Comentario, Domingo II Ordinario

Jn 1, 29-35
19 de enero de 2020

           Juan el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios. Éste es su testimonio. Pero esta designación no deja de ser extraña; y, sin embargo, Juan acierta con ella, porque da con la clave de su misión. Jesús será realmente ese cordero degollado (= sacrificado) que traerá la reconciliación y la paz: el Cordero venido para quitar el pecado del mundo, que es el gran obstáculo que encuentra el hombre para alcanzar su salvación.

           Pero el Bautista no se queda en esta simple instantánea del Mesías; ofrece otras señas de identidad que le sitúan por encima de ciertas coordenadas temporales. El que había venido al mundo y había salido al desierto después que él, estaba por delante de él, porque existía antes que él. Él es aquel sobre el que había bajado el Espíritu para quedarse: el Ungido de Dios para hacer ungidos (= cristianos) bautizando con el Espíritu Santo: el Hijo de Dios. Hay, pues, identidad entre el Hijo de Dios y el Cordero. El Cordero degollado no es otro que el Hijo de Dios, dado que el Hijo de Dios se ha hecho cordero (= víctima) de un sacrificio, cordero inmolado por la salvación del mundo. El testimonio de Juan en favor de Jesús no es sino la profesión de fe que espera la Iglesia de todo cristiano, es decir, de todo ungido por el Espíritu de Cristo.

           El cordero era uno de los símbolos más elocuentes del lenguaje sacrificial judío. La sangre de un cordero libró a los israelitas del exterminio de la décima plaga caída sobre Egipto en los tiempos de la esclavitud. El cordero degollado pasó a ser el elemento más significativo de esa cena (la cena Pascual) que conmemoraba la liberación del pueblo judío. El siervo de Yahvé que carga con las culpas de los demás para justificar a muchos es representado bajo la figura de un cordero llevado al matadero, que no abre la boca, pero cuya súplica será finalmente escuchada porque tiene a Dios como valedor.

           Pues bien, Jesús acabará identificándose con ese siervo que muere en lugar de los culpables cargando con la culpa de estos, y con ese cordero degollado y ofrecido (en sacrificio) que trae la paz. Así interpreta Jesús su muerte a la que voluntariamente se entrega cuando cree llegada la hora (al fin y al cabo estaba en este mundo, para lo cual había recibido un cuerpo, para hacer la voluntad del Padre): la del Cordero Pascual: una víctima necesaria para quitar el gran obstáculo que se interpone entre el hombre y Dios y entre los hombres entre sí, el último obstáculo que impide al hombre alcanzar su salvación: el pecado del mundo. Con este fin se entrega (y en esta medida es sacerdote o agente de la ofrenda) en manos de los pecadores con una doble actitud: de obediencia (amorosa) al Padre y de amor a los hombres por quienes se entrega como cordero para quitar el pecado del mundo.

           Hablar del pecado, en singular, es como aludir a una fuerza poderosa, un poder que actúa en el mundo impidiendo al hombre llevar a buen término sus deseos de paz y libertad, un poder que le empuja a hacer el mal que no quiere hacer y a no hacer el bien que sí quiere hacer. Se trata de una fuerza de carácter cuasi sobrenatural, una fuerza que sólo Dios puede debilitar y aniquilar. Por eso, se hace hombre, para hacer frente a esta fuerza maléfica en su condición de hombre ungido por el Espíritu; por tanto, con la fuerza de su Espíritu que es esencialmente amor.

           Quitar el pecado del mundo es, ante todo, una obra de liberación de ese mal que se ha instalado en el mundo en forma de soberbia, o de lujuria, o de avaricia, o de ira, o de desenfreno, o de injusticia, o de gula, o de envidia, o de vanidad, o de maledicencia, o de insensibilidad egoísta o indiferencia: ese mal del que tanto nos cuesta liberarnos porque nos es muy íntimo, y porque el hábito y la reiteración nos convierte en sus esclavos (hacemos el mal que no queremos). Sólo Dios, con la fuerza de su Espíritu, puede liberarnos. Pero para disponer de esta fuerza de combate hay que acudir a esos "lugares" en los que es posible encontrarla y que son lugares de su presencia o "lugares sacramentales".

           El Cordero de Dios quita el pecado del mundo luchando contra él hasta la muerte (dejándose matar), dando testimonio de la verdad, que es él mismo en cuanto Hijo de Dios, hasta derramar su sangre; por tanto, martirialmente. Pero también implicándonos a nosotros en esta lucha, ya que el pecado no está sólo en el mundo como algo ajeno a nosotros; está también en nosotros; y para vernos liberados de él tenemos que empeñar asimismo nuestra libertad. Dios nos ha hecho libres: libres para luchar contra el pecado, libres para permanecer en él; libres para romper nuestras cadenas y libres para permanecer amarrados a ellas.

           Dios nos quiere protagonistas de nuestra propia liberación; y para ello nos proporciona las llaves y los medios (la fuerza) para llevarla a cabo. De nosotros y de nuestro interés depende hacer uso de tales medios: eucaristía, examen, confesión, oración, guía espiritual, ascesis, vigilancia, guarda de los sentidos. Sólo así podremos acrecentar el caudal de las virtudes que nos permitan contrarrestar la fuerza del mal que nos habita y nos inclina hacia el lado más oscuro y tenebroso de la vida. Colaboremos con Cristo, Cordero inmolado, en esta tarea de quitar el pecado del mundo, y nuestra vida ganará en paz y alegría.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 19/01/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A