Comentario, Martes XXXI Ordinario

Lc 14, 15-24
5 de noviembre de 2019

           En este pasaje vuelven a comparecer elementos ya mencionados en ocasiones anteriores: el banquete, la invitación y los invitados. Además, los pobres, lisiados, ciegos y cojos adquieren de nuevo protagonismo. En un contexto de banquete y tras haber hablado Jesús de uno de sus temas preferidos, el Reino de Dios, muchas veces iluminado por la imagen del banquete de bodas, uno de los comensales le dijo como corroborando su exposición: ¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!

           Si el Reino de los cielos es un estado de plenitud y de bienaventuranza, el que toma parte en él habrá de ser necesariamente dichoso.

           Pero esto no significa que todo el mundo valore del mismo modo esta misteriosa realidad y esté dispuesto a aceptar la invitación cursada renunciando a otras cosas, quizá de inferior categoría, pero más constatables, próximas y asequibles. Por eso Jesús le contesta con una parábola alusiva a este hecho: Un hombre daba un gran banquete (el banquete del Reino de los cielos ha de ser por fuerza grande, inimitable) y convidó a muchas gente (para ser grande tiene que haber también muchos convidados); a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados (Dios siempre llama o invita por medio de intermediarios humanos): Venid, que ya está preparado.

           Pero aquellos convidados se fueron excusando uno tras otro. Recurrimos a la excusa cuando no tenemos interés por aquello que se nos ofrece, cuando lo menospreciamos o lo consideramos soslayable o prescindible, cuando entendemos que hay algo más importante en esos momentos que atender a la invitación. Las excusas son variadas, a veces comprensibles, pero no dejan de tener el carácter de excusas. Hay asuntos, sin embargo, que son inexcusables.

           Pero la asistencia a este banquete sí lo es para aquellos invitados. He comprado un campo –dijo el primero- y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor. Al parecer, aquella visita no podía esperar. He comprado cien yuntas de bueyes y voy a probarlas –dijo el segundo-. Dispénsame, por favor. También aquí se ve dónde se pone el interés. Y el último: Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir. El recién casado tiene su propio banquete y no puede atender a otras invitaciones. Ninguno puede ir porque tiene algo más importante que hacer. Y la importancia de las cosas depende del valor que se les dé. En esta apreciación hay un alto componente subjetivo. Los convidados a aquel gran banquete encuentran que su asistencia es excusable, porque valoran mucho más otras cosas: lo que acaban de comprar y están deseosos de ver o de probar; lo que acaban de hacer y desean festejar.

           La respuesta de aquellos convidados, marcada por la displicencia, la indiferencia o la falta de aprecio, provoca la indignación del anfitrión, que le dice a su criado: Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos. Y como todavía quedaba sitio: Sal por los caminos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.

           El lenguaje para describir la reacción de Dios al desprecio de su invitación es sumamente antropomórfico, pero muy significativo. No han sabido valorar lo que venía de Señor tan distinguido; no han sabido apreciar el don que se les ofrecía. Por eso les será negado, porque lo han despreciado prefiriendo otras cosas de valor infinitamente menor, cosas comprables como un campo o unos bueyes o cosas que pueden esperar como la celebración de una boda.

           Pero los planes de Dios no pueden quedar truncados por el hecho de que unos hombres no secunden sus propósitos o no se sumen a su fiesta. El banquete preparado se celebrará y la sala se llenará de comensales. Un banquete sin comensales sería un fracaso. Y un Reino de los cielos vacío lo mismo: no habría Reino ni cielo. Por eso Dios no dejará de enviar a sus criados (profetas) para que extiendan la invitación a todos, empezando por los más pobres, los enfermos y los despreciados de este mundo, e insistan hasta lograr que se llene la casa.

           Dios muestra especial interés en que haya banquete y en que se le llene la sala o la casa de invitados. Por eso pide a sus enviados que no dejen de insistir. Es la insistencia de la predicación que quiere hacer ver la importancia del don que se ofrece y, por tanto, de la invitación a participar en él, aunque haya que dejar otras cosas. Al final, tendremos que dejarlo todo con la vida, y entonces puede que nos quedemos sin banquete y sin casa donde albergarnos, porque nosotros mismos rechazamos la invitación en su momento por considerarla poco digna de aprecio.

           Quizá los pobres y los enfermos, por no tener bienes de los que ocuparse o salud de la que disfrutar, estén en mejores condiciones de atender a esa invitación. Tienen poco que perder y mucho que ganar. En cambio, los ricos, los que disponen de muchos bienes a los que prestar atención, y los rebosantes de salud, probablemente tengan que renunciar a algunas de sus posesiones o a las exigencias reclamadas por éstas para acoger la invitación. Hay ataduras que no dejan la libertad necesaria para aceptar ciertas invitaciones. Pero esto puede significar cerrarse la puerta a bienes más altos y valiosos.

           Que el Señor nos conceda lucidez para estar despiertos y sabiduría para responder a sus invitaciones sabiendo apreciar sus dones. Sólo así seremos dichosos, porque tendremos parte en el banquete del Reino de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 05/11/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A