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Comentario, Miércoles VI de Pascua

Jn 16, 20-23
20 de mayo de 2020

            Las palabras de Jesús a sus discípulos sonaban a despedida. Esto deja en ellos una sensación tal de tristeza que Jesús se ve obligado a consolarlos. Y recurre a una comparación muy gráfica y real. La mujer –les dice-, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora (la hora del trance, de los dolores del parto, de la incertidumbre); pero cuando da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre, y a ella un hijo. La sensación de dar la vida –una vida humana- es tan intensa y tan gozosa que lo inunda todo y hace olvidar de inmediato los aspectos dolorosos del parto. Antes, lo llena todo la esperanza, aunque con ciertos temores e incertidumbre; después, se sobrepone a todo la alegría de tener en brazos al niño recién salido de las propias entrañas.

            Semejante a éste –aunque quizá más largo- será el tránsito de la tristeza al gozo que habrán de experimentar sus discípulos: También vosotros ahora sentís tristeza (la tristeza de la despedida); pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría. Aquí hay una promesa: volveré a veros; y esta nueva visión o reencuentro os llenará de alegría, una alegría que ya no os podrá ser arrebatada, porque la visión perdurará eternamente. Ahora, mientras caminamos por este mundo, seguimos viviendo en la esperanza de ese reencuentro; por tanto, en la fe de que se cumpla esa promesa. No vivimos aún en la visión. No podemos tener, pues, la alegría que brota de la visión; pero sí la alegría que se anticipa en la esperanza y permite experimentar la fe en su presencia espiritual (y sacramental) y mistérica. Porque la presencia de Jesús, sentida en el sacramento (eucaristía) y en la intimidad de la oración, proporciona una alegría (paz, serenidad, sosiego) de contornos difíciles de definir, una alegría muy apreciable y apreciada por muchos, una alegría de profundidades insondables.

            Si hacemos la experiencia, tendremos la prueba de su veracidad. Innumerables cristianos han pasado por ella a lo largo de la historia y pueden dar fe –de hecho la han dado- de estos efectos. Dios no nos quiere tristes, sino alegres, incluso en medio de las dificultades y penalidades de la vida. La alegría es una fuente permanente de energía vital. Se podría decir que proporciona tanta vitalidad como el sol que nos alumbra. Pero sólo una alegría capaz de superar la frustración de la muerte tiene futuro; por eso, no se concibe sin la esperanza, ni puede sostenerse en último término sin la gran esperanza de una vida más allá de la muerte. Que el Señor nos reafirme en su palabra.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 20/05/20     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A