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Comentario, Hora Santa con Jesucristo

Toledo, abril 2019
José Ramón Díaz Sánchez-Cid

            Monición de entrada:

            Hemos celebrado esta misma tarde el memorial de la Cena del Señor. En ella recordábamos la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, y el Señor nos entregaba a modo de testamento el mandamiento nuevo del amor. Ahora, reunidos de nuevo junto al altar, queremos prolongar en meditación contemplativa lo que hemos celebrado. Renovemos delante del Señor sacramentado el memorial de su entrega hasta la muerte. Escuchemos una vez más sus palabras en este nuevo Cenáculo de resonancias inagotables. Dejemos que estas palabras reposen en nuestro corazón como una melodía persistente. Ellas son la explicación más fiable de su vida y misión; son también su mejor herencia.

            Respiremos en el silencio elocuente de esta noche santa su incomparable misterio. Es el misterio del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Dediquemos estos momentos de intimidad y sosiego a estar junto a él, y en vela, compartiendo sus sentimientos. Sólo así podremos escuchar los latidos de su esforzado y amante corazón, que rebosa incesantemente por sus labios: «Tomad y comed… tomad y bebed, ésta es mi sangre que se derrama por vosotros… No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí». Sólo así podremos orar con él al Padre y darle gracias por el inmenso don de su sacrificio pascual. Que el Señor nos permita acompañarle en estos momentos de soledad y de prueba. Unámonos a él en la plegaria que dirige al Padre desde su corazón sacerdotal.

            (Momentos de silencio)

            Canto inicial:

Vengo ante Ti, mi Señor, reconociendo mi culpa,
con la fe puesta en tu amor, que tú me das como a un hijo.
Te abro mi corazón y te ofrezco mi miseria,
despojado de mis cosas, quiero llenarme de Ti.

Que tu espíritu, Señor, abrase todo mi ser.
Hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera (bis).

Puesto en tus manos, Señor, siento que soy pobre y débil,
mas tú me quieres así, yo te bendigo y te alabo.
Padre, en mi debilidad, Tú me das la fortaleza,.
Amas al hombre sencillo, le das tu paz y perdón.

Que tu espíritu, Señor, abrase todo mi ser.
Hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera (bis).

            (Momentos de silencio)

            Sacerdote:

            La gracia de nuestro Señor Jesucristo que en la Eucaristía nos ha dejado el memorial de su amor, y que por nosotros y por nuestra salvación se entrega a la muerte, esté con todos vosotros.

            Oremos.

            Padre santo,
en esta hora de la noche nos reunimos junto al altar
para hacer memoria de la Eucaristía celebrada
y adorar la presencia sacramental de tu Hijo
entregado para la salvación de todos.
Haz que nuestra ofrenda y oración
se eleven como incienso en tu presencia,
y que permaneciendo arraigados en tu amor
seamos transparencia del que se inmoló por nosotros.
Aumenta nuestra fe en el misterio que adoramos y veneramos
en este Jueves Santo y ayúdanos a dar testimonio de la vida que vence a la muerte,
para que un día podamos contemplarte a ti y a tu Hijo,
sin velo alguno.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

            (Momentos de silencio)

            Monitor:

            En esta hora de silencio entremos en el Cenáculo y escuchemos las palabras que Jesús dirigió a sus apóstoles y ahora nos dirige a nosotros.

            (Momentos de silencio)

            1ª Lectura: Del Evangelio según san Juan (13,31-38)

            Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: "Donde yo voy no podéis venir vosotros". Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros. Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿a dónde vas?" Jesús le respondió: "Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde". Pedro replicó: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti". Jesús le contestó: "¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces". Palabra del Señor.

            (Momentos de silencio)

            Comentario al texto:

            Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Con la Última Cena ha llegado tu hora, aquélla hacia la que te habías encaminado desde el principio. Es la hora del paso de este mundo al Padre y la del amor "hasta el extremo". Los dos términos se explican recíprocamente. Es el amor hasta el extremo el que produce la metábasis, el "paso" aparentemente imposible de romper las barreras del egoísmo. Es precisamente el amor el que te llevó a dar el último paso hacia la consumación, hacia la totalidad de la entrega, hasta poder decir: Todo está cumplido (19, 30). Y lo hiciste sin tener que despojarte de la humanidad asumida, sino incorporando a tu propia humanidad la nuestra, la de aquellos a quienes habías hecho tuyos amándoles hasta el extremo.

