Comentario, Sábado X Ordinario

Mt 5, 33-37
15 de junio de 2019

           Jesús sigue poniendo en un platillo de la balanza lo dicho (en forma de mandato) a los antiguos y en el otro lo que él mismo dice, con el objetivo de dar plenitud a la ley: Sabéis que se mandó a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor". Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Ni jures por su cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno. Jurar, según la definición clásica, es afirmar o negar algo poniendo a Dios por testigo. Con esta acción se pretende refrendar o dar más peso veritativo al propio testimonio, implicando a Dios en el mismo. Sin embargo, fuera de ciertos ámbitos públicos o judiciales, esta práctica puede convertirse fácilmente en un uso indebido del nombre de Dios. Pero la Ley dice también: No tomarás el nombre de Dios en vano. Invocar el nombre de Dios (¡te lo juro por Dios!) para incrementar la fuerza de un testimonio puede ser tomar ese nombre en vano.

           Lo que prohibía la Ley, no obstante, no era el juramento, sino el perjurio, esto es, el juramento en falso o con mentira. No se prohibía el juramento porque se invocase "sin razón suficiente" el nombre de Dios, sino porque se hacía contra la verdad, y a Dios se le estaba involucrando como testigo (y en cierto modo valedor) de una falsedad. En la base de este mandamiento está aquel otro que dice: No mentirás ni darás falso testimonio. Perjurar es una modalidad del mentir. Jurar con mentira no sólo es faltar a la verdad en el testimonio, sino también denigrar a la autoridad invocada como testigo o garante. Si esta autoridad es Dios se está haciendo claramente un uso indebido de su nombre.

           Quizá para evitar todos estos abusos asociados a la práctica del juramento, Jesús afirma con rotundidad: No juréis en absoluto: no sólo no juréis por Dios; ni siquiera juréis por el cielo, por la tierra o por Jerusalén, porque tales cosas están ligadas a Dios, el cielo como su trono, la tierra como estrado de sus pies, y Jerusalén como ciudad en la que reina; no jures siquiera por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro un solo pelo de la misma, es decir, porque no tienes dominio sobre ella, ni eres su dueño, porque no te perteneces a ti mismo. La responsabilidad de un testimonio, formulado afirmativa o negativamente, es únicamente del que testifica. Pretender asegurar la veracidad del mismo mediante la invocación por juramento de una autoridad asociada viene a ser casi una indecencia. El peso de la prueba debe estar en el que la aporta.

           A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno, que no hace sino enredar las cosas. Jesús invita a sus discípulos a hablar con verdad y simplicidad, limitándose a decir sí cuando es sí y no cuando es no, sin más aditamentos, sin necesidad de juramentos añadidos, y asumiendo enteramente la responsabilidad del propio testimonio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 15/06/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A