que la limosna, que es compasión, brote de dentro, sea un acto compasivo. Sólo así nos asemejaremos a Dios, que es compasivo y misericordioso. Sólo así nos estaremos dejando transformar por él desde dentro, con un cambio de mentalidad que hará cambiar muchas cosas en nuestra vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/10/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A