            Y si la hora del paso es la hora del amor extremo, ya no resulta tan extraño que tu hora coincida con la hora de Judas, que la hora de la glorificación coincida con la hora de la traición y sus efectos. El ahora de la glorificación se inicia con el momento en que Judas "sale" del Cenáculo, donde todavía estaba expuesto a la luz de tu palabra y de tu presencia, para consumar la traición, llevando a cabo sus planes maléficos sobre ti, y entrando así en la esfera de una oscuridad de difícil salida. Cuando Judas salió del Cenáculo era de noche, porque se había dejado envolver por la tiniebla de su propia desesperanza. Pero no hay noche que resista al sol de Dios. Éste vuelve a salir siempre por muy densa y prolongada que sea la noche.

            Judas ha acabado cayendo bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su "yugo ligero", se hace esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Pero la luz que había proyectado Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. "He pecado", dice a sus mandantes. Hay un inicio de conversión. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero. Pero no logra creer en el perdón. Por eso su arrepentimiento se torna desesperación. No ve más que a sí mismo y sus tinieblas, no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. Un arrepentimiento que no es capaz de esperar, es destructivo; no es verdadero arrepentimiento.

            Tus palabras no tenían otro sonido que el de la despedida: Me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero donde yo voy no podéis venir vosotros. Y algunos interpretaban: ¿Será que va a suicidarse? Pero equivocaban el pronóstico. Es verdad que te encaminabas a la muerte; pero no en el sentido de darte muerte a ti mismo, sino de transformar la violencia ejercida hasta la muerte en una libre entrega de la propia vida (cf. 10, 18). Pedro también entiende que Jesús habla de su muerte inminente e intenta subrayar su fidelidad. Parece dispuesto dar la vida por el Maestro. Su actitud decidida y valiente le lleva a desenvainar la espada en el huerto de los Olivos. Pero tendrá que aprender que el martirio tampoco es un acto heroico, sino un don de Dios que dispone al sufrimiento por amor. Tendrá que aprender la humildad del discípulo. Porque con frecuencia, como en su caso, el heroísmo termina fácilmente en una negación. Ante las insinuaciones de una simple portera, Pedro declara no conocer a Jesús. No ha sabido perseverar. Aún tenía que aprender el camino del seguimiento para ser llevado después adonde él no quería, adonde quiere Dios. Sólo tras este aprendizaje pudo recibir la gracia del martirio.

            Y porque te quedaba poco de estar con tus discípulos, les dejas como testamento el mandamiento nuevo, el que quiere ser tu mandamiento, el más original, el que mejor te define y, por ello, el que mejor debe caracterizar a tus seguidores, puesto que en él habrán de ser reconocidos tus discípulos. Amaos unos a otros como yo os he amado. Así lo formulaste, según todos los testimonios. Pero ¿cómo pretender llegar a amarnos como tú nos has amado, con esa radicalidad, con esa entrega, hasta el extremo? ¿No somos demasiado débiles, demasiado inconstantes, demasiado cobardes, demasiado impacientes, demasiado imperfectos, demasiado repulsivos para eso? Se ha dicho que la novedad de este mandamiento está en el como yo os he amado, haciendo consistir la esencia del mismo en un supremo esfuerzo moral.

            Con el cristianismo se habría manifestado en la humanidad "un grado superior de humanismo". «Pero ¿quién puede decir de sí mismo que él está ya por encima de la "mediocridad" marcada por los Diez Mandamientos, que los ha dejado atrás y que camina por vías más elevadas en la "nueva Ley"? No, la verdadera novedad del mandamiento nuevo no puede consistir en la elevación de la exigencia moral…, sino en el nuevo fundamento del ser que se nos ha dado. La novedad sólo puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él». Se trata de que hemos recibido un nuevo corazón, un corazón puro, pero que puede contraer impureza y necesitar de una nueva purificación. Se trata de insertar nuestro yo en el tuyo, permitiéndote vivir en nosotros y, de este modo, amar en nosotros. El mandamiento nuevo no es, pues, una nueva y superior exigencia. En realidad no es una norma, sino una nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios: un don que hace posible la imitación; un don que se convierte en ejemplo y, sin embargo, sigue siendo don.

