Comentario, Viernes XXVIII Ordinario

Lc 12, 1-7
16 de octubre de 2020

            El evangelista nos habla de una multitud (miles) de personas agolpadas alrededor de Jesús. Éste toma la palabra para dirigirse en primer término a sus discípulos y les advierte de un peligro que deben evitar: Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. De nuevo, en la crítica de Jesús a los fariseos comparece la hipocresía como uno de los caracteres más notables de su conducta. Pero la hipocresía, siendo una nota que distingue la conducta farisaica, no es patrimonio de los mismos. Fácilmente puede fermentar los comportamientos. Nadie es inmune a este contagio o fermentación. Por eso la equipara a la levadura. Y basta un poco de levadura para que fermente toda la masa. La levadura tiene una enorme potencia; puede acabar transformando una masa que es mucho mayor que ella, pero que no tiene su poder. Debido a esta potencialidad maleante hay que guardarse seriamente de la hipocresía, si no se quiere que acabe transformándonos en nuevos fariseos, en fariseos del s. XXI. Jesús quiere mantener a sus discípulos alejados de semejante vicio que tanto puede asemejarles a sus adversarios.

            El Señor quiere hacerles ver además la inutilidad de la ocultación o de la simulación que está en la estratagema del comportamiento hipócrita. Los sepulcros blanqueados no podrán ocultar lo que esconden por mucho que lo pretendan, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Un crimen podrá encubrirse durante mucho tiempo, pero seguramente que acabará descubriéndose; y si no se descubre en el transcurso de esta vida, acabará saliendo a la luz en el día del juicio, cuando resplandezca la verdad. Es cierto que podemos ocultar cosas (un vicio, un defecto, una mala acción, una conducta inmoral, etc.) a la mirada de muchos, si no de todos, pero no a la mirada de Dios, para el que todo está patente. No podemos negar que hay quienes se llevan su secreto a la tumba y que uno podría intentar destruir, y conseguirlo, todas las pruebas que pudiesen delatarlo, pero aun así no podría escapar al juicio de Dios. No hay nada escondido que no llegue a saberse.

            Esto tendría que hacernos reflexionar, aunque sin atribuirle a Dios, como hizo Jean Paul Sartre en su juventud, una mirada objetivante o petrificadora. Al parecer esto fue lo que le hizo derivar hacia el ateísmo, apartando a Dios definitivamente de su vida para recuperar la libertad que creía perdida por no poder evitar la mirada de Dios. Pero la mirada de Dios es siempre amorosa. Dios, que es amor, no puede tener otra mirada. Sentirnos bajo la mirada de Dios no debe significar sentirnos vigilados como por los ojos de un policía e impedidos para obrar con libertad; podría significar tal vez sentir sobre nosotros la vigilancia del centinela que nos guarda y nos avisa de los peligros que nos amenazan o del padre que nos cuida, nos advierte y nos protege sin que ello suponga coacción a nuestra libertad de movimientos.

            Lo que suele paralizarnos casi siempre es el temor: temor a equivocarnos, temor a hacer el ridículo, temor a ser tachados de ignorantes o de idiotas, temor a ser injuriados, perseguidos, rechazados, atormentados, denigrados, temor al desprecio o a la marginación social, temor a la descalificación, a la humillación, temor a la enfermedad, a la inutilidad, a la vejez, temor a la muerte, al juicio, al más allá, temor a que se descubra lo escondido o a que se sepa lo ocultado… Pues bien, Jesús les dice a sus amigos y, por tanto, también a nosotros: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más.

            ¿Es que se puede hacer más que “matar el cuerpo”? ¿Es que matando el cuerpo no se quita la vida que late en ese ser vivo? ¿Cómo no tener miedo al que puede arrebatarte lo más valioso de nuestras posesiones? Porque, desposeídos de la vida, ¿para qué queremos nuestros bienes? Y continúa: Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego. A ese tenéis que temer, os lo digo yo. Matar y después echar en el fuego es como matar dos veces. Jesús parece aludir a una “segunda muerte”. Así llama San Agustín a la condena en el fuego eterno: segunda muerte.

            Según esto, es más de temer el que nos puede privar de la vida eterna, infligiéndonos la segunda muerte, que el que nos puede arrebatar esta vida ligada al cuerpo. Al fin y al cabo esta vida será siempre temporal; tiene, por tanto, una duración limitada. Que nos la quiten antes o después, de una manera violenta o pacífica, es algo relativo. Lo que ya tiene otro valor es que nos arrebaten la vida eterna. Eso es lo que debe ser absolutamente temido. Pero Dios no va a permitir tan fácilmente que nos priven de esa vida para la que nos ha creado y redimido. Si no se olvida de uno solo de esos gorriones que tienen tan poco valor en el mercado: dos cuartos; si tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza, ¿cómo va a olvidarse de nosotros, que tenemos tanto valor para él, tanto que nos ha entregado la sangre de su Hijo? ¿Cómo no nos va a prestar atención singular cuando tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza? Jesús destaca la desproporción: no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Por tanto, no tengáis miedo.

            Esta es la última palabra que queda resonando como un eco tras la lectura de este pasaje evangélico: no tengáis miedo, ni a la mirada de Dios, ni a que se sepa lo que esconden las tinieblas o los corazones, ni a los que nos pueden arrebatar el honor, la fama o la vida. Sólo hemos de temer nuestro propio desvarío, nuestra inconsciencia o nuestra proclividad a dejarnos engañar por el padre de la mentira que nos hace creernos Dios o simplemente hombres capaces de prescindir de Él, menospreciando su promesa de vida eterna.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/10/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A