Comentario, Sábado XXVIII Ordinario

Lc 12, 8-12
17 de octubre de 2020

           Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. "Estar de parte de alguien" es dar testimonio en su favor, defenderle llegada la ocasión, hablar bien de él, mostrarse su partidario y su aliado, formar partido con él. Nosotros solemos ponernos de la parte de nuestros amigos, familiares, miembros de la misma comunidad, quizá compañeros de trabajo o de profesión en razón de nuestros intereses comunes, personas a las que amamos o con las que tenemos cierta afinidad ideológica; pero siempre tendríamos que estar de la parte de la verdad y de la justicia. En cuanto seguidores y discípulos de Cristo, ¿qué otra cosa puede esperar de nosotros que tenernos de su parte?

           Pero lo cierto es que no siempre nos tiene, porque en situaciones de contradicción podemos desertar, al menos momentáneamente, de su partido; podemos negarnos a reconocer que somos de los suyos, porque esta confesión nos puede acarrear muchos problemas. A veces el miedo no nos permite dar este paso y acabamos negando conocerle, como Pedro en el patio del Sumo Sacerdote. Pues bien, nos dice Jesús, si uno se pone de mi parte ante los hombres –porque ahí es donde hay que ponerse de su parte, ante los hombres, no ante los ángeles o ante testigos invisibles- yo también me pondré de su parte ante los ángeles.

           Y para ponerse de parte de Jesús, no es necesario dar la espalda a la verdad y a la justicia; al contrario, ponerse de parte de Jesús es mantenerse partidario de la verdad, la justicia y la misericordia, porque todo eso representa Jesús. Él nos quiere tener como partidarios en este mundo, y eso cuando ya ha dejado de estar corporalmente presente (como habitante) en este mundo, y se compromete a estar de nuestra parte en otro escenario, ante los ángeles de Dios, cuando necesitemos realmente de su defensa y testimonio favorable.

           Puede parecer una simple correspondencia entre dos aliados que reclaman lealtad mutua. Pero es mucho más. Es mucho más importante que nosotros le tengamos de nuestra parte en el trance del juicio final, que él nos tenga de su parte en nuestra peregrinación por este mundo, ante los hombres, porque nuestro testimonio en su favor sólo puede beneficiarnos a nosotros mismos y a todos esos hombres que pueden tener dificultades para acceder a él y a los frutos de su acción redentora. Pero es indudable que él espera de nosotros que nos pongamos de su parte, y de la parte de los continuadores de su misión –de la parte de su Iglesia siempre que permanezca su Iglesia- frente al ataque injusto, frente a la calumnia de que pueda ser objeto, frente al desprestigio esterilizador, frente a la acusación falaz, frente al desconocimiento culpable, frente a la burla mordaz...

           Y entre el ponerse de su parte y el negarle o renegarle no se contemplan estados intermedios. No ponerse de su parte ya es una manera de negarle, aunque no signifique exactamente ponerse en su contra o en la parte contraria. Pues bien, si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán ante los ángeles. Ya algunos Padres de la antigüedad, como san Ambrosio, repararon en este cambio de sujeto. No es el Hijo del hombre, esto es, Jesucristo, el que lo renegará ante los ángeles; pero lo renegarán; tendrá, pues, adversarios que den testimonio desfavorable de él ante Dios y sus ángeles. En tal caso, Cristo no testimoniaría nunca en contra de nadie, aunque otros lo hicieran por él, sino siempre a favor de los que se hubieran mostrado partidarios suyos y de su causa.

           Por eso, hablar contra el Hijo del hombre, aun siendo un pecado de maledicencia, es perdonable; pero no lo es blasfemar o hablar contra (o mal) el Espíritu Santo. ¿Qué diferencia hay entre el Hijo del hombre y el Espíritu Santo para hacer esta discriminación? ¿Se trata de un hablar contra Jesús como puro hombre, mientras que el hablar contra el Espíritu Santo es hablar contra Dios? ¿Por qué un pecado es perdonable y el otro no? ¿No hemos vivido siempre en la Iglesia del supuesto de que todo pecado es perdonable si hay arrepentimiento?

           San Ambrosio vio en la blasfemia contra el Espíritu Santo el pecado de los fariseos que no estaban dispuestos a reconocer que en Jesucristo actuaba el Espíritu Santo, es decir, que nunca aceptaron que Jesús había venido de parte de Dios y obraba sus milagros y curaciones como Ungido del Espíritu, movido por el mismo Espíritu. Al contrario, veían en él a un aliado de Belzebú. Esta ceguera para ver en Jesús al enviado de Dios es lo que él llamaría blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras se mantenga esta postura no hay posibilidad de abrirse a la acción misericordiosa de Dios que obra por Jesucristo.

           Se trata de una obstinación o intransigencia que cierra todas las compuertas por donde puede llegar el perdón. Por eso el pecado se revela imperdonable. Decir de Jesús cosas tales como que es un borracho, amigo de publicanos y pecadores, que anda entre malas compañías, que es un engreído, que no respeta las leyes más sagradas del judaísmo, que es un malhechor, no parece que sea obstáculo insalvable para obtener el perdón, siempre que medie el arrepentimiento; pero decir de él que obra movido por el espíritu del mal ya es situarse en contra del Espíritu del bien, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. Y esto no tiene fácil marcha atrás.

           No se trata sólo de una blasfemia, se trata de una ceguera, de una obstinación que, persistiendo, hace imposible el perdón. Si dejara de persistir, también sería perdonable, puesto que lo imperdonable es la ceguera voluntaria. El perdón exige el arrepentimiento; y donde no hay arrepentimiento no puede haber perdón o el perdón donado no puede surtir efecto. Se trata, quizá, de la muralla de la autosuficiencia humana que se alza contra Dios impidiéndole –porque él lo permite- realizar su obra de salvación en ese espacio. Habría que derribar la autosuficiencia para que el agua de la misericordia divina pudiese regar ese terreno. Que Dios nos libre de contraer este pecado de irreparable efecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 17/10/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A