            (Momentos de silencio)

            Canto:

Os doy un mandato nuevo (2),
que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor (2).

La señal por la que el mundo distinguirá a los cristianos,
ha de ser si nos amamos como Cristo nos amó,
ha de ser si nos amamos como Cristo nos amó.

Os doy un mandato nuevo (2),
que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor (2).

Si el Señor, vuestro maestro, os ha lavado los pies,
sus discípulos seréis siguiendo su mismo ejemplo,
sus discípulos seréis siguiendo su mismo ejemplo.

            (Momentos de silencio)

            Preces:

            Jesús, nuestro Maestro y Señor, nos ama sin medida y nos manda amarnos como hermanos. Oremos con confianza y digámosle: Haz que amemos siempre como nos amas Tú.

            -Nos has amado hasta el extremo: concédenos la gracia de amar siempre a todos, y en especial a los más necesitados y a nuestros enemigos.

            -Nos has dado el modelo de tu amor por nosotros como señal por la que el mundo conocerá a tus discípulos: concédenos que jamás nos contradigan nuestras obras.

            -Nos has dejado el mandamiento del amor como nuestra primera obligación: fortalécenos con la fuerza de tu Espíritu y danos un corazón compasivo y misericordioso como el tuyo.

            -Nos has dado ejemplo de entrega y servicio incondicional lavando los pies a tus discípulos: ayúdanos a amarnos y a servirnos mutuamente.

            (Momentos de silencio)

            2ª Lectura: Del Evangelio según San Juan (14, 1-12)

            En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino". Tomás le dice: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?" Jesús le responde: "Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto". Felipe le dice: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Jesús le replica: "Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre?" ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre. Palabra del Señor.

            (Momentos de silencio)

            Comentario al texto:

            ¡Qué palabras más consoladoras, Señor! ¡Nuestro corazón está atenazado por tantas cosas! ¡Cuántos miedos paralizantes! ¡Cuántos temores, reales o imaginarios! Nuestra vida se desenvuelve entre el temor y el deseo: el temor a perder lo que poseemos, el temor al fracaso y a la humillación, el temor al sufrimiento y a la muerte y el temor al juicio y sus consecuencias; y el deseo de lo no poseído, el deseo de éxito y de bienestar, el deseo incontenible de lograr al menos algunas cotas de felicidad.

            Tú nos invitas simplemente a confiar, a creer en Dios y en ti, como su enviado y representante, como su Imagen y Reproducción en el mundo, porque, según tus propias palabras, quien te ve a ti ve al Padre. Y es que tú estás en el Padre tanto como el Padre en ti. Por eso, conocerte a ti es conocer a Dios. Es tan gratificante la confianza. Es tan tranquilizadora. Y, sin embargo, ¡qué desconfiados somos, Señor! No nos fiamos de casi nadie, porque nos han dado motivos para desconfiar. Y cuando confiamos en alguien, lo hacemos con muchas reservas, sólo hasta cierto punto. Somos demasiado conscientes de nuestras deficiencias y limitaciones.

            Y cuando se trata de ti, de creer en ti, te ponemos tantos límites que nuestra fe se desvanece hasta quedar reducida a un rescoldo de escasa potencia. Limitamos tu poder omnipotente, porque consideramos que las leyes naturales, tus leyes, son inalterables, como si una vez promulgadas no tuviesen ya ninguna posibilidad de ser mínimamente corregidas. Y a tu voluntad absoluta oponemos nuestras voluntades, tan precarias, tan enfermizas, como si tú carecieras de recursos para dirigirlas, para modificar su dirección, para potenciarlas sin tener que privarlas de su condición propia, de su libertad. Pero tus límites no pueden ser nunca los de tus criaturas, a no ser que tú mismo quieras asumirlos como propios como hiciste en tu encarnación mortal y crucificada.

            Pides confianza, porque sólo la confianza en ti puede situarnos en el camino de la Vida y en la espera de lo por-venir. Tú, que eres la Vida, nos has mostrado el camino que conduce a ella, viviendo una vida humana y recorriendo así el camino temporal que conduce hacia la casa del Padre, donde está nuestra morada definitiva. Y al hacer el camino con tu propia vida, te has convertido en Camino para nosotros, un camino iluminado, a pesar de sus tramos oscuros, por la luz de tu palabra. Luego para llegar al Padre, el Principio sin principio de todos y de todo, no hay mejor camino que tu seguimiento, porque el que te sigue recorre el camino inequívoco que conduce a la Vida.

