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Comentario, Viernes VI de Pascua

Jn 16, 20-23
22 de mayo de 2020

           Decía Jesús a sus discípulos: Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Les anuncia, pues, tiempos de tristeza, pero que serán reemplazados por tiempos de alegría. En la vida de todo hombre se entremezclan la tristeza y su contraria, la alegría, porque hay muchos motivos para estar tristes, aunque también los haya para estar alegres. El principal motivo de tristeza –aunque no es el único- es la muerte que va extendiendo su sombra sobre todos los mortales y no desaparece nunca de nuestro horizonte vital; y con la muerte, todo lo que ella nos arrebata. El principal motivo de alegría es la vida y todo lo que ella pone a nuestro alcance o todo lo que con ella se nos ofrece, una vida que ni siquiera la clausura de la muerte acaba de sepultar, si se deja espacio a la fe en la resurrección y a la esperanza de vida eterna.

           Jesús alude en este pasaje al tránsito emocional que experimentarán sus discípulos, un tránsito similar al que experimenta la mujer que está en trance de dar a luz y a la que la consideración de este hecho doloroso produce tristeza, pero una vez que ocurre, es decir, una vez que da a luz al niño que lleva en su seno se llena de alegría por el simple hecho de haberle dado al mundo una nueva vida; en ese momento, producido el alumbramiento, ya no se acordará ni de las incomodidades del embarazo, ni de los apuros del parto; pues la nueva vida lo llenará todo con su resplandor, colmando de alegría el corazón de la madre y de todos los que empaticen con ella. Esa misma alegría experimentarán los discípulos de Jesús al verle de nuevo tras haber estado apresado por la muerte en las entrañas de la tierra. Después de haber vivido con tristeza los acontecimientos traumáticos de su pasión y muerte, ahora, tras haber roto él las cadenas de la muerte y haber resucitado de entre los muertos, podrán experimentar la inmensa alegría de este encuentro inesperado y sorpresivo que lleva el sello de lo extraordinario. Por eso, la alegría que de él deriva tendrá también un carácter sorprendente y único; pues se trata de una alegría que florece repentinamente en un corazón ensombrecido por la tristeza del que ha experimentado una pérdida de valor incalculable e irrecuperable. Una alegría similar es la que experimenta el padre de la parábola del hijo pródigo cuando lo recupera como hijo después de darle por perdido o por muerto, aunque no sin conservar siempre un hilo de esperanza.

           También vosotros –prosigue Jesús- ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría. La tristeza se anticipa a los mismos acontecimientos que la desencadenan cuando vemos que tales sucesos se nos echan irremediablemente encima, cuando los presagiamos como inevitables. Con la actualización de tales acontecimientos no deseables, la tristeza podrá adquirir incluso tonos de amargura y desesperación. Pero otro suceso, tan inesperado como repentino, transformará las cosas y dará un vuelco a su situación emocional, y el espacio ocupado por la tristeza se inundará de alegría. No sólo recuperarán la alegría perdida, sino que obtendrán una alegría mayor y menos expuesta al quebranto de los golpes de la vida. Es la alegría que brota del encuentro con el Resucitado. Y el Resucitado no es simplemente el que vive con la vida que tenía antes de ser llevado a la muerte, sino el que vive con una vida que es inmune a la muerte, el que ha escapado definitivamente de la muerte.

           Aquellos discípulos se alegrarán por un doble motivo: por el reencuentro con su maestro, al que creían muerto para siempre, y por el contacto con alguien que, siento mortal, había vencido a la muerte. ¿Podía haber mejor noticia o mayor motivo de alegría? Volver a ver a la persona amada es un gran motivo de alegría, pero recuperar a esa persona para siempre, lo es aún mayor. Se trata de una alegría que reviste un carácter de excepcionalidad, porque brota de un acontecimiento extraordinario, inesperado, que no entraba en el horizonte de sus expectativas. Tampoco entraba en las expectativas de Abrahán tener un hijo en la vejez; por eso el anuncio de que va a ser padre, le colma de alegría. Y no era para menos. Esta alegría se mantendrá mientras dure la fuente que la suministra. El gran motivo de alegría en la vida de san Pablo era Cristo Jesús, pues Cristo era su tesoro, frente al cual todo lo demás perdía valor, palidecía, pasaba a ser basura. En él tenía su corazón y por él se sentía reconfortado. Mientras perdurase su unión con él tendría garantizada la alegría. Lo único que podría arrebatarle la alegría que esta unión le proporcionaba era lo que pudiese apartarle del amor de Cristo, pero difícilmente podría encontrarse en el mundo o fuera de él algo (angustia, persecución, hambre, desnudez, espada, principados, dominaciones, potestades…) que pudiera lograrlo. Mientras esto no sucediera, conservaría la alegría que rebosaba su corazón.

