Comentario, Jueves XXVII Ordinario

Lc 11, 5-13
10 de octubre de 2019

           No hace mucho comentábamos los últimos versículos de este pasaje coincidentes en gran medida con el texto paralelo del evangelio de Mateo: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Para no repetirme, me limito a reflexionar sobre los rasgos diferenciales.

           Jesús, en este caso, comienza con una comparación: Si algunos de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle», y desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos». Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

           La parábola destaca el poder de la insistencia para alcanzar lo pretendido. Y ello a pesar de las dificultades: es de noche, la puerta está cerrada y hay que abrirla, los niños están acostados y si se hace ruido se los puede despertar, etc. Lo que no consigue la amistad, lo puede conseguir la perseverancia o la insistencia en la petición; porque si levantarse a esas horas es molesto, más molesto aún es estar sufriendo la insistencia del que pide el favor urgido por la necesidad: no tiene ninguna otra cosa que ofrecer al amigo que acaba de llegar de viaje.

           Jesús quiere fortalecer la fe de quienes piden o mantener en estado de oración (o súplica) a quienes se dirigen a Dios implorando un beneficio. La insistencia en la petición es muy poderosa: acaba abriendo puertas, manos o corazones; acaba levantando de la cama al que duerme plácidamente para responder a ese reclamo. Por eso, pedid y se os dará. Pedid con perseverancia, porque antes o después recibiréis. Aquí hay que tener paciencia como en otras circunstancias de la vida, saber esperar, no exigir (porque se trata de la petición de un favor, no de la reclamación de un derecho, ni de una exigencia). Y si sabemos esperar insistiendo, lo obtendremos.

           No siempre nuestro momento coincide con el momento de Dios. No siempre es oportuno recibirlo de inmediato o en esa circunstancia. No siempre es conveniente recibir exactamente eso que pedimos. No siempre estamos preparados para hacer buen eso de ese beneficio, aunque sea la salud física o mental. A veces puede convenirnos más prolongar esa situación de escasez o de malestar en la que nos encontramos. Incluso, y extremando las cosas, puede convenirnos más la muerte que la vida en este mundo. Sólo Dios, el dador de todos los bienes, lo sabe.

           Lo importante es no olvidar nunca quién es aquel al que dirigimos nuestra oración, petición o súplica: no simplemente Dios, sino un Dios que es Padre, no sólo de Cristo, sino de todos nosotros. Y ¿qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

           Dios no es siquiera un amigo importunado por las peticiones del amigo, un amigo que es padre de otros hijos cuyo sueño quiere respetar; Dios es nuestro Padre celestial, que carece de todos los defectos y deficiencias que podemos encontrar en cualquier padre terrenal. En este Padre no cabe otra cosa que benevolencia hacia sus hijos. Es, por tanto, alguien que quiere lo mejor para nosotros. ¿Cómo no nos va a hacer caso cuando le pedimos algo en nuestro beneficio? Pero ¿qué cabe esperar si lo que le pedimos va en perjuicio de otros o de nosotros mismos? Porque podemos confundir, aunque no lo creamos, una "piedra" con un "pan", o una "serpiente" con un "pez". Podemos creer beneficio un maleficio. Podemos pensar que lo mejor para nosotros es tener o recuperar una salud plena o completar una buena carrera; pero luego sucede que una cosa y otra nos son muy nocivas.

           Sólo Dios ve nuestro futuro y el uso que vamos a hacer de las cosas, y el daño o el beneficio que nos pueden reportar ciertas posesiones. Sólo Dios ve qué es lo que más nos conviene en cada momento de nuestra vida: lo que más nos conviene no tanto para esta vida, que tiene una duración tan limitada, sino para la vida definitiva o eterna; porque sólo ahí está el bien definitivo. Los demás bienes, incluyendo el de la propia vida terrena, son muy relativos o deficitarios, no son el bien sin defecto que nos espera. Y entre unos bienes deficitarios y el bien sin defecto, hay que presuponer que Dios prefiera para sus hijos el bien pleno y definitivo. Todos sus beneficios, todas sus respuestas a nuestras peticiones, han de ir encaminados a la consecución de este bien. Por eso, concluye san Lucas: ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

           Dios no puede darnos nada más valioso que su Espíritu Santo. Con él nos da su amor paterno, la participación en la fidelidad de su Hijo, el germen de vida eterna que florecerá con nuestra resurrección de entre los muertos, lo más íntimo y valioso de sí.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 10/10/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A