Comentario, Sábado XXXI Ordinario

Lc 16, 9-15
9 de noviembre de 2019

           Las palabras de Jesús que recoge san Lucas en este pasaje siguen girando en torno al dinero (μαμων, voz aramea transcrita al griego, de connotaciones idolátricas) y a la administración. El dinero injusto o, como traduce la nueva versión de la Biblia, el dinero de iniquidad, es el dinero que procede de operaciones injustas como las que llevó a cabo aquel administrador infiel de la parábola. Pues bien, hasta ese dinero, reinvertido en obras de misericordia, puede ganarnos amigos que nos reciban bien en las moradas eternas.

           Pero el evangelio continúa volviendo sobre el tema de la administración que se presenta a modo de fianza: El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es de fiar; el que no es honrado en lo poco, tampoco en lo mucho es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará?

           El que es fiel y honesto, lo suele ser tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, tanto en lo menos importante como en lo más importante. La fidelidad y la honestidad son actitudes que se suelen mantener en las diferentes circunstancias de la vida; y el que no es fiel en lo poco (en los céntimos) tampoco suele serlo en lo mucho (en los millones) o en lo que vale más que el dinero, por ejemplo, en la amistad o en el compromiso matrimonial, o en cualquiera de las relaciones humanas.

           Por eso, si no hemos sido de fiar en algo que merece el calificativo de vil o despreciable, como el dinero, cómo vamos a serlo en cosas más importantes, como la educación de los hijos o la formación humana y cristiana de niños y jóvenes, o la capacitación de personas para la prestación de determinados servicios en la sociedad. Cuando lo que se nos confía son personas y no simplemente bienes materiales, aumenta la responsabilidad, como le sucede a un médico cirujano al que se le confían vidas humanas o a un sacerdote al que se le confían las mismas vida humanas en otra dimensión, no relativa a la salud corporal o psíquica, sino a la salud espiritual.

           Y si no hemos sido de fiar en lo ajeno (bienes o vidas), tampoco seremos de fiar en lo propio (bienes y vida), aunque podamos apreciar más lo propio que lo ajeno. Porque también lo que nos pertenece como propiedad, incluida la vida, lo hemos recibido en fianza, se nos ha confiado para hacer de ello un buen uso. Pero si no hemos sido fieles en lo ajeno, ¿lo seremos en lo propio? Y si no hemos sido fieles en lo propio, ¿lo seremos en lo ajeno? La fidelidad atañe siempre a la gestión de unos bienes (materiales, personales, espirituales) encomendados, ya sean propios o ajenos. En cualquier caso se trata de una fianza que se nos confía y de la cual se nos pedirá cuentas.

           Ningún siervo puede servir a dos amos… porque se dedicará al primero y no hará caso del segundo.

           Se trata de amos que exigen dedicación plena o casi exclusiva; por eso hay incompatibilidad de servicios. No podéis servir a Dios y al dinero, si hacéis del dinero un tirano al que se sirve, por el que se trabaja hasta el agotamiento, o por el que se está dispuesto incluso a poner en riesgo la propia vida o a sacrificarla, o un dios al que se adora o por el que uno es capaz de inmolarse.

           Cuando uno idolatriza de este modo al dinero (= mamona) le está dando un rango semidivino, lo está elevando a la categoría de un dios que acabará exigiendo hasta el sacrificio de vidas humanas como sucede tantas veces en nuestra sociedad. Basta pensar en las ingentes cantidades de dinero que se mueven en las mafias, en el mundo de la droga, en la trata de blancas, en el mercado negro o amarillo, en la bolsa, en la especulación inmobiliaria, etc. Y habiendo dinero de por medio no es fácil que se respeten las vidas humanas, que acaban teniendo menos valor, mucho menos valor que el dinero que se maneja. Así se cumple el dicho de Jesús: No se puede servir a Dios, cumpliendo sus exigencias de caridad y respeto a la dignidad de la persona humana, y al dinero, dejándose arrastrar por las exigencias que impone la avaricia y la codicia que nunca se ven saciadas, porque el dinero no puede saciar de ninguna manera el corazón humano.

           La insistencia de Jesús en el tema nos puede parecer excesiva u obsesiva. Tal vez nos suceda lo que a aquellos fariseos, amigos del dinero, que se burlaban de él y de sus apreciaciones, por considerarlas demasiado ingenuas o poco realistas o impropias de alguien que debería tener los pies en la tierra. Pero él les dijo: Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.

           Que el Señor nos encuentre receptivos a su palabra. Lo que más detesta Dios en los fariseos no es su apego al dinero, que es más digno de compasión que de desprecio, sino su arrogancia. Presumen de observantes de la Ley. Pero no es infrecuente que uno presuma de lo que carece. Y Dios que ve sus corazones –y no sólo sus observancias externas- les conoce y detesta su arrogancia. Más les valdría ser humildes y reconocer sus servidumbres, como la del aprecio del dinero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/11/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A