Comentario, Domingo XXXII Ordinario

Lc 20, 27-38
10 de noviembre de 2019

           Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

           Esta afirmación de Jesús centra el mensaje de este Domingo. El Dios, que es la Vida, no puede ser Dios de muertos, sino de vivos. Para Él todos están vivos, porque en cualquier momento puede darles o devolverles la vida; más aún, darles mejor vida. Pero, para los que mueren sólo podrá haber vida si hay resurrección o rescate de esta situación de muerte en la que han quedado.

           Ya hay testimonios de fe en la resurrección, que es fe en el poder recreador de Dios, en el Antiguo Testamento, como podemos apreciar en relatos como el que nos ofrece el libro de los Macabeos a propósito del martirio de esos siete hermanos en presencia de su madre y a manos del rey tiránico (Antíoco Epifanes) que pretendía doblegar las voluntades de sus súbditos más díscolos, los judíos. Su propósito era hacerlos apostatar de su fe y de su ley. Y con muchos lo consiguió, pero con otros no. En otros encontró una fuerte resistencia.

           Algunos se lanzaron al monte y se organizaron en guerrillas, como Matatías y sus hijos; otros, como los hermanos macabeos, sufrieron el martirio. El motivo era que no estaban dispuestos a quebrantar la ley, esto es, a hacer lo prohibido por ella: comer carne de cerdo, ofrecer sacrificios a los dioses, actuar en contra de la ley. Eso significaba apostatar de su fe y renegar de sus más sagradas tradiciones. Pero ellos no estaban dispuestos a semejante traición a Dios y a sus convicciones de fe.

           A lo que sí estaban dispuestos es a dar la vida a la espera de recobrarla del mismo Dios de quien la habían recibido. Esta firmeza y convicción les hace adoptar incluso una actitud desafiante ante sus verdugos y torturadores: Tú, malvado –le dicen al mismo rey-, nos arrancas la vida presente; pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna.

           El valor mostrado por estos jóvenes provocó el asombro de sus jueces y torturadores. Y no era para menos. Lo que les sostenía en este trance, lo que les mantenía en esta actitud heroica era sin duda su fe o confianza en el Señor del universo de quien esperaban la resurrección: Vale la pena morir –dice el último en padecer el martirio- a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

           Vale la pena morir por Dios. No hay causa por la que merezca más la pena entregar la vida. Así lo entendieron los mártires de todos los tiempos, que no ven en la muerte otra cosa que un tránsito hacia la vida eterna: una especie de sueño que tiene despertar, y despertar radiante y gozoso: al despertar, decía el salmista, me saciaré de tu semblante. Si hay semblantes que nos proporcionan dicha, deleite, de modo que nos podemos quedar extasiados ante ellos porque nos resultan hermosos y queridos, ¡cuánto más el semblante de Dios!

           También en el evangelio comparece el tema de la resurrección. Y lo hace en forma polémica. Los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos (en esto no se diferenciaban de los helenistas de mentalidad griega o platónica que despreciaban la carne) le presentan a Jesús un caso extremo: el de una mujer que, conforme a la ley del levirato, había estado casada con siete hermanos: ¿Cuando llegue la resurrección, en la otra vida, de cuál de ellos será mujer, puesto que ha estado casada con los siete? ¿Lo será tal vez de los siete?

           Pero ¿no era esto introducir la poligamia en el cielo? A esta embarazosa cuestión, Jesús responde que en la otra vida (en la vida futura) no habrá ya casamientos, pues ya no pueden morir; puesto que esa vida es eterna, ya no hay muerte. No será, por tanto, necesaria la reproducción generacional ni las uniones sexuales que la hacen posible. Seremos como ángeles. Y los ángeles no se unen para reproducirse ni perpetuar la especie. Entre los ángeles no hay uniones matrimoniales.

           Eso no significa que el amor que haya habido entre marido y mujer vaya a desaparecer como si no hubiera existido. Al contrario, se verá plenificado, y con tal grado de plenitud que no se hallará disminuido ni contrarrestado por otros amores de amistad y fraternidad. Será un amor sin exclusivismos: un amor sin las pasiones y los límites que impone un cuerpo terreno (que al tiempo que comunica, separa y excluye de su participación a otros): un amor absorbido y potenciado, abismado en el amor de Dios, que carece de fronteras y no deja fuera a nadie; un amor que no deja excluidos ni marginados. Ese es el amor que perdurará cuando la fe y la esperanza acaben.

           Y que los muertos resucitan –concluye Jesús- el mismo Moisés lo indica, cuando llama al Señor: Dios de Abrahán… Jesús recurre a un argumento rabínico: Si Moisés dice que su Dios es el Dios de un antepasado suyo como Abrahán, es porque para él Abrahán sigue estando vivo, incluso después de haber muerto. Para nosotros, nuestros antepasados estarán muertos, pero para Dios, y en su eternidad, están vivos. En el instante eterno de Dios, en su actualidad (carente de pasado y de futuro), lo que tuvo existencia la seguirá teniendo, después de haber pasado por diferentes estados: embrionario, precario y terreno, cadavérico o mortal, glorioso, infernal.

           El mismo Jesús, que manifiesta estas convicciones que revelan un Dios de vivos, se proclamó a sí mismo la Resurrección y la Vida, dio vida o devolvió la vida a algunos muertos y enterrados, como su amigo Lázaro, y, finalmente resucitó de entre los muertos, abandonando el sepulcro en el que había sido sepultado. El testimonio apostólico confirma nuestra fe en el Dios de la vida y en la resurrección de la carne. Esta fe nos permitirá vivir como hijos de Dios esperanzados; nos permitirá afrontar la muerte (tanto la de nuestros seres queridos como la nuestra propia) con serenidad, incluso con el deseo (esperanza) de alcanzar lo que podemos obtener por su medio, esto es, la vida eterna que Dios nos promete y cuya adquisición no es posible sin la victoria sobre la misma muerte que nos arrebata la vida temporal.

           Esta es la esperanza que debe darnos fuerza para toda clase de palabras y obras buenas, y para hacer frente a todo tipo de dificultades, incluida la misma muerte martirial, el sacrificio de la propia vida. Testimonios de esta fuerza sobrehumana se multiplican por doquier, forman parte de nuestra historia de fe. Sólo el esperanzado dispone de fuerzas para seguir luchando con ánimo de victoria. Perder la esperanza es caer en el derrotismo y andar por la vida como un derrotado. Pero un cristiano, que dispone de la unción del Espíritu de Cristo resucitado, ha de vivir siempre con esperanza, porque su vida se apoya en Dios, el que tiene el poder y la fuerza sobre la misma muerte por ser la Resurrección y la Vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 10/11/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A