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Comentario, Viernes IV de Pascua

Jn 14, 1-6
17 de mayo de 2019

            Las palabras de Jesús alusivas a una próxima despedida provocan desazón e intranquilidad entre sus discípulos. Pero él les invita a mantenerse tranquilos y confiados: No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo. ¡Qué importante es la fe (resp. confianza) para conservar la calma! ¡Qué importante es sentirse apoyados, protegidos, custodiados, acompañados por alguien que es más poderoso que tú! ¡Qué importante es tener a Dios por aliado para mantener la calma en situaciones de riesgo!

            Basta con creer en Dios como Padre bondadoso para sentirse confiado y seguro, como sostenido por manos poderosas y benéficas. Creed también en mí, nos dice Jesús; y yo os digo que mi Padre Dios tiene casa donde hay estancias para todos, y si me voy antes que vosotros es para prepararos sitio. Cuando esté preparado, volveré y os llevaré conmigo. Hacer el tránsito hacia la casa del Padre –el tránsito de la muerte- con Jesús, que vuelve para llevarnos con él, es hacerlo en muy buena compañía, es no morir solos, y esto tiene que notarse. No es lo mismo morir solos –y siempre moriremos solos por muchos que sean los familiares y amigos que nos acompañen en ese trance- que morir en la compañía del que nos toma de la mano y nos conduce hacia esa casa de acogida que él mismo nos ha preparado, la casa del Padre. La sensación que provoca la soledad, especialmente en ciertos momentos, es fría, gélida; la sensación del acompañamiento amigable o amoroso es cálida como la mano tendida del amigo.

            Y añade Jesús: Y a donde yo voy, ya sabéis el camino. Al parecer no lo sabían. No sabían siquiera a dónde iba, aunque algo presagiaban, algo que les provocaba desasosiego y ansiedad. Pero no teniendo claro cuál era el destino o la meta de ese trayecto, cómo iban a conocer el camino. Y Jesús les responde: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. La verdad y la vida ya están en el camino, aunque no se encuentren del todo hasta el final, pues se trata de un camino verdadero, un camino recorrido en la verdad y en el que ya se tiene experiencia de la vida que está presente en el camino y hallará su plena realización al final del mismo. La verdad y la vida, que en su plenitud sólo se encuentran al final del camino, están ya presenten, en modo no pleno, mientras se recorre el camino en dirección a su término.

            El término del camino tanto para Jesús como para nosotros es el Padre y cuanto Él representa como casa de acogida. No alcanzar este término es quedarse a medio camino. Hemos sido creados por Dios y para Dios. Dios es origen y meta, principio y fin. Iniciar en Dios nuestro recorrido existencial y no acabar en Él, haría de nuestra vida un proyecto abortado, una obra interrumpida, una carrera inacabada, un fracaso. Pero nadie puede alcanzar este término sin seguir el camino que el mismo Dios nos proporciona y que es Jesucristo en cuanto proyecto humano. Nadie llega al Padre sino por él. Ese "por" connota muchas cosas, diferentes matices, pero sobre todo ‘camino a seguir’. Jesús es, para nosotros, camino hacia el Padre con su misma presencia en el mundo, con su propia biografía que va acompañada de palabras y de hechos que enseñan a caminar por la vida con un determinado estilo, que permiten configurar una personalidad capaz de convivir en esa comunidad mesiánica que es el Reino de los cielos.

            Jesús es camino porque enseña (magisterial) cuando habla, cuando vive y cuando muere; es camino porque indica dónde está la meta o el término al que dirigirse; es camino que traza él mismo con su propia vida de abajamiento o autodespojamiento: un camino diseñado, trazado, señalizado, explicado, recorrido y concluido por el que se propone como tal. Pretender alcanzar nuestra meta por un camino distinto puede resultar demasiado errático o tortuoso. Nosotros los hombres, envanecidos por nuestro orgullo, tendemos a descartar –o menospreciar- los caminos propuestos por otros, simplemente por el hecho de que son de otros y no nuestros. A nuestra vanidad le resulta mucho más satisfactorio crear o inventar su propio camino y no servirnos del camino trazado por otros; pero actuando así podemos estar rechazando el verdadero camino de la Vida, el camino que nos proporciona el mismo Dios para llegar a Él. Jesús dice de sí mismo ser ese camino. Creer en él es ya disponerse a servirse de él (como camino) para alcanzar la Verdad y la Vida, y con ellas la plena satisfacción de nuestros deseos más inefables.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 17/05/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A