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Comentario, Viernes VII de Pascua

Jn 21, 15-19
7 de junio de 2019

           El capítulo 21 del evangelio de san Juan suele estar considerado entre los estudiosos como un apéndice o añadido posterior elaborado por una mano diferente a la del redactor del evangelio. No obstante, y aunque esto sea así, sigue formando parte del relato evangélico y tiene todas las garantías eclesiales necesarias para ser considerado escritura inspirada.

           El relator sitúa el diálogo de Jesús con Simón Pedro en el contexto de una aparición del Resucitado, algo que le da un carácter póstumo. Jesús se dirige a Pedro con una pregunta muy personal, tan personal que podía llegar a provocar su sonrojo: Simón –le dice-, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? La pregunta singulariza al receptor no sólo como el hijo de Juan, sino también como el discípulo entre los discípulos. Parece como si Jesús esperase de Pedro un “plus” sobre los demás: un plus de entrega, de dedicación, de liderazgo, de amor. Y Pedro, que seguramente se siente singularizado por la mirada y la exigencia de su Maestro, pero que es consciente de su propia historia, hecha de arranques entusiastas y de debilidades manifiestas, le responde afirmativa, pero contenidamente: Si, Señor, tú sabes que te quiero.

           No se atreve a más. Su conciencia no se lo permite. Se sabe discípulo y amigo de Jesús; sabe que le quiere, pero no sabe de lo que será capaz por él. La experiencia de su fragilidad natural le hace ser cauto en la respuesta. Desde luego no sabría decir si su amor es mayor que el de los demás, porque ni conoce el amor de los demás, ni el alcance o la firmeza de su propio amor. Y si Jesús emplea el término γαπς (=¿me amas?), que alude a un amor oblativo o dispuesto a la inmolación, Pedro responde con un término (φιλσε=te quiero) más natural o asequible a la naturaleza humana. Pedro puede asegurar que le quiere; lo que no sabe es si dispone de capacidad suficiente para sacrificar la vida por él. A esa afirmación cautelosa del discípulo y amigo, Jesús responde con un acto de confianza, esto es, depositando en él la responsabilidad del cuidado pastoral de los que le serán encomendados: apacienta mis corderos. Los corderos son suyos, pero le encomienda a Pedro su cuidado.

           Aquí no se cierra, sin embargo, el diálogo. Hay una segunda pregunta que parece querer reafirmar al interlocutor en su propósito. En ella ya no comparecen los demás como término comparativo con el que se pretendía medir el amor de Pedro. Jesús se limita a preguntarle: ¿me amas? Y la respuesta del discípulo es la misma: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y de nuevo la encomienda responsable: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez, como forzándole a hacer una triple afirmación de amor por contraste con aquella triple negación del encausado en los días de la Pasión, le pregunta: Simón, Hijo de Juan, ¿me quieres? Esta vez Jesús se pone al nivel de las anteriores respuestas de Pedro y le dice: φιλες με (=¿me quieres?).

           El evangelista señala que aquella insistencia de su Señor por saber si le quería, entristeció a Pedro, quizá porque le recordó su triple negación. El discípulo dispuesto a dar la vida por su Maestro no había sido capaz de demostrarle al mundo el amor que sentía por él. Esto que le hizo derramar lágrimas de arrepentimiento en su momento, le hace entristecerse ahora con el simple recuerdo de aquel acto de cobardía. Y su respuesta no puede ser más cauta y prudente: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Pedro se sabe ante alguien que es capaz de penetrar en su interior mejor que nadie, que conoce su entero corazón y que debe saber, por consiguiente, si lo ama realmente con un amor que merece en verdad ese nombre. Él sabe lo que la naturaleza humana, y en concreto esa naturaleza que tiene delante, una naturaleza frágil y temerosa, puede dar de sí. Y si él lo sabe todo, ¿para qué seguir queriendo obtener respuestas? Es el momento en el que Jesús concluye el interrogatorio con el mismo acto de confianza con el que le había obsequiado ya, como suponiendo en su discípulo una responsabilidad mayor que la que él mismo se atribuye. Por eso, porque le supone esta capacidad de responder, le encomienda el pastoreo de sus ovejas: Apacienta mis ovejas.

           Y para finalizar, añade una predicción que anticipa la muerte con la que habría de dar gloria a Dios: cuando seas viejo –le dice Jesús-, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Jesús profetiza que el Pedro temeroso que no había sido capaz de dar testimonio de él ante un grupo de sirvientes durante su paso por el palacio del Sumo Sacerdote, será finalmente mártir, es decir, dará testimonio de él con la ofrenda de la propia vida. Su muerte será, por tanto, la muerte de un testigo, una muerte con la que dará gloria a Dios; en ella, pues, dará en favor de Jesús el testimonio que no dio durante su Pasión. Con esta muerte ratificará que ha sido digno de pastorear las ovejas que el mismo Jesús le había encomendado, depositando en él su confianza. De aquí se desprende una lección. Cuando el Señor deposita en alguien su confianza para realizar una determinada misión, le da al mismo tiempo la capacidad para llevarla a término, permitiéndole responder debidamente de ella. Esta conciencia debe infundir confianza en todos aquellos que asumen tareas que le son encomendadas por Dios a través de sus intermediarios; a su vez, nos permite confiar en aquellos que, entendemos, Dios ha puesto en nuestro camino como pastores o guías espirituales.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 07/06/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A