Comentario, Domingo XXIX Ordinario

Mt 22, 15-21
18 de octubre de 20
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           Cuando se proclamó el evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. Así recuerda san Pablo a los tesalonicenses la experiencia de la primera evangelización, de la que él se siente protagonista. No sólo había habido palabras (las palabras no logran tanto si no son portadoras de fuerzas ocultas y de convicciones profundas), sino fuerza del Espíritu. Aquella comunidad cristiana, asentada en Tesalónica, bien edificada, activa en la fe, esforzada en el amor, paciente en la esperanza, no era sólo fruto de unas palabras bien estructuradas, sino obra del Espíritu Santo que sabe crear convicciones profundas y duraderas.

           Pero, para crear tales convicciones el Espíritu Santo necesita de misioneros como Pablo dispuestos a la evangelización en cualquier parte del mundo. Y evangelizar es anunciar el evangelio, es decir, la buena noticia de la salvación que nos llega con Jesús. Pero el evangelio con el que se evangeliza, antes que anuncio es narración de unos hechos como el que refiere el pasaje evangélico de este día (Mt 22, 15).

           En cierta ocasión -refiere este pasaje- unos fariseos quisieron comprometer a Jesús con una pregunta. Para ello no dudaron en aliarse con sus adversarios, los herodianos. Su malintencionado objetivo era desprestigiarle ante sus seguidores e incondicionales. La pregunta venenosa era ésta: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

           La pregunta lleva una enorme carga de intencionalidad. Si respondía afirmativamente, se situaba en el bando de los colaboracionistas del César romano y de su rey títere, Herodes, y en contra de los partidarios de la independencia política y administrativa del pueblo judío; si respondía negativamente, se situaba en el bando contrario y se delataba como un rebelde al Imperio, quedando señalado de por vida como sospechoso de insubordinación (al estilo de los celotas). Cualquier respuesta le colocaba, por tanto, en una posición de partido, en una situación delicada. Pero él no ha venido para separar -introduciendo partidos-, sino para unir, superando fronteras (entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, judíos y griegos, publicanos y fariseos, hombres y mujeres), en una nueva unidad: la comunidad reconciliada en el amor de los que acogen su palabra y su Espíritu y pasan a formar parte de una nueva familia.

           Pide una moneda. Le muestran un denario. ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Del César, le dicen. Pues si son del César -responde Jesús-, dadle al César lo que es suyo. Si es el César el que ha acuñado estas monedas, si estáis bajo su régimen administrativo, dadle lo que le corresponde como gobernante y administrador; porque algún gobernante hay que tener y algún impuesto hay que pagarle al administrador. Jesús parece alinearse, sin mostrarse partidario entusiasta, con los que aceptan ese régimen gubernativo y tributario, al menos mientras exista y un cambio revolucionario o evolucionario no lo modifique. Se sitúa más bien entre esos pacíficos que saben esperar y aceptar pacientemente y no entre los rebeldes impacientes que provocan la revolución y el cambio brusco y violento de los regímenes injustos. De hecho, parece que se vio tentado a seguir este camino, pero él no lo tomó. Lo que a él le interesa es otra cosa que afecta tanto a oprimidos como a opresores: que le demos a Dios lo que es de Dios. Por eso añade: y a Dios lo que es de Dios.

           El añadido es más importante que la respuesta en su parte primera. Porque si al César hay que pagarle parte de lo que lleva su imagen e inscripción, a Dios, Señor absoluto de personas y reinos, también hay que pagarle y con más motivo aún. Y de Dios es también todo lo que lleva su imagen e inscripción; en primer lugar, nosotros mismos, hechos por Él a su imagen, y después, todo lo creado, esto es, todo lo que lleva la inscripción de creatura de Dios. Luego Dios, que nos ha acuñado a su imagen, que nos ha hecho de la nada, y por eso puede convertirnos en su propiedad (aunque la imagen-cuño más que signo de propiedad es signo de amor, pues no quiere que seamos tratados como propiedad de otro), puede exigírnoslo todo, hasta la propia vida.

           Somos de Dios en el sentido más radical del término, y no querer serlo, además de una insensatez, es un imposible, pues una creatura no puede dejar de ser de su Creador. No dar a Dios lo que es suyo, además de una injusticia, es una temeridad. Y si de Dios es la vida, la vida que tenemos porque la hemos recibido de Él, nunca podemos considerarnos dueños absolutos de la misma. Y si no lo somos de la propia para quitárnosla según convenga, mucho menos de la ajena, de la que no es siquiera nuestra, aunque dependa de nosotros por no poder depender todavía de sí misma.

           Tener conciencia de que nuestras vidas dependen enteramente de Dios, de que Él es nuestro único Señor y Dueño y por eso le pertenecemos, nos fuerza a vivir de otra manera: con un gran sentido de dependencia respecto de Dios, pero de libertad respecto de los demás (hombres); y al mismo tiempo con una confianza enorme, pues el Dios de quien dependemos es providente, cuida de nosotros tanto o más que de los lirios del campo o de las aves del cielo.

           Este es el evangelio que hay que seguir anunciando hoy, el que nos dice: dad a Dios lo que es de Dios, para evitarnos la tentación y la pretensión de constituirnos en dioses de nosotros mismos, porque si somos de Dios no podemos ser Dios, o constituirnos en señores de la vida propia o ajena y, por tanto, en los que deciden sobre su nacimiento o su cese.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 18/10/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A