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Comentario, Jueves IV de Pascua

Jn 13, 16-20
16 de mayo de 2019

           El evangelista nos ofrece el contexto en el que resuenan las palabras de Jesús, un contexto de intimidad y de despedida. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos, escenificando una tarea propia de esclavos o de criados. Pero el criado, al menos en el papel que la sociedad le asigna, no es nunca más que su amo, pues está a su servicio. Su función consiste precisamente en servir a su amo. Y el enviado, en cuanto representante del que lo envía, está también al servicio de éste y no puede actuar sin tener en cuenta a aquel a quien representa y antecede. Tanto criado como enviado obran en función de las órdenes o encomiendas emanadas de sus respectivos superiores. No pueden actuar al margen de estos. Así han de considerarse los discípulos de Jesús, que serán dichosos si ponen en práctica estas directrices. También ellos deben obrar como criados o enviados de su Señor, a su servicio y por encargo del mismo. Ellos han sido elegidos (entre muchos) para cumplir una misión; y el que ha hecho la elección sabe bien a quiénes ha elegido para esa tarea, aunque entre ellos se encuentre un traidor, alguien que no ha merecido la confianza depositada en él, alguien que ha sido desleal a esa predilección que sostiene la elección.

           Porque Judas Iscariote, el traidor, estaba también entre los elegidos, si bien acabó frustrando las expectativas de su elector. No obstante, Jesús no entiende la elección de Judas como una elección fallida o equivocada, sino como una elección necesaria para el cumplimiento de las Escrituras que predecían la traición protagonizada por él: El que compartía mi pan me ha traicionado. Tal era la predicción escrita y extraída del salmo. Jesús les anticipa este suceso para que cuando suceda no interpreten que algo ha escapado a sus planes, que ha cometido un error impropio de su sabiduría y perspicacia, y para que crean que él es el que es, que él es el Señor, el que tiene el dominio y control de las circunstancias y al que nunca superarán los acontecimientos de la vida, porque tiene el poder de predicción y el dominio de tales acontecimientos. Sólo si creen en él como Señor, podrán evitar sentirse defraudados ante su aparente ignorancia o debilidad.

           También Jesús se siente enviado del Padre para llevar a cabo una misión ya diseñada en las Escrituras. Esta es la razón por la que concede tanta importancia al cumplimiento de estas Escrituras que muestran ese plan a cuyo servicio está él mismo, puesto que no ha venido para otra cosa que para cumplir la voluntad del Padre que lo ha enviado, y a esa voluntad pertenece misteriosamente la traición de uno de sus elegidos. Dios mismo había anticipado esa traición en las antiguas Escrituras. Luego ni siquiera esta traición, que se presentaba en apariencia como el resultado de una elección fallida, escapaba a su control, esto es, al dominio del Señor de la historia. Y Jesús estaba al servicio de este plan divino y de esta voluntad –la del Padre- puesta por escrito y, por tanto, manifestada.

           Por consiguiente, tanto la elección de Judas como su traición formaban parte de este plan salvífico que tenía a Jesús como ejecutor. No podemos deducir, sin embargo, que Judas sea el chivo expiatorio de este plan. Dios no puede querer nunca el pecado (=traición) de uno de sus hijos, aunque reportase grandes beneficios; no puede querer un mal ni siquiera para obtener bienes mayores. La traición de Judas tiene a Judas como único responsable; pero ni siquiera este hecho de exclusiva responsabilidad de su agente escapa al plan divino. Ya sabemos que Dios "escribe derecho con renglones torcidos", pues sabe cómo incorporar hechos (pecados) que están en flagrante contradicción con su voluntad a ese plan que sí es conforme a su voluntad y que no persigue otra cosa que el bien de la salvación humana. Dios se sirve incluso del pecado de los hombres para completar su designio salvífico tal como aconteció en la vida de Jesús.

           Y si el enviado representa a quien lo envía, recibir al enviado es recibir al representado por él. Jesús lo expresa con solemnidad: El que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Es la lógica de la representación. El enviado está siempre al servicio del que lo envía y su misión no es otra que cumplir su encargo. Así se siente Jesús, enviado del Padre; así han de sentirse también sus discípulos, enviados de Jesús; así hemos de sentirnos nosotros en cuanto cristianos: enviados de Cristo para cumplir su encargo que no es sino hacerle presente en su palabra y en sus sacramentos en ese mundo que aún no lo ha recibido como su salvador. Sólo recibiéndolo a él se recibe al Padre, a quien él representa, y con el Padre la salvación que procede de él como de su fuente. Y si cumplimos cabalmente nuestra representatividad cristiana, porque salimos al mundo como enviados de Cristo, el rechazo de que podamos ser objeto será también rechazo de aquel que nos envía y del mismo Dios que está en el inicio de esta cadena sucesiva de envíos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/05/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A