            Un camino sólo tiene sentido si conduce a alguna parte, si alcanza su meta. Y qué mejor meta que esa en la que confluyen la Verdad y la Vida: la Vida verdadera; la Verdad vivida. No podemos pedirte que te muestres más de lo que te has mostrado, ni que nos demuestres más interés y amor del que nos demostrado. Puestos a exigir, nunca nos bastarán los signos ni las pruebas. Sí te pedimos que nos hagas ser más conscientes de este amor, y de su valor y eficacia; porque sólo así crecerá nuestra confianza en ti y en tu Padre. ¡Ojalá que tus obras, esas obras que tú mismo invocaste como testigos en tu favor, nos permitan ver al Padre en ti y crecer en confianza! Porque donde hay Padre, hay casa (ya el mundo lo es) y hay estancias. Y dado que se trata de la casa de Dios, estancias innumerables. Mientras no se cierre la puerta de esa casa (el cielo), habrá cabida para todo el que quiera y pueda entrar, para todo aquel a quien Tú le hayas preparado sitio. Que nuestro actual estar junto a ti nos haga pregustar nuestro futuro estar contigo en la Casa del Padre.

            (Momentos de silencio)

            Canto:

Padre, Padre, Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras, sea lo que sea,
te doy gracias, lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre, no deseo nada más,
yo te ofrezco mi alma,
y te la doy con todo el amor del que soy capaz.
Porque deseo darme, ponerme en tus manos,
sin medida, con infinita confianza, porque eres mi padre.

            (Momentos de silencio)

            3ª Lectura: Del Evangelio según San Lucas (22,1-20)

            Se acercaba la fiesta de la Pascua. Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley buscaban el modo de acabar con Jesús, pero temían al pueblo. Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce, y éste fue a tratar con los jefes de los sacerdotes y las autoridades del templo la manera de entregárselo. Ellos se alegraron y convinieron en darle dinero. Él aceptó la propuesta y andaba buscando ocasión propicia para entregárselo.

            Llegó el día de la fiesta de los ázimos, en la que debía inmolarse el cordero pascual, y Jesús envió a Pedro y a Juan diciendo: "Encargaos de prepararnos la cena de Pascua". Ellos le preguntaron: "¿Dónde quieres que la preparemos?" Les respondió: "Al entrar en la ciudad, encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidlo hasta la casa donde entre, y decid al dueño de la casa: ´El Maestro dice; ¿Dónde está la sala para celebrar la pascua con mis discípulos? Él os mostrará en el piso superior una habitación grande y con divanes; haced allí los preparativos". Ellos fueron y encontraron todo como Jesús les había dicho. Y prepararon la cena de Pascua.

            Llegada la hora, Jesús se puso a la mesa con sus discípulos. Y les dijo: "¡Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con vosotros antes de morir! Porque os digo que no la volveré a celebrar hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios".

            Tomó entonces una copa, dio gracias y dijo: "Tomad esto y repartidlo entre vosotros; pues os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios". Después tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros: haced esto en memoria mía". Y después de la cena, hizo lo mismo con la copa diciendo: "Esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros". Palabra del Señor.

            (Momentos de silencio)

            Comentario al texto:

            Tú preparaste a conciencia la cena de Pascua de aquel año, el último de tu existencia terrena. Y es que tenías planes para cuya ejecución arbitraste los medios necesarios. Entre esos planes estaba el de perpetuar tu presencia en el mundo en dos signos vertebradores de tu Iglesia, en los sacramentos de la eucaristía y el sacerdocio: dos sacramentos que se complementan, más aún, que se reclaman mutuamente, como la acción y el agente. La eucaristía es lo que hace el sacerdote, como intermediario, no por sí solo; y el sacerdocio es el que, haciendo el memorial, prolonga el sacerdocio de Cristo y actualiza su ofrenda. Y si el sacrificio redentor (incluida la pasión y muerte) fue la acción por excelencia de Cristo, la eucaristía, su actualización, es la acción por excelencia del sacerdote.

