Comentario, Miércoles XXVII Ordinario

Lc 11, 1-4
9 de octubre de 2019

           Ya comentamos en su momento el pasaje paralelo del evangelio de Mateo. El de Lucas es mucho más escueto y pobre en detalles explicativos. Quizá esté más próximo al arameo de origen. Jesús solía retirarse a orar con cierta frecuencia, al menos en esta etapa de su actividad misionera. Y sus discípulos, sus acompañantes más asiduos están al tanto de este hábito oracional. En una de esas ocasiones –nos dice el evangelista- estaba Jesús orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos".

           A esta petición Jesús responde de inmediato proponiéndoles un modelo de oración: Cuando oréis –les dice- decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano (πιούσιον), perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo (παντι φειλοντι), y no nos dejes caer en la tentación". He aquí el Padre nuestro en la versión de san Lucas.

           Resulta una evidencia que estamos ante una oración de carácter filial en la que Jesús, el Hijo por excelencia, deja su impronta personal, pues a ella traslada sus centros de interés: el Reino, el perdón de los pecados, la tentación.

           ¿Quién más plenamente que él puede decir: Abba, Padre? ¿Quién mejor que él puede desear que el nombre del Padre sea reconocido en toda su santidad por todos? ¿Quién puede anhelar más que él que venga su Reino, crezca, se implante y alcance su plena realización? ¿Qué persona puede haber más indicada para pedir el pan nuestro de cada día que el que sació el hambre de toda una multitud multiplicando unos cuantos panes y que se ofrece a sí mismo como pan para la vida del mundo? ¿Quién mejor que el que vino como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que perdonó pecados puede decir en nombre de todos los pecadores: perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, instándonos de este modo a perdonar a nuestros deudores u ofensores? ¿Y quién mejor que el que sufrió y venció tentaciones podrá expresar en nombre de todos sus seguidores este deseo: no nos dejes caer en la tentación?

           Luego la fórmula oracional que él ofrece como un modelo a seguir no deja de ser el fruto de una experiencia personal de relación con su Padre. Jesús quiere estar en el corazón de todos los creyentes que experimentan la necesidad de elevar su plegaria al Dios de cielos y tierra. Se trata de ese Padre que no va a dar una piedra al hijo que le pide pan, ni una serpiente al que le pide pescado: el Padre bueno que sabe dar cosas buenas a los que le piden. Y nada hay más bueno que el Reino deseable y deseado o que el perdón que da acceso a ese Reino; y nada hay más necesario para mantenerse en esta vida de lucha contra las tentaciones que el pan cotidiano que la sostiene tanto en su dimensión corporal como espiritual. Tampoco hay nada más conveniente para seguir avanzando por el camino del Reino que la superación de esos obstáculos que son las inevitables tentaciones que nos salen al paso en nuestro recorrido existencial.

           Pedir al Padre todo esto es pedir su auxilio para la vida presente y la futura; pero en ningún caso es pedir que nos supla en aquello que nos incumbe hacer a nosotros: trabajar, luchar, esforzarse, orar, querer, perdonar, pedir perdón, poner todas nuestras energías, inteligencia y voluntad, al servicio del bien y de la verdad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/10/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A