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Comentario, Domingo de Pentecostés

Jn 20, 19-23
9 de junio de 2019

           Todos nosotros, judíos y griegos, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Esto es lo que les decía san Pablo a los cristianos de Corinto; por tanto, a los que habían sido bautizados en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su bautismo había sido su Pentecostés, porque Pentecostés había sido un bautismo en el Espíritu, es decir, una inmersión en el Espíritu. La efusión del Espíritu –en estos términos se expresan Lucas y Juan para referirse a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles- como un aliento, como la repartición de una llamarada de fuego, es inmersión en el Espíritu. Se recibe para llenarnos de él. Él entra en nosotros para hacernos entrar en él.

           Pentecostés es, pues, donación del Espíritu de Cristo. Pero no hay propiamente donación sin acogida del don. Sólo con la acogida se hace real y efectiva la donación. Y para acogerlo hay que estar bien dispuestos, como los apóstoles, reunidos (en una casa), en oración, es decir, en actitud receptiva, a la espera del cumplimiento de la promesa. Porque Jesús les había dicho: Os enviaré mi Espíritu, el Espíritu de la verdad. Puesto que confían en la palabra-promesa de Jesús, están a la espera. Saben que Jesús no les engaña y que algo bueno tiene que aportar esta nueva presencia: al menos, el remedio para su orfandad.

           San Lucas hace coincidir este envío con el día de Pentecostés, que conmemoraba la entrega de las Tablas de la Ley a Moisés en el monte Sinaí. Lo que ahora se le da a la Iglesia no es una ley, escrita en tablas de piedra, sino una persona especial (espiritual) que proporcionará a quienes la reciban clarividencia (sabiduría, entendimiento, consejo) y fuerza (temor de Dios, fortaleza, piedad): la clarividencia del que ve lo que otros no ven (la clarividencia que brota de la fe) y la fuerza que puede más que la fuerza de los poderosos o de los violentos: la fuerza del amor que atrae y que empuja más que ninguna otra fuerza, porque es un motor que arrastra a la voluntad.

           Se trata de una fuerza que suscita testigos, que hace mártires, hombres y mujeres dispuestos al sacrificio de sus vidas por amor a Cristo, mártir de la verdad, que impulsa a acciones verdaderamente heroicas de renuncias al mundo, que hace vírgenes, que hace santos, que hace apóstoles. ¿Quién, si no, hizo a san Pablo, de perseguidor de los cristianos que era, apóstol de Jesucristo? El Espíritu que le mostró la verdad del cristianismo. A partir de entonces entendió que todo lo que hacía por el evangelio lo hacía movido por el Espíritu, pues era el Espíritu de Cristo resucitado el que encaminaba sus pasos hacia lugares donde podían esperarle incluso cárceles y persecuciones. Puesto que no eran sus ambiciones las que le movían, ni su afán de aventura, ni su deseo de notoriedad, puesto que lo que le movía era el amor a Jesucristo (de él se sentía mensajero y heraldo) y a todos aquellos a quienes quería hacer partícipes de la salvación traída por Cristo, había de ser el Espíritu de Cristo el impulsor de todos sus afanes y el que dirigía realmente sus pasos. Porque el amor de Cristo se confunde con su Espíritu, que no puede mover en la dirección contraria a sus mandamientos y consejos; pero sí puede mover en la dirección contraria a nuestras tendencias naturales y deseos desordenados.

           El día de Pentecostés se puso en marcha la Iglesia con un acto misionero: les oyeron hablar de las maravillas de Dios en todos los idiomas. Y es que el Espíritu lanza a hablar de Dios en todos los idiomas posibles, con lenguaje verbal y gestual, a todas las gentes, con destino universal (sin detenerse en fronteras): Id al mundo entero y proclamad el evangelio. Porque el mundo necesita oír esta Buena Nueva de la salvación, traída por Cristo; porque este es el Dios del que hay que hablar: el Dios, Padre misericordioso que nos dio a conocer Jesús.

           Todo esto nos muestra que el Espíritu no actúa solo. No es él quien predica, sino quien inspira y empuja al predicador; no es él quien cura o consuela, sino el que mueve a los consoladores, el que acompaña y sostiene a los enviados: el que les da sabiduría y fortaleza y entendimiento y temor y consejo, mientras actúan bajo su moción. El Espíritu es el que hace ungidos, cristianos, santos, hombres de Espíritu, espirituales, dejando en ellos, como efectos, la alegría, la paz, la servicialidad, la amabilidad, el dominio de sí, el amor. Tales son los frutos del Espíritu. Por eso, donde brotan estos frutos está actuando seguramente el Espíritu. Por sus frutos los conoceréis. Son los frutos que revelan la presencia de un hombre espiritual.

           Pues bien, si fuimos bautizados en un mismo Espíritu es para que formemos un solo cuerpo. La unidad de la Iglesia, la unidad de los cristianos en ella, la unidad de los católicos, la unidad de las familias, la unidad de la persona…, la unidad es uno de los principales frutos del Espíritu y, por tanto, una señal muy clara de nuestra condición de cristianos. La unidad se confunde con el amor: el amor genera unidad y la unidad hace posible el amor. ¿Cómo amar a alguien con el que no tengo ningún vínculo de unidad? Pues bien, el Espíritu Santo nos hace uno en la medida en que acrecienta nuestro amor mutuo. El amor, que no es posible sin conocimiento, crea lazos de unidad y la unidad robustece los lazos del amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/06/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A