            Toda actividad sacerdotal gira en torno a la eucaristía y conduce a ella, que es conducir a Ti, presente en este modo sacramental. Por eso, porque la eucaristía denota tu presencia, una presencia mantenida en el tiempo (para ello basta que haya sacerdotes y signo, el pan y el vino que tú quisiste asociar a esa presencia), le concediste tanta importancia a esta cena, deseando ardientemente su celebración y preparándola con sumo cuidado. ¿Por qué este ardiente deseo en esos momentos en que presentías tu final, ya inminente? ¿No ardías en deseos de dejar a tus discípulos como "testamento" este memorial, esta acción que debía ser recordada y actualizada por los tuyos? Pero la actualización requiere actualizadores.

            Aquí se dan cita la eucaristía y el sacerdocio: los dones supremos de tu vida o los lugares privilegiados para hacerte presente en el corazón de tus seguidores, esto es, de los que han dado fe a tus palabras: Yo soy el pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo; mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida; quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Llegabas al término de tu vida y no querías dejarnos con tu sola palabra y nuestros recuerdos, o los de tus discípulos del momento. Quisiste dejarnos tu presencia eucarística y sacerdotal. Por eso, tomando el pan dijiste: Tomad y comed. Esto (el pan que os muestro) es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Y en tu cuerpo estás tú mismo, porque no es un cuerpo muerto, separado de su persona, del yo que lo posee como suyo.

            Es tu estar misterioso e inverificable entre nosotros; más aún, dentro de nosotros, como nuestro íntimo. De este modo, tu paso o Pascua, tu retorno al Padre, se convierte en permanencia. Tal es la función de la eucaristía: hacer posible tu permanencia en medio de nosotros. La eucaristía permite este milagro: que te quedes en medio de nosotros congregándonos en torno a ti. Tu magnetismo, como el de un imán, mantiene fuertemente unidos a todos los que entran en el campo de irradiación de esa fuerza atractiva que desprende tu presencia. Pero, para que esto suceda, será necesario evidentemente que superemos las distancias, que nos situemos en tu campo magnético.

            Haced esto en memoria mía. Hacen el memorial los que reciben tu encargo y con él la potestad para hacerlo. Tal es el encargo que diste a tus apóstoles y a sus sucesores. Porque el memorial, si quiere serlo de verdad, tendrá que actualizarse hasta el fin de los tiempos, hasta que ya no haga falta ni recordar ni actualizar porque ha cesado el tiempo y ha llegado lo eterno.

            Es verdad que tu presencia no se agota en la eucaristía y el sacerdocio. Eres demasiado grande y demasiado libre para quedar circunscrito a un sacramento o a un número limitado de sacramentos. En realidad conviertes en sacramento todo lo que tocas, o en sagrado todo lugar en el que te haces presente. Especialmente significativa, como tú mismo proclamas, es tu presencia en el enfermo, hambriento, pobre o encarcelado: especialmente significativa, porque te significas por el amor y te identificas con los que han de ser objeto predilecto de amor por razón de su necesidad. ¡Señor, que sepamos verte en todos los lugares que te significan y te representan: el pan de la eucaristía, la persona del sacerdote y la del indigente en su concreta situación de indigencia!

            (Momentos de silencio)

            Canto:

Comiendo del mismo pan, bebiendo del mismo vino,
queriendo en el mismo amor, sellamos tu alianza, Cristo.

La noche de su pasión cogió el pan entre sus manos
y dijo: "Tomad, comed, esto es mi Cuerpo entregado".

La noche de su pasión tomó el cáliz en sus manos
y dijo: "Tomad, bebed, es la Sangre que derramo".

            (Momentos de silencio)

            Preces:

            Al Señor Jesús que para perpetuar su presencia entre nosotros quiso dejarnos los preciosos dones de la Eucaristía y del sacerdocio, digámosle con confianza: Cristo, pan celestial danos la vida eterna.

            -Para que sepamos apreciar mucho más el sacramento de la Eucaristía con el que nos alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre.

            -Para que valoremos el don del sacerdocio ministerial y sepamos descubrir en tus sacerdotes tu presencia y tu amor.

            -Para que la vida de los sacerdotes que tienen como encomienda fundamental la celebración de la Eucaristía, sea reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

            -Para que tu Iglesia pueda contar siempre con suficientes y santos sacerdotes. Para que muchos niños y jóvenes escuchen tu llamada, oigan tu voz y respondan con generosidad.

