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Comentario, Miércoles IV de Pascua

Jn 12, 44-50
15 de mayo de 2019

            San Juan presenta el discurso de Jesús como una larga exclamación que viene a expresar en voz alta lo que guarda su conciencia y él quiere que se sepa; y esto es en esencia que él viene y habla de parte de otro que es su Padre y Dios de aquellos a quienes dirige su palabra, es decir, que viene como enviado de este Dios. Decía: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Por eso, cuando Jesús reclama la fe, la fe en él, en realidad está reclamando la fe en su Padre Dios, puesto que actúa como enviado del mismo. Además, si "el Padre y él son uno", la fe en él ha de implicar necesariamente fe en el Padre. Aquí nos adentramos en el misterio de la Trinidad: Si Padre e Hijo son ‘correlativos’, creer en el Hijo es creer en el Padre y viceversa, pues no hay Padre sin Hijo, ni Hijo sin Padre. En conformidad con esta correlación, "ver al Hijo es ver al Padre". El Hijo, en su condición de enviado, esto es, en su condición humana –porque sólo en esta condición es enviado- re-presenta de tal manera al Padre que verle a él es ver al Padre, invisible en cuanto tal, pero representado (y visibilizado) por el Hijo.

            Ha venido, pues, como enviado del Padre; y en su condición de tal, es luz para ese mundo para el que ha venido: Yo he venido al mundo como luz. Esto tiene una inmediata repercusión. Se trata de un mundo que está en tinieblas; sólo donde hay oscuridad puede brillar la luz. Se sale de las tinieblas cuando se deja entrar la luz, abriendo las aberturas (puertas y ventanas) necesarias para ello. Esta acción de abrirse a la luz que llega de lejos es la fe: y así el que cree en mí no quedará en tinieblas. La fe en el que llega como luz es un abrirse a la luz o un dejarse iluminar. Esto acontece por la vía de la aceptación de su mensaje: Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésa lo juzgará en el último día.

            Hay palabras o enseñanzas que iluminan la mente más que la luz natural los ojos. Por la palabra del que es luz del mundo nos llega la luz; pero para que esto suceda hay que acoger esa palabra dando fe a la verdad de que es portadora. No se trata, sin embargo, sólo de oír, sino también de cumplir; pues nos vemos ante una palabra que señala un camino e invita a recorrerlo para alcanzar un final que es la meta del camino. El efecto de la palabra que ilumina la mente no acaba en esta iluminación; dispone a ajustar todas nuestras acciones a esa iluminación mental, dando coherencia a nuestra vida. No es sólo una palabra informativa; es también performativa: ilumina al informar; pero el objetivo de la información es algo más que ofrecer conocimientos; es formar la voluntad e impregnar la sensibilidad de la persona iluminada.

            Pero, dada la diversidad de la condición humana y su posibilidad de elección (libre albedrío), habrá quienes se abran a esta luz y quienes decidan permanecer cerrados a ella por considerarla extraña, o perniciosa, o peligrosa, o de origen poco fiable. Jesús, que no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo, no juzgará –según sus propias palabras- a los que encerrados en sus cavernas hayan decidido no dejar paso a la luz. Pero semejante actitud no quedará sin consecuencias; también será sometida a juicio: no por él, que no ha venido a juzgar (léase, condenar), pero sí por la palabra pronunciada por él, esa palabra que, pronunciada, aporta luz y permite distinguir lo que esconden las tinieblas; por tanto, que pone al descubierto la verdad de las cosas y de los corazones, asignando a cada uno su ‘lugar’, que es el lugar elegido en razón de las propias opciones y acciones.

            Se trata de un juicio exigido por la verdad de las cosas y no por la arbitrariedad de una voluntad superior. Y la verdad une lo que puede permanecer unido y separa lo que no admite esta unión, como la luz y las tinieblas. Este juicio no será definitivo hasta el último día, cuando se haga la claridad total y se pueda distinguir sin temor a equívocos entre la luz y las tinieblas o entre el trigo y la cizaña. Pero es más una cuestión de verdad que de voluntad. Por eso dice Jesús que no les juzgará él, sino su palabra, esto es, la misma luz que pone al descubierto la realidad de las cosas –es decir, su verdad-. Y esta realidad no es otra que la de unas naturalezas buenas, pero perfectibles –así fueron creadas-, que disponen de capacidad para malearse, para autoengañarse, para confundir el bien con el mal o la luz con las tinieblas, para creerse dioses siendo sólo hombres (=creaturas), para forjar su propio destino.

            Jesús remite su mensaje en último término a Dios Padre. De su parte viene y de su parte habla: Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre. Tanto el contenido del mensaje como el modo de expresarlo dependen del encargo recibido de Dios Padre. El Padre es la fuente de esa luz que ha venido a iluminar al mundo en la persona de Jesucristo. A su obra creadora se añade ahora su acción iluminadora y salvífica; pues la salvación no se entiende sin esta luz que alumbra el camino de la misma y que se hace realidad efectiva por la fe o apertura de la mente a ese resplandor. Que el Señor nos conceda y nos mantenga en esta apertura posibilitante del precioso bien de la salvación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 15/05/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A