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Comentario, Martes VI de Pascua

Jn 16, 5-11
19 de mayo de 2020

            Jesús ha hablado a sus discípulos de su vuelta al Padre: Me voy al que me envió, y esto, como era de esperar, les ha entristecido. Las despedidas no deseadas siempre nos llenan de tristeza, aunque las soportemos por el bien de la persona que se aleja de nuestro lado. Ante esta sensación de tristeza, Jesús insiste en la conveniencia de esta vuelta no sólo para él, sino también para los que queden en este mundo privados de su presencia sensible: Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

            La ausencia ‘física’ de Jesús se llenará en seguida de una nueva presencia que no dejará que se sientan huérfanos: la presencia del Paráclito, el Espíritu consolador, que hará sentir con más fuerza la presencia del mismo Jesús en espíritu. Pero para que venga a nosotros el Paráclito, él tiene que marcharse; sólo así podrá enviarlo "desde el Padre", puesto que es su enviado. Tras la muerte de Jesús, lo que los discípulos necesitan no es otra vez al mismo Jesús disponible en el mismo modo que lo había estado durante su existencia terrena, sino al Espíritu que nos lo hace presente de otra manera, más espiritual, pero también más íntima y dominante.

            Y cuando venga –agrega el Maestro-, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado. La presencia del Espíritu pondrá, pues, al descubierto, denunciando, el pecado de ese mundo que no ha creído en el testimonio de Jesús, la incredulidad de cuantos no han dado fe a sus palabras ni se han dejado convencer por sus obras.

            También se pondrá de manifiesto la justicia del que, en cuanto Hijo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, se ha hecho merecedor de su vuelta al Padre, su lugar de origen y su Patria. Con este retorno del Hijo al Padre se le hace justicia. El estado natural del Hijo es estar junto al Padre o en el Padre. Al recuperar este estado original, se le hace justicia.

            Finalmente, la presencia del Espíritu traerá consigo la condena del que, en cuanto Príncipe de este mundo (=diablo), ya está condenado y de todos sus secuaces. Poner al descubierto estas realidades –pecado, justicia y condena- es sacar a la luz lo que esconden las tinieblas. Esta labor de discernimiento y juicio la llevará cabo el enviado por Jesús para dar testimonio de él, el Espíritu de la verdad. Pidamos al Señor que nos haga conscientes de estas cosas de las que el Espíritu Santo quiere convencer al mundo, de la existencia del pecado que es esencialmente incredulidad, de la justicia cumplida en aquellos que se hacen dignos de volver al Padre, su lugar de origen y su Patria definitiva, y de la condena que aguarda a quienes por razón de su soberbia se apartan de Dios, siguiendo los pasos del Príncipe de este mundo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 19/05/20     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A