Comentario, Martes XXVII Ordinario

Lc 10, 38-42
8 de octubre de 2019

           Lucas nos recuerda que, en cierta ocasión, Jesús fue recibido en casa por una mujer llamada Marta. Marta asume el protagonismo de la recepción. De ella es la casa en la que Jesús es acogido. María es simplemente la hermana de Marta. Pero a partir de un determinado momento María empieza a adquirir más relieve en la escena.

           De María se dice que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Así se la representa, en actitud de escucha, como ensimismada, pendiente de los labios de Jesús, disfrutando de su compañía y conversación, desinteresada de todo lo demás, sintonizando con los pensamientos y sentimientos del amigo y del Maestro. Este es su modo de acoger al huésped.

           La actitud de Marta, la anfitriona, es otra. También recibe a Jesús y lo acoge en su casa, dispuesta a prestarle todos los servicios que merece tan ilustre huésped. Es ella la primera en recibirlo, pero no parece mostrar el mismo interés que su hermana por la palabra del Maestro y el Señor. Su centro de interés es el servicio: que todo esté en orden y bien dispuesto: la mesa, el banquete, la decoración. Y en ello se multiplica hasta no dar abasto, hasta sentirse desbordada por el trabajo. Es esa sensación la que le hace detenerse finalmente, reclamando el auxilio de su hermana, que permanece sentada, a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escucharle y tal vez conversar con él.

           Pero, en semejante reclamo, no se dirige a su hermana, sino al que cree está reteniendo a su hermana. De este modo el reproche se lo dirige al mismo Jesús que no parece reparar en semejante injusticia. Habla con respeto, pero seguramente que malhumorada: Señor –le dice-, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

           El trato es respetuoso. Le llama Señor. Pero no deja de exponerle una queja en tono de reproche, como culpándole de la situación. Si su hermana le ha dejado sola es por culpa de quien la entretiene en amena conversación. Así, parece que la única manera de remediar la injusticia sería decirle a la hermana indolente que Marta, la otra hermana, tiene razón, por tanto que acuda a echarle una mano como ella reclama. Pero no es ésta la respuesta de Jesús que, con la confianza que le da la condición de amigo y con la autoridad que le da la condición de Maestro y Señor, le dice a Marta: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

           No es que Jesús desprecie los desvelos y atenciones con que quiere obsequiarle esta mujer que lo ha recibido (entendemos que con alegría) en su casa. Pero quiere hacerle ver lo que a él realmente interesa, cómo se siente mejor acogido, qué es lo realmente necesario. Ella está pendiente de demasiadas cosas y casi todas ellas superfluas o prescindibles, tantas que no da abasto, hasta generar en ella un estado de nerviosismo y de ansiedad que no le reporta ningún beneficio. No comprende que la cosa realmente necesaria en esos momentos, aquello para lo que él está allí, en su casa, es para ser acogido como lo que es, como Maestro y Señor, es para ser escuchado.

           Porque el mejor modo de acogerle es conceder espacio a su palabra, comulgar con sus intereses, recibir las confidencias del amigo. Esta es la parte mejor (o buena, como dice el texto griego) de la recepción. Y María ha sabido verlo así. María ha sabido escoger, quizá sin pretenderlo, llevada simplemente por la espontaneidad del corazón que le inclinaba a situarse a los pies de Jesús y a absorber todo lo que procedía de él.

           Se ha visto en la conducta de Marta y María (respecto de Jesús) la simbolización de dos actitudes: la activa y la contemplativa. Pero antes que eso habría que ver en ellas, ambas amigas del Maestro, dos modos diferentes de sintonizar con su persona y su enseñanza.

           El de María, totalmente centrada y absorbida en el Señor; y el de Marta, absorbida por otras muchas cosas que la inquietan y la agitan y descentrada de lo que tendría que ser el centro de su interés, la palabra de Jesús, porque esto es lo realmente necesario en orden a la salvación. La elección de María es al menos la parte mejor.

           La otra parte, la peor o la no tan buena, es la que acaba enredándose con esas cosas que distraen de lo necesario. Y no es que en la actitud de Marta no hubiera amor al Señor. Todos sus desvelos estaban orientados a agasajar al huésped (quizá también a quedar bien). Pero el Señor se sentía mejor acogido por la que se limitaba a prestarle atención como una buena amiga o confidente.

           En ambas hermanas había amor, pero el amor de María estaba más centrado. María supo escoger, guiada tal vez por el instinto esponsal, la mejor parte y no se la quitarán. No se la quitaron las inquietudes de su hermana y otros afanes de este mundo. Pudo quitársela momentáneamente la muerte intempestiva, violenta y tumultuosa de su Señor; pero la recuperó al tercer día, al poder disfrutar de nuevo de la compañía resucitada de su humanidad gloriosa.

           En este mundo, las preocupaciones y afanes de la vida pueden arrebatarnos, al menos parcialmente, esta parte mejor; pero siempre podremos reencontrarnos con ella y plenificada en la otra vida, cuando ya nada ni nadie pueda arrebatarnos la presencia amada de nuestro Maestro y Señor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 08/10/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A