            (Momentos de silencio)

            4ª Lectura: Del Evangelio según San Juan (17, 11b-26)

            Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo: "Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que lo retires del mundo. Sino que los guardes del mal. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad. Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo". Palabra del Señor.

            (Momentos de silencio)

            Comentario al texto:

            Dejarnos entrar en tu oración, Señor, es hacernos partícipes de tu intimidad. Tú no nos quieres siervos, sino amigos. Por eso nos has dado a conocer tus más íntimos deseos y sentimientos: esos que afloran en tu relación filial con el Padre. ¡Qué altruista es tu oración, Señor! Es realmente una oración sacerdotal. No pides nada para ti; sólo pides para aquellos a quienes amas de antemano, los que te han sido dados por el Padre. ¿Y qué pides? Protección frente al mal que se enseñorea del mundo: guárdalos en tu nombre, guárdalos del mal: consérvalos incontaminados, extramundanos sin sacarles del mundo, es decir, viviendo en el mundo, pero no con criterios mundanos, resistentes frente a la tentación que perdió al hijo de la perdición, la tentación de la incredulidad o del abandono teñido de traición, soportando pacientemente el odio con el que el mundo tantas veces, a lo largo de la historia, les obsequiará. Y mantenlos unidos, porque la unión fortalece; la dispersión, en cambio, debilita y nos hace demasiado vulnerables a las fuerzas contrarias.

            Pero, dado que esta fortaleza propia de mártires es imposible sin la conciencia de estar en la verdad, pides para los tuyos la consagración en la verdad, esa verdad sostenida por tu palabra. A ella hemos de acudir para no vernos apartados de la verdad; de ella hemos de aprender la verdad; con ella hemos de contrastar el conjunto de esas verdades parciales que nos muestran los múltiples saberes humanos; en ella hemos de saciar nuestra sed incontenible de verdad; con ella hemos de avanzar por el camino de la verdad aún por descubrir; en sintonía con ella hemos de vivir en verdad y rectitud. Es la autoridad de tu palabra, que no le viene simplemente (ni ante todo) de su fuerza argumental, sino más bien de su valor testimonial, del hecho de proceder del que es la Verdad. Pero esto es en primer término objeto de fe. Por eso es tan necesaria la fe y la humildad que la sustenta o la hace posible. Por eso necesitamos crecer en confianza: confiarnos enteramente a ti para que tú nos consagres en la verdad. Y así, consagrados, poder entregarnos en cuerpo y alma a ella, a su vivencia y difusión, a su experiencia y testimonio, a su profundización y afianzamiento.

            Pero no sólo ruegas por los que te han sido dados por el Padre, sino también por los que te serán dados, es decir, por los que crean en Ti por la palabra de ellos. ¿Qué valor tiene nuestra palabra si no es difusora de la fe, si no llega a crear esos vínculos de unidad que existen entre Tú y el Padre? Para que sean uno como nosotros somos uno. La unidad que está en el origen trinitario y, por tanto, en nuestro origen, será siempre una aspiración del corazón humano, del corazón hecho a imagen del Dios uno y trino. Se trata de una unidad que no destruye la pluralidad de los singulares; lo que destruye es la enemistad, el odio, el enfrentamiento, la rivalidad que hacen imposible cualquier tipo de comunidad, porque destroza los vínculos más sagrados y hace perder la conciencia de lo que nos es común por muy evidente que esto sea. Una unidad que no elimina las diferencias, al menos las que no atentan contra ella, sino que las complementa como las notas de un acorde. ¿No es esta complementariedad que brota de las diferencias de los diferentes la que proporciona riqueza y belleza a la misma unidad, que sin semejantes trazos sería monocorde o monocroma?

            Tú lo expresaste como si fuera tu más hondo deseo: que sean uno como Tú y el Padre sois uno y se mantengan unidos. Pero tu deseo, tristemente, después de veinte siglos de cristianismo, sigue sin verse hecho realidad en la historia. ¿Podrá serlo algún día? ¡Cuántas divisiones entre cristianos, entre católicos, entre miembros de la misma comunidad local! ¿Será que hemos de vivir bajo el signo maldito de la división a pesar de nuestros esfuerzos por mantener o recuperar la unidad perdida? ¿Será que sólo cabe esperarla como don de