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Comentario, Lunes IV de Pascua

Jn 10, 1-10
13 de mayo de 2019

            Jesús dirige la palabra a los fariseos. Y recurre a la alegoría del pastor y las ovejas para describir las relaciones que han de establecer sus seguidores con él. En este pasaje se refiere sobre todo a la ‘puerta’ por la que se entra en el aprisco: El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a las ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

            Entre el ‘pastor de las ovejas’ y el ‘salteador o bandido’ hay mucha diferencia. En primer lugar, el pastor usa la puerta para entrar en el lugar donde se encuentran las ovejas; la puerta se le abre sin dificultad porque es reconocido como pastor. Y el pastor no entra en el aprisco ni para robar ni para matar, sino para conducir a sus ovejas hacia los pastos abundantes. Con este fin las va llamando por su nombre, porque las conoce una a una, en su singularidad; las ovejas atienden a su voz porque reconocen en ella la voz de su pastor, una voz que les inspira confianza; la voz de los extraños, en cambio, despierta en ellas recelo y desconfianza y provoca un movimiento de huida. La voz del salteador o del ladrón es siempre la de un extraño. Éste no busca el bien de las ovejas, sino el suyo propio; no repara en el daño causado, porque persigue únicamente su propio interés; no le importan ni la dispersión, ni la substracción, ni la muerte de las ovejas; no le importan las ovejas. Como el guarda no le abriría la puerta, salta por la empalizada y provoca el desconcierto y el temor entre las ovejas. Éstas le huyen porque su voz les resulta desconocida.

            Hasta aquí el discurso fluye con normalidad. Hasta los fariseos podrían dar su asentimiento. El problema surge en el momento en que se pone ‘rostro’ a los personajes de la alegoría, especialmente al "salteador" (ladrón y bandido); porque Jesús, desentrañando el significado de la metáfora, sentencia: Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Cualquiera hubiera esperado que se identificara con el pastor y no con la puerta. De hecho también lo hace. Pero aquí se compara con la ‘puerta’, confiriendo a la imagen un significado más trascendente al que podría deducirse de su condición de ‘pastor’; porque la puerta es la que permite entrar al pastor y tener un contacto natural con sus ovejas. La puerta sólo se abre para el pastor y para las ovejas, no para el ladrón ni para los lobos.

            Desde estos presupuestos, el razonamiento de Jesús resulta lógico: Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. El "todos" no puede entenderse de un modo absoluto. ¿Es que no ha habido profetas, anteriores a él, que no han sido ladrones y bandidos, es decir, que no han buscado el bien de las ovejas? ¿Es que no ha tenido ‘precursores’ como Juan el Bautista que le han preparado el camino mesiánico? No parece que todos los venidos antes que él hayan sido malos pastores. Pero ¿han podido entrar por esta puerta, que es él mismo, para contactar con sus ovejas, siendo anteriores a él? En cierto modo sí. En la medida en que le preparan el camino, se convierten en sus precursores y usan la misma puerta de entrada que él. Podríamos pensar que han seguido un camino que desemboca en esa puerta que permite al pastor entrar en contacto con las ovejas y a las ovejas acceder a los pastos que dan la vida y otorgan la salvación; porque la puerta del aprisco es también la puerta de la salvación: quien entre por mí, se salvará; y la puerta que da acceso a los pastos que proporcionan la vida.

            Ya hemos comentado a propósito del discurso del pan de vida que Jesús ofrece su carne como comida. Luego no es sólo la puerta que da acceso, sino el mismo pasto del que las ovejas se alimentan para tener vida. A juicio de san Juan, Jesús lo es todo en relación con las ovejas: su pastor, su puerta y su pasto. ¿Es concebible un pastor en la Iglesia de Cristo que no entre por él, es decir, que no haya sido hecho por él –por su imposición de manos o la de un sucesor suyo-, que no se haya imbuido de su doctrina o no refleje en su voz la voz del Buen Pastor, que no se haya configurado con él –con sus actitudes y estilo de vida-, que no comulgue con él y con sus criterios, que no comparta con él anhelos y esperanzas? Se trata de entrar por él para hacerle presente a él en nuestro mundo actual. Se trata también de que nuestro contacto con las ovejas se realiza a través de él, no persiguiendo otra cosa que el bien de las mismas. Y el bien a alcanzar por excelencia no es sino el de la salvación; pues es el único bien que nos substrae de todos los males. Ahí es donde nos encontraremos con la vida en todo su esplendor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/05/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A