           Si nos ponemos a hacer un diagnóstico de los males que aquejan a nuestra sociedad contemporánea y que tienen su reflejo en el noticiario de un día cualquiera (criminalidad, malos tratos, violencia de género, violaciones múltiples, incesto, insensibilidad, indiferencia, calamidades, accidentes masivos, guerras fratricidas) encontraremos seguramente motivos para la tristeza, pero también podemos encontrar razones para la alegría, aunque para ello tengamos que concentrar nuestra mirada en otros aspectos más positivos de la realidad que nos circunda y nos habita. De ella también nos llegan buenas noticias y excelentes impresiones. Una de las noticias más sobresalientes es la que se identifica con el mismo Evangelio. Se trata de la noticia que proclama que Cristo, el crucificado, muerto y sepultado en tiempos de Poncio Pilato, ha vencido a la muerte. Ésta es la mejor noticia que puede recibir el hombre que vive constantemente amenazado y atemorizado por la muerte.

           Pero ya el simple hecho de existir, que es condición de posibilidad de todo lo demás, porque sin existencia no es posible amar, ni cuidar, ni admirarse, ni gozar, ni escribir, ni pensar, ni conversar, ni pasear, ni recrearse, ni disfrutar, ni cantar, ni esperar, ni resucitar, es un motivo de alegría. Cuando uno toma conciencia de que existe, pudiendo no haber existido, y que en virtud de este don (puesto que la existencia me ha sido dada) tiene acceso a todo lo que ella ofrece: relaciones afectivas, disfrutes visuales y auditivos de un paisaje o una obra de arte, posibilidades de ejercer el bien o de crear algo nuevo a partir de lo ya existente, etc., se llena de alegría, aunque no podemos olvidar que se trata de una alegría ensombrecida por la amenaza de la muerte que le pone límite (fecha de caducidad). También la alegría que brota del buen obrar es una alegría que nace de dentro.

           Es la alegría que experimentamos al percibir que nuestra acción contribuye a mejorar el mundo y a las personas de nuestro entorno. Puede incluso que esa acción no tenga el reconocimiento social merecido; pero tal reconocimiento no es imprescindible para sentir alegría. Podrá reforzar el sentimiento de autoestima, pero no es imprescindible para la alegría; sí lo es, en cambio, la percepción subjetiva de que mi acción contribuye a mejorar a las personas. Es la alegría que siente una maestra cuando aprecia los resultados de su labor educativa en un alumno en el que encontraba muchas dificultades para su desarrollo, pero que no se dejó vencer por las dificultades y que siempre confió en las posibilidades (talentos) que estaban en él, aunque ocultas. En su tarea diaria llegará a tener momentos de cansancio o, incluso, de hartura y de desánimo, pero si entiende y siente que lo que hace en beneficio de ese muchacho tiene sentido y valor, tendrá alegría. Todo el que contribuye a librar ignorancia, a deshacer prejuicios, a ahuyentar la barbarie, a construir civilización, a sembrar esperanza experimentará esa alegría que es la compensación emocional de sus esfuerzos.

           Pero tanto la existencia como la dedicación benevolente a las buenas causas se acaban con la muerte. La muerte echa el cierre a todo. ¿Cómo mantener la alegría teniendo ante los ojos el final de todo cuanto es fuente o caladero de la misma? Porque el final no es sólo algo que sobrevendrá en el futuro; es también algo que anticipamos en el transcurso de la vida. Por eso se convierte en un motivo de tristeza difícilmente soslayable. Con la muerte todo se acaba: las relaciones con las que he disfrutado, el arte en el que me he deleitado, la creatividad con la que me he identificado, los proyectos que me han mantenido abierto al futuro.

           Algunos filósofos como el existencialista Heidegger han acentuado esta realidad fáctica acrecentando la angustia existencial en la que el hombre pervive (y a veces malvive). Heidegger llega a decir que "el hombre (el dasein) es un ser para la muerte (zum tode)", indicando con ello que ha nacido para morir, que su fin es la muerte. Su discípula Hannah Arendt corregirá parcialmente a su maestro, diciendo que el hombre, aun siendo mortal, no ha nacido para morir, sino "para dar a luz", es decir, para engendrar algo nuevo, ya sea un hijo, un cuadro, una poesía, una fundación, una sinfonía, un sistema de pensamiento, un plan de estudios, una idea... Y, puesto que somos creativos (a imagen del Dios creador), cualquier producto de nuestra creatividad será motivo de alegría, pues crear algo nuevo es dejar un rastro de mi yo en el mundo, una especie de desafío, un intento de plantar cara al imperio de la muerte que avanza inexorable colonizándolo todo con su presencia.

           Pero tal intento parece destinado al fracaso, pues la muerte sigue golpeando incesantemente en el surco de la vida. Si no disponemos de un antídoto para ella, no podremos evitar la tristeza que su sola amenaza y noticia causan. El único antídoto contra la desesperación que engendra la conciencia de la muerte es la esperanza que brota de la fe en la resurrección. El que cree, como los apóstoles, que Jesús ha vencido a la muerte con su resurrección, podrá mantener la esperanza de vida a pesar de la muerte. Y esta esperanza nos mantendrá alegres, incluso estando a las puertas de la muerte, pues tales puertas tienen también apertura o pueden ser abatidas. Y nadie podrá quitarnos la alegría si no nos quita antes la esperanza o la fe que la sostiene.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 22/05/20     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A