Comentario, Miércoles XXXI Ordinario

Lc 14, 25-33
6 de noviembre de 2019

           Jesús se encuentra en medio de mucha gente. Y en semejante situación les habla de su seguimiento o discipulado: Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.

           Las exigencias del seguimiento de Cristo son realmente extremas. Al que quiera ser discípulo suyo, Jesús le propone un camino de renuncias, porque no podrá ser discípulo suyo el que no esté dispuesto a posponer (el término griego, μισέω, es aún más duro: aborrecer) no sólo cosas (posesiones, oficios, trabajos), sino también personas, y personas muy queridas como el padre, la madre, la mujer, los hijos, los hermanos (no se pueden designar personas más próximas afectivamente), incluso a sí mismo. Y si uno alcanza a renunciar a sí mismo, a su tiempo, a su profesión, a sus proyectos, a su propia vida, ya no le queda nada más por renunciar. Ha llegado hasta el final.

           Realmente Jesús está proponiendo a sus discípulos un camino martirial, es decir, una disposición a perderlo todo, incluida la propia vida, por él, por ir tras él, por estar con él, por llevar a cabo sus planes, por completar su misión en el mundo. Él es el absoluto ante el cual palidecen todas las demás cosas y personas y por el cual uno tiene que estar dispuesto a posponerlo todo. Posponer es poner después o detrás en nuestra estima o aprecio, hasta el punto de renunciar a ello si la situación lo exige.

           Podemos pensar que la exigencia de Jesús es excesiva; tanto que podría llegar a lesionar lazos tan sagrados como los que unen a los hijos con sus padres o a los maridos con sus mujeres. Pero él no pretende romper semejantes lazos, sino invitar a un seguimiento tan radical de su persona que todo lo demás, incluyendo la familia, pase a ocupar un segundo plano. No es infrecuente, por otro lado, encontrarse con situaciones en la vida que obligan a un padre a renunciar temporalmente a la cercanía de su mujer y de sus hijos por exigencias laborales y, por tanto, en beneficio de esa mujer y esos hijos. Tampoco lo es que un hijo tenga que renunciar durante algún tiempo a la calidez del hogar paterno y a la compañía de sus padres y hermanos por razones de estudios o de trabajo. Son renuncias que están plenamente justificadas en aras de unos objetivos o de unas aspiraciones en la vida. Están también los que abandonan al padre y a la madre por unirse a su mujer y fundar una nueva familia.

           No es, por tanto, Jesús el único que pide renuncias. Él mismo inició este camino abandonando la casa paterna (y antes el cielo, al despojarse de su condición divina) y el trabajo artesanal en el hogar de Nazaret para dedicarse a la misión encomendada por el Padre. Renunció a una vida plácida y sin sobresaltos para exponerse a la censura de los maestros de la Ley y finalmente a la muerte de los violentos. Y así tomó la cruz penal que había recaído sobre él, su cruz, para consumar su tarea. Pues bien, el que tomó su cruz y se dejó crucificar por proclamar la verdad de Dios para el mundo, ¿no podrá exigir a sus discípulos, es decir, a los que han emprendido su mismo camino, que lleven su cruz, la que les corresponda llevar, detrás de él?

           Se trata del seguimiento de un Crucificado, en el que nosotros reconocemos al Hijo de Dios en carne humana; nada tiene de extraño que este seguimiento implique la cruz de la renuncia, de la persecución, de la humillación, de la muerte ignominiosa. Esto no nos tiene que hacer olvidar que el Crucificado es también el Hijo amado del Padre, que no fue abandonado al poder de la muerte, el Resucitado y Glorificado. Los mártires de todos los tiempos, que han dado la vida por Cristo, no han perdido nunca de vista esta visión gloriosa del Cristo sentado a la derecha del Padre y a la espera de recibirles tras su testimonio cruento en su morada de gloria.

           Jesús compara este seguimiento con la construcción de una torre o con el diseño y ejecución de una batalla. Se trata de empresas de envergadura que exigen calcular gastos o evaluar las fuerzas disponibles, no sea que uno se ponga a la tarea y no sea capaz de concluir la obra. No todo está en comenzar; hay que acabar lo iniciado. No basta, por tanto, con seguir a Jesucristo al comienzo del camino; hay que llegar con él hasta el momento de la exigencia final. Por eso decía que tras estas palabras que invitan a posponer o a llevar la cruz tras él hay una exigencia martirial de renuncia a la propia vida: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

           No es extraño que el obispo mártir del siglo II, Ignacio de Antioquía, diga en su carta a los Romanos: sólo entonces, cuando sea devorado por las fieras, seré realmente discípulo suyo, seré realmente cristiano. Entiende, por tanto, que no puede proclamarse discípulo de Cristo sin haber superado antes esta prueba de amor que consiste en entregar la propia vida en testimonio martirial. Sólo en sintonía con la actitud de hombres como san Ignacio se pueden entender las palabras de Jesús.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 06/11/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A