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Comentario, Miércoles VII de Pascua

Jn 17, 11-19
5 de junio de 2019

           Jesús continúa su oración (sacerdotal) centrado en aquellos que el Padre le ha dado. Para ellos pide protección y unidad: sólo custodiados y unidos podrán evitar su perdición. Padre santo –decía-: guárdalos en tu nombre a los que me has dado. Para que sean uno, como nosotros. Hasta entonces él mismo, como buen pastor, había asumido esta tarea de custodia en nombre de Aquel que se los había dado como discípulos, el Padre. Pero ha llegado el momento de tener que abandonar este mundo y tendrá que ser el mismo Padre, con otras mediaciones humanas, el que se ocupe de ellos y de su suerte: Cuando estaba con ellos –añade Jesús-, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.

           Jesús justifica la elección de Judas, el hijo de la perdición, que podía ser entendida como una mala elección, acudiendo a las Escrituras, que habían predicho su extravío y traición. Judas es la excepción: ninguno de los elegidos para integrar el grupo de los Doce se perdió, sino él; pero esta pérdida no escapaba a los planes de Dios que lo había dejado escrito con mucha antelación. Ni siquiera la traición de Judas impediría la realización de los planes salvíficos de Dios; al contrario, contribuiría a su pronta ejecución, facilitando el cumplimiento de los designios divinos, pues Dios también sabe servirse del mal (que es responsabilidad de otro) para obtener el bien de muchos.

           Yo les he dado tu palabra –prosigue el orante-, y el mundo les ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. El mundo que no ha acogido a Cristo como luz (del mundo) es el mismo mundo que no recibirá su palabra, ni a los portadores y transmisores de la misma, esos misioneros enviados por el mundo a anunciar el evangelio. Éste es el mundo al que no pertenecen ni él, ni sus discípulos, aunque tanto él como sus discípulos formen parte de este mundo corpóreo y terrestre en el que han nacido y han recibido su naturaleza (humana). Pero aquí se está refiriendo a ese otro mundo, que también forma parte del mundo en que vivimos, que se opone a los planes de Dios, rechazando todo lo que de Dios procede o lo que Él envía: profetas, Hijo, apóstoles. Sin embargo, en el rechazo del enviado está implicado el rechazo del enviante: el que a vosotros escucha a mí me escucha; el que a vosotros rechaza a mí me rechaza. La negación del Hijo es negación del Padre, y el rechazo del profeta es rechazo de Dios, que habla por su medio.

           Este mundo hostil al enviado de Dios y a la siembra del evangelio, que primero fue judío y después pagano (o simultáneamente judío y pagano) es el mundo que odia todo lo que le resulta extraño o no percibe como suyo; por eso procura su eliminación o extirpación, como si se tratara de un tumor cancerígeno que amenaza con destruir el entero organismo social. El mundo que llevará a Jesús a la cruz será también el mundo que haga de sus seguidores mártires y confesores. Ese mundo no tiene que ser necesariamente ateo para combatir el nombre de Dios; también puede ser religioso, como lo era el mundo judío que no toleró la inquietante presencia de Jesús y sus apóstoles y acabó provocando la primera cosecha sangrienta de mártires cristianos. Baste recordar como ejemplos ilustres al protomártir, el diácono Esteban, y al apóstol Santiago, el primero entre los apóstoles en sufrir el martirio. Tampoco el mundo pagano en que empezó a germinar el naciente cristianismo era ateo, sino religioso: un mundo en el que florecían las más diversas formas de politeísmo. Y este mundo tampoco toleró en su seno al recién estrenado cristianismo, encabezando muy pronto una sangrienta persecución contra sus más dignos representantes, entre los que se cuentan los apóstoles Pedro y Pablo, víctimas de la locura de un emperador como Nerón.

           Tal es el mundo que odia lo cristiano por no ser de este mundo, es decir, por considerarlo un elemento extraño –por eso provoca su rechazo- y nocivo para su sostenibilidad o mantenimiento del sistema. Jesús no le pide al Padre que los retire del mundo, algo que ya hace ese mundo que les asesina porque no les tolera, sino que los guarde del mal, sobre todo del mal de la apostasía o del mal que acarrea su perdición; porque éste es el verdadero mal, el mal que acabó provocando el extravío y la caída de Judas Iscariote, el hijo de la perdición. La guarda de aquellos por quienes ruega Jesús tiene por objeto evitarles este mal que se apoderó de Judas, haciendo de él un apóstata o un renegado y un traidor, el mal de la incredulidad y la desafección. No parece que Jesús considere la muerte martirial de sus seguidores como un mal para los que la sufren, sino más bien como una ocasión inmejorable para mostrarse como testigos, es decir, como una ocasión propicia para dar testimonio de él ante el mundo, incluido ese mundo hostil del que sólo procede rechazo.

           Lo que importa en semejante situación es que sean santificados o consagrados en la verdad; y así, santificados, podrán ser enviados al mundo para proclamar esta verdad con una firmeza capaz de hacer frente a todo tipo de desafíos. Por eso, santifícalos –dice Jesús- en la verdad, en esa verdad que se sirve en la misma palabra del Padre: Tu palabra es la verdad, o también: La verdad se encierra y se dona en tu palabra. Es la verdad transmitida en esa palabra que es también la palabra de Jesús, pues todo lo suyo es también del Padre. La santificación en la verdad implica, por tanto, la afirmación en esa palabra que la custodia y comunica. Sin esta palabra careceríamos del depósito que guarda y conserva esta verdad que debe impregnar la entera vida del creyente que la profesa para que pueda desplegar toda su energía santificadora. Y así, santificados en la verdad, los cristianos podremos ser testigos fiables y creíbles de la misma; y estaremos capacitados para dar testimonio de esta verdad, incluso en ese mundo hostil e ingrato que no la reconoce. Este testimonio es el hace de nosotros verdaderos apóstoles o enviados para ser luz del mundo y sal de la tierra. Para desempeñar esta tarea, antes tenemos que estar santificados en la verdad. Pero ¿lo estamos?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 05/06/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A