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Comentario,
Ascensión del Señor

Mt 28, 16-20
24 de mayo de 20
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           Todas nuestras celebraciones litúrgicas tienen un anclaje histórico: remiten a un hecho de nuestra historia de salvación. La misma ascensión de Jesús es presentada por san Lucas, autor del libro de los Hechos, como un suceso acaecido en un lugar y un tiempo determinados, como algo datable y localizable, y de lo que se puede testificar porque ha habido testigos. Lucas no se presenta como testigo presencial de los hechos que narra y que tienen a Jesús como protagonista, pero sí como notario de los mismos, es decir, como aquel que toma nota, dejando constancia de lo relatado por los testigos: lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que ascendió al cielo.

           La ascensión representa, por tanto, el final de una etapa y el comienzo de otra en la que el Ascendido ya no tendrá el protagonismo de la acción en la historia, porque su lugar lo ocuparán otros: el Espíritu Santo, que será quien actúe desde dentro y los bautizados por el Espíritu Santo, que serán los que actúen desde fuera, visibilizando, representando -en su sentido más fuerte- al mismo Jesús en el mundo.

           Según esto, la ascensión o vuelta al Padre de Jesucristo no significa exactamente su ausencia de entre nosotros (él mismo nos hace saber que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo); pero sí su ausencia visible e histórica. Deja de estar como había estado hasta entonces, como personaje de nuestro mundo para pasar a estar de otra manera, de manera menos visible, pero no menos eficaz; pues estará con el pleno poder que le concede su condición de ascendido al lugar que le corresponde como Hijo, a la derecha del Padre, en el cielo, por encima de todo principado y de todo nombre, y teniendo todo bajo sus pies, es decir, disponiendo del poder supremo.

           Así describe san Pablo la ascensión, como el momento en el que Jesús crucificado y resucitado recibe el poder supremo sobre todo lo creado. Con este poder permanecerá con nosotros hasta el fin del mundo. Seguirá siendo el Enmanuel (el Dios-con-nosotros), pero no en la fragilidad de la carne, sino en el poder del Espíritu y en la visibilidad de sus testigos, los que habrían de recibir la fuerza de lo alto para ser eso precisamente: sus testigos. Y lo serán haciendo discípulos, es decir, cristianos.

           Esta es la tarea que se encomienda a los que son bautizados con el Espíritu Santo: hacer cristianos. Para eso se requiere un poder/potestad que no es sino participación en el poder de Jesús. Jesús, revestido de pleno poder, comunica mediante la infusión de su Espíritu este poder a sus apóstoles para que puedan hacer discípulos de Cristo en esta doble modalidad: bautizando y enseñando. El bautismo y la enseñanza (la catequesis) son el medio de llevar a cabo esta tarea que consiste en hacer cristianos. Y no son separables: ni bautismo sin enseñanza -ya sea ésta anterior o posterior-, ni enseñanza sin bautismo (o sacramento).

           Pero tampoco se entiende esta etapa de salvación que corresponde a la era de la Iglesia sin Espíritu y sin testigos: el Espíritu, puesto que es invisible, necesita de testigos y los testigos, que son visibles, necesitan del Espíritu para que su testimonio sea recto y haga realmente cristianos. Tanto Espíritu como ungidos hemos sido enviados -cada uno desde su lugar- para completar la misión salvífica que Cristo trajo a este mundo y que dejó incompleta por lo que se refiere a su aplicación en la historia. Pero esta tarea implica la perfecta conjunción del Espíritu y los cristianos. Sólo así será eficaz: el Espíritu actuará desde dentro y nosotros desde fuera. Y de esta concurrencia de fuerzas surgirán los frutos de quienes sean tierra buena, es decir, tierra que se deja sembrar, labrar y regar.

           La ascensión de Jesús nos está diciendo, por tanto, que ha llegado nuestro momento y el del Espíritu, el momento de nuestra actuación en la historia de la salvación, el momento de suplir a Jesús, puesto que él ha dejado en cierto modo de formar parte de nuestro mundo. Pero como en este orden de cosas no podemos hacer nada sin el Espíritu, se nos aconseja que aguardemos el cumplimiento de la Promesa, nuestro Pentecostés. Pero la ascensión de Cristo, siendo todo lo que se ha dicho, su victoria y glorificación, es también nuestra victoria anticipada, pues él nos ha precedido como cabeza.

           La ascensión como impulso vital se revela como una fuerza irrefrenable de la misma naturaleza que, en su proceso evolutivo y ascendente, da lugar al ser humano. Si, como dicen nuestros científicos, somos el producto más evolucionado de la cadena evolutiva, somos el resultado de una ascensión que no ha alcanzado aún su cima. Porque, siendo lo que somos, aspiramos a ser más; y, pensando que seremos más cuanto más tengamos, centramos todos nuestros esfuerzos en tener más ciencia y más técnica, pues por este camino de progreso aumentarán nuestras capacidades y nuestro dominio hasta alcanzar niveles sobrehumanos, hasta alumbrar al posthumano.

           Los sueños transhumanistas albergan una utopía (o distopía), pero también un anhelo que el Creador ha puesto en la naturaleza humana: el de llegar a ser lo que Dios ha proyectado que seamos, el de completar nuestra carrera y alcanzar nuestra meta: el de ser semejantes a Él con esa semejanza que es plenitud de lo que ya somos. Este anhelo que persiste en lo más íntimo del corazón humano podrá verse oscurecido y perturbado por el pecado, la ignorancia, la fatua ilusión o la sugerencia diabólica de ser como dioses sin Dios, incluso a espaldas de Dios o contra los designios de Dios, por el camino simple y llano del acrecentamiento del propio poder que se hace patente en los avances científicos y tecnológicos que van adquiriendo con el paso del tiempo una velocidad de crucero (crecimiento exponencial), pero no dejará de ser una fuerza puesta en la naturaleza por su Creador.

           Pues bien, la fe cristiana nos dice que esa aspiración escondida ha hallado cabal cumplimiento en el hombre Jesús y es garantía de nuestra futura ascensión y glorificación, puesto que hemos sido incorporados como miembros a su cuerpo, que es la Iglesia, para compartir su mismo destino glorioso. Pidamos al Señor que ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama y cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 24/05/20     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A