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Comentario, Sábado IV de Pascua

Jn 14, 7-14
18 de mayo de 2019

            Jesús tenía el nombre del Padre constantemente en la boca. Y ya sabemos que "lo que rebosa del corazón lo habla la boca". Pero penetrar en el dominio del Padre (Dios) es para el hombre entrar en el terreno de lo ignoto. No es extraño, por tanto, que al aludir al conocimiento del Padre, Felipe le diga: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús les había dicho: Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Semejante aseveración no convence a Felipe, que espera una mostración más directa de Dios. Al parecer no le basta con haber conocido y haber visto a Jesús. En Jesús ve a un hombre extraordinario; pero Dios sigue oculto a su mirada. Por eso, su petición: muéstranos al Padre; no basta con que te muestres a ti mismo con todo tu poder y misericordia; no basta con que te presentes como enviado del Padre. Sólo si nos muestras al mismo Padre quedaremos satisfechos.

            He aquí la exigencia, expresada en forma de petición, de Felipe. Y Jesús le replica: Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?... El Padre que está en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Jesús se concibe de tal manera identificado con el Padre que entiende que verle a él –que está patente a toda mirada- es ver al Padre –que permanece oculto a toda mirada terrestre-. Él es la muestra humanada del Padre, su reproducción cabal en este mundo. En él es posible ver el poder, la sabiduría y la bondad del Padre, aunque –es verdad- en un contorno humano; pues Jesús no puede desprenderse de su humanidad cuando se deja ver y cuando obra a la vista de sus coetáneos.

            Semejante identificación no es confusión personal: el Hijo y el Padre son dos; pero sí es mutua implicación o inhabitación: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Estos son los términos en los que se expresa Jesús. De tal manera está el Padre en él que verle a él es ver al Padre; pero el Padre está en él porque él está en el Padre. Este mutuo estar que brota del común ser es también una implicación en el operar. Las obras que hace Jesús son al mismo tiempo obras que el Padre hace en él. Ello es posible porque está y permanece en él. En las obras de Jesús se transparenta (=se deja ver), pues, el operar divino. Por eso, viendo tales obras se puede advertir la presencia o la mano del artífice divino que las realiza junto con el agente humano. Y esto permite creer en tal presencia escondida a la mirada (corporal) humana.

            De ahí que Jesús remita a sus obras como medio de credibilidad, ya que ellas muestran el poder, la misericordia, la bondad del mismo Dios Padre. Son obras que están gritando la presencia activa de Dios en Jesús, o del Padre en el Hijo humanado. Jesús parece conceder un mayor poder de persuasión a sus obras que a sus palabras: si no me creéis a mí, creed al menos a mis obras. Jesús no deja de encontrarse nunca con la incredulidad humana, presente incluso entre sus discípulos más próximos, que siguen reclamando una y otra vez: «muéstranos, muéstranos a ese de quien nos hablas con tanta familiaridad y que a nosotros nos resulta desconocido; anticípanos algo de eso que nos prometes; haz algún signo para que creamos en ti». La necesidad de ver (para creer) es una exigencia tan arraigada en el corazón humano que parece no podemos prescindir de ella, y sin embargo cuántas veces nos vemos obligados en la vida ordinaria a dar fe a lo que no vemos o a confiar en quienes no sabemos si merecen nuestra confianza.

            Os lo aseguro –concluye Jesús en este pasaje-: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Jesús parece transmitir su poder de obrar maravillosamente a sus seguidores, de tal manera que el que crea en él obtendrá la capacidad de obrar de modo semejante o incluso superior. Podrá hacer obras aún mayores, y ello en razón de su intervención junto al Padre. Jesús se compromete a hacer lo que sus creyentes pidan en su nombre.

            Jesús concede a sus seguidores la capacidad de obrar como a él le concedió su Padre, las mismas obras que su Padre realiza por su medio. Y esto ha tenido su realización histórica en los numerosos milagros que se han producido a lo largo de los tiempos, milagros que han tenido por protagonistas a sus apóstoles o a los santos de las diferentes épocas históricas. Ellos han actuado en nombre de Jesús, han invocado la fuerza de su Espíritu, no han perseguido ninguna rentabilidad económica o política; quizá sí evangélica o misionera; pero lo que realmente les ha movido es lo mismo que movía a Jesús a curar, la compasión; ellos han creído firmemente en la fuerza de la fe, que es la fuerza del mismo Dios en quien se pone la fe. Y aparte de estas obras mayores que son estos prodigios de difícil explicación natural que solemos llamar ‘milagros’, están las numerosas y constantes obras de misericordia que el creyente realiza en nombre de Jesús. Aquí, en su nombre viene a significar ‘en su representación’, es decir, haciendo presente al mismo Cristo que sigue actuando por medio de las manos y la boca de su representante.

            De este modo, y en virtud de estas obras, el Padre será glorificado en el Hijo, porque en tales obras –ya sean ordinarias o extraordinarias- se reconocerá la acción del Padre y del Hijo. Pero el hacer supone el pedir, como la oración supone la fe. Jesús hará si pedimos y no pediremos si no tenemos fe en la capacidad de Dios para intervenir en los fenómenos de nuestro mundo sin por ello tener que alterar leyes naturales; quizá incluso recurriendo a potencias para nosotros aún desconocidas, pero presentes en la misma naturaleza creada. Sólo Dios conoce a fondo su creación y sus virtualidades, ésas que los científicos van descubriendo paulatinamente con tanto esfuerzo y constancia. La petición hecha con fe tendrá siempre efecto, aunque éste no sea necesariamente el pretendido por el peticionario; pues aquí también interviene la sabiduría y la voluntad del que hace posible la realización de la súplica.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 18/05/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A