Comentario, Domingo XIV Ordinario

Mt 11, 25-30
5 de julio de 2020

           El evangelio de hoy se abre con una exclamación jubilosa. Jesús da gracias al Padre porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla. ¿Qué cosas son esas? Las cosas relativas a Dios y a sus planes: lo que forma parte de su mensaje, aquello que él predica en sus parábolas y en sus discursos. Ese mensaje ha calado entre los sencillos con cierta facilidad, pero ha encontrado mucha resistencia entre los escribas y fariseos, precisamente los entendidos en las Escrituras judías, los especialistas en materia religiosa. Estos, anclados en sus tradiciones, encuentran mucha dificultad en aceptar la novedad representada por Jesús y su palabra. De hecho, se opusieron al espíritu reformista acerca de la Ley, el Sábado, las tradiciones de los mayores, el culto judío, que encarnaba este maestro singular y atípico.

           A sus ojos, Jesús aparecía como un introductor de novedades peligrosas para la estabilidad del sistema judío, como un innovador heterodoxo. Por eso Caifás dirá: Es preferible que muera uno por el pueblo. El saber de estos entendidos: su modo de entender la religión (es decir, a Dios), sus tradiciones, su conocimiento de las ciencias sagradas, sus prejuicios, les impedían acoger con docilidad intelectual la novedad -no obstante ser una novedad que enlazaba con la más genuina tradición profética del Antiguo Testamento- del mensaje de Jesús, con su enorme carga profética y renovadora. Aceptar a Jesús como enviado de Dios suponía tener que cambiar de mentalidad y de criterios, suponía metanoia, conversión en muchos aspectos de la vida; suponía, por ejemplo, tener que cambiar su visión de Dios y del culto, que era más importante la misericordia que los sacrificios, que a los pecadores había que tratarlos como enfermos curables no como a desahuciados. Cambiar estas cosas que habían pasado a formar parte de la propia vida y personalidad no era nada fácil.

           Y no es que Dios esconda su rostro y sus planes a los sabios y entendidos. Es más bien que estos, creyendo conocerlo todo acerca del mundo, del hombre o de Dios, se niegan a aceptar otro conocimiento que no sea el ya adquirido por ellos, otra revelación que escape a sus esquemas mentales (y tradicionales). Lo que aleja a esta ciencia, como a toda ciencia, de la fe no es su saber, sino su engreimiento, su absolutización, su no reconocimiento de los propios límites, en definitiva, su falta de humildad. Porque es la humildad la que hace que los sencillos acojan a Jesús como el maestro cabal de las cosas de Dios. Y esto es lo que provoca su exclamación jubilosa: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.

           Para aprender, en cualquier campo del saber, es imprescindible la humildad. Sólo la humildad nos hace receptivos, también y mucho más tratándose de la palabra de Dios, esa palabra que se refiere a lo más misterioso de la realidad, a su mismo fundamento. Pero ¿qué persona puede haber más capacitada para hablarnos de Dios que su Hijo? Nadie conoce al Padre sino el Hijo. Nadie puede conocer a Dios mejor que el Hijo de Dios. Una vez aceptado como tal, dependemos enteramente de su revelación para obtener el verdadero conocimiento de Dios. No tenemos mejor vía de conocimiento de Dios que Jesucristo. Pero, para aceptar la palabra de Jesús como la expresión humana de la verdad de Dios se requiere humildad, porque tal verdad sólo puede ser creída, no demostrada. Pero puede ser creída porque es creíble -a pesar de lo increíble de la Encarnación-, aunque no sea estrictamente demostrable. Se trata, pues, de una verdad testimonial, una especie de confesión personal de alguien que nos merece credibilidad, porque ha dado pruebas suficientes en su vida de que es fiable.

           El que acoge esta verdad halla descanso intelectual (porque la inteligencia encuentra reposo en ella) y afectivo (porque es la verdad de alguien que nos ama por encima de todo límite y condición y que responde a nuestra necesidad más profunda de afecto, a nuestra sed insaciable de amor). Por eso, Jesús nos invita a reposar en él: Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré; a reposar en él y a aprender de él mansedumbre y humildad. Sin mansedumbre y sin humildad no es posible hallar el descanso pretendido. Jesús sólo puede otorgarnos el descanso si desistimos de la soberbia y de la ira, pues éstas son siempre factores de perturbación y de inquietud. Sólo por la vía de la mansedumbre es posible hallar descanso. Si lo hacemos así, si aprendemos de él mansedumbre y humildad, si lo acogemos como portador de la verdad de Dios, comprobaremos su verdad en nuestra vida y hallaremos el descanso deseado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 05/07/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A