Comentario del 16 junio, Santísima Trinidad

Jn 16, 12-15
16 de junio de 2019

           Cuando venga él –les decía Jesús a sus discípulos-, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. A esta verdad pertenece la confesión de Dios, el Dios único de los profetas, el Dios creador del Génesis, el Dios uno y absoluto de los filósofos griegos, la realidad última y fundante de toda otra realidad, como Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas (hypóstasis) y un solo Dios. En esta formulación conceptual nos encontramos con una "pluralidad" de personas (tres) y con una "unidad" esencial o de naturaleza (uno). Es lo que la tradición ha llamado Trinidad: una unidad (mónada) de tres.

           Se trata del misterio de nuestro Dios: misterio de comunión en el amor. Y para que haya comunión tiene que haber unión; pero también quienes están unidos o en comunión: esos "entes" (seres-con) que conforman la unión y que la revelación llama Padre, Hijo y Espíritu Santo: nombres que nos resultan muy familiares y muy identificables. Porque el Hijo, segunda hipóstasis de esta terna, no es otro que Jesucristo: Jesús, el Hijo en su condición de encarnado (hombre) y de ungido por el Espíritu. Él es el que nos ha dado a conocer a Dios como Padre, su Padre. Él es el que nos ha hablado de su Espíritu como aquel que nos conducirá hasta la verdad plena. Nuestra fe depende de la revelación de Jesucristo; por tanto, de lo que él nos ha dado a conocer de Dios. Si no dependiera de esta revelación no sería cristiana.

           Nuestra fe no deja de ser monoteísta –fe en un solo Dios-; pero ya no es el monoteísmo judío, ni el musulmán, ni siquiera el monoteísmo griego de un Platón o un Aristóteles. Es el monoteísmo trinitario que confiesa a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque reconoce en Jesús al Hijo único de Dios (Unigénito) y al Ungido del Espíritu. Por eso, todo en nuestro culto (liturgia) está marcado por el sello trinitario, dado que es expresión de una fe trinitaria: Hacemos la señal de la cruz, nos bautizamos, celebramos la eucaristía en el nombre no únicamente de Dios o de Jesucristo, sino en el nombre de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No podemos entrar en relación con otro Dios que con éste: no el Dios conquistado con nuestra razón –que será siempre un Dios expuesto al riesgo de una posible idolatrización-, sino el Dios revelado, el Dios auto-comunicado en Jesús y en el Espíritu. A este Dios, o se le acepta o se le rechaza, pero no se le discute. Dios es así, como se ha revelado, y así tiene que ser acogido.

           Con todo, siempre podemos encontrar la racionalidad que se esconde tras la confesión de fe. Si a Dios le confesamos Padre, Hijo y Espíritu Santo y estos nombres aluden a una realidad, es que en Dios hay distinciones: lo que distingue al Padre del Hijo es que uno es el que engendra y el otro el engendrado; por tanto, que uno tiene como propiedad distinta (personal) la paternidad y otro la filiación. Pero esta distinción, llamada de origen, porque pone de manifiesto que uno, el Padre, careciendo de origen, esto es, siendo ingénito, es el origen del otro, el Hijo unigénito, no introduce diferencias esenciales: Padre, Hijo y Espíritu Santo son lo mismo, aunque no sean el mismo: poseen la misma infinitud, el mismo poder, la misma bondad, la misma voluntad, la misma eternidad.

           Procediendo el Hijo del Padre no es, sin embargo, posterior ni inferior a él; procediendo el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, no es, sin embargo, posterior ni inferior a ellos. No son el mismo, pero sí son lo mismo, decía Hilario de Poitiers. Por eso, puede decir Jesús: Todo lo que tiene el Padre es mío; tan suyo como del Padre, pues son lo mismo; o también: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Es la unidad esencial de las personas divinas la que hace posible este estar-en, esta perijóresis o compenetración.

           Pero semejante unidad no elimina la reciprocidad intersubjetiva. La revelación nos dice que Padre, Hijo y Espíritu Santo se relacionan entre sí como personas distintas (con su rasgo diferencial: la paternidad, la filiación y la espiración). Un teólogo como Santo Tomás hablaba de ellas como "relaciones subsistentes". El Padre no sería otra cosa que la paternidad (relación) subsistente de Dios, esto es, la paternidad (relación) vista como substancia: lo relativamente distinto del Hijo, que es la filiación subsistente.

           Esta explicación teológica pone de manifiesto sobre todo que Dios es "relaciones" paterno-filiales-espirativas, y lo es simultáneamente. Si esto es así, en Dios tiene que haber reciprocidad interrelacional. Dios no es, por tanto, un ser solitario, un puro individuo en la más extrema soledad. Dios es comunión interpersonal (=comunidad), o con palabras de san Juan: Dios es amor, no sólo porque nos ama, sino porque es esencialmente comunidad de amor. Precisamente por ser esto, comunidad interpersonal, puede entablar con nosotros –también personas- relaciones de amor, sin dejar de ser lo que es. Éste será también un rasgo de nuestro crecimiento personal o plenificación como personas. No seremos más personas cuanto más nos aislemos de los demás o cuanto más nos singularicemos, sino cuanto más nos abramos a los demás, si por abrirnos entendemos hacer partícipes a los demás de nuestras riquezas personales enriqueciéndonos al mismo tiempo con las riquezas de los otros, empezando por las personas divinas.

           La comunión trinitaria no pretende otra cosa que hacernos partícipes de su propia vida comunional. Por eso nos atrae a la oración (relación interpersonal) y a esos momentos sacramentales en que quiere hacernos sentir con mayor intensidad su presencia viva, su amor de Padre, de Hermano, de Íntimo, su perdón restaurador, su alimento fortalecedor del Espíritu, en suma, su vida. Los consagrados a la vida contemplativa saben de la importancia de este contacto con la fuente de amor incontaminado. Por eso se consagran a su búsqueda. Por eso dedican tanto tiempo de su vida a la oración.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/06/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A