Comentario, Lunes XXXI Ordinario

Lc 14, 12-14
4 de noviembre de 2019

           Hoy nos encontramos con uno de esos evangelios que generan perplejidad porque contravienen las normas más usuales de nuestro comportamiento social. Nos sugiere una manera de actuar que, por infrecuente, nos parece imposible de llevar a la práctica. Jesús se dirige a uno de esos fariseos principales que le ha distinguido invitándole a compartir su mesa. Cuando des una comida o una cena -le dice- no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.

           Esto es lo que se solía hacer entonces y ahora. Cuando organizamos una comida de carácter celebrativo, invitamos a nuestros familiares y amigos; tal vez también a algunos vecinos. No invitarles significaría desestimar su condición de familiares o amigos. Y semejante menosprecio podría ser un motivo suficiente para provocar su enfado o su enemistad. Es cierto que tales invitaciones generan compromisos y obligan a una correspondencia equivalente. A veces la convención social puede llegar a tener más fuerza que la misma ligación familiar o de amistad. Pero éste es nuestro modo habitual de actuar.

           Por eso confunden tanto las recomendaciones de Jesús al fariseo: no invites a tus amigos ni a tus parientes. ¿Por qué no invitarles a estos? Porque corresponderán invitándote a ti, y quedarás pagado.

           La razón, por tanto, es evitar la paga correspondiente, o mejor, cursar la invitación esperando siempre una correspondencia. Introducir este criterio compensatorio en nuestras relaciones humanas puede acabar –como sucede tantas veces- mercantilizando tales relaciones y, en consecuencia, deshumanizando nuestra vida social.

           Jesús no se opone, sin embargo, a que haya comidas, celebraciones e invitaciones. Cuando des un banquete –añade- invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos. Es una sugerencia que nos resulta como mínimo disparatada porque contradice nuestros comportamientos sociales más usuales. ¿A quién de nosotros se le ocurre salir a la calle para invitar a todos los mendigos que encuentre a un banquete de bodas?

           Eso se le puede ocurrir como mucho a algún sacerdote en el día de su ordenación sacerdotal intentando imitar la actuación biografiada de algún santo un tanto estrafalario. En alguna ocasión podemos tal vez incorporar a nuestra mesa a algún pobre que anda rondando en nuestro entorno o enviar parte de la comida a una residencia de ancianos o crear un comedor de beneficencia para hambrientos y desamparados. Pero invitar a una comida en que celebramos algún acontecimiento familiar a personas que nada tienen que ver con semejante celebración, simplemente porque son pobres, lisiados o ciegos, nunca se nos ha ocurrido ni parece fácil que se nos ocurra.

           Por eso la propuesta de Jesús nos parece fuera de lugar, simple y llanamente u-tópica. Y sin embargo, ahí sigue como un permanente desafío, como una invitación a obrar si no exactamente así de una manera aproximada. Porque si invitas a este tipo de personas no podrán pagarte o corresponderte del mismo modo. Tal vez te correspondan con el afecto o la gratitud, pero no con otro género de paga. No obstante, esta acción, que no espera correspondencia por tratarse de pobres, lisiados y ciegos, no quedará sin recompensa: te pagarán cuando resuciten los justos.

           Jesús invita a poner la confianza en Dios, que no dejará sin recompensa las buenas acciones de sus hijos. Pero para esperar esta paga hay que desentenderse en buena medida de las mediocres pagas humanas. En cualquier caso se trata de una paga prometida, pero no cobrada en el transcurso de esta vida. No obstante, tiene sus anticipos, y uno de ellos es la satisfacción que proporciona el buen obrar, el gozo de ver un destello de alegría en el rostro del indigente socorrido.

           La propuesta de Jesús está muy ligada a su actividad mesiánica. No es infrecuente verle entre pobres, ciegos, cojos y mancos repartiendo salud, multiplicando panes y peces para saciar a la multitud. Por eso aprovecha esos encuentros con los fariseos para invitarles a obrar del mismo modo, rodeándose de los indigentes de este mundo para compartir con ellos la abundancia de sus bienes.

           En este banquete imaginario con los pobres y lisiados de la tierra preludia él el banquete del Reino de los cielos cuyos principales comensales serán precisamente los desechados de los banquetes de este mundo. Ellos, por ser los más pequeños y despreciados de todos, son los predilectos de Dios. Y nada tiene de extraño que lo sean, si es que Dios tiene amor maternal. Por la misma razón fueron predilectos de la acción benéfica de Jesús que los tuvo muchas veces en su punto de mira compasivo y misericordioso. También tendrían que ser los predilectos destinatarios de nuestra acción caritativa, precisamente porque no tiene con qué correspondernos. Ellos no nos corresponderán con una paga similar; pero el que sí lo hará será Dios, el gran Pagador, el Pagador universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 04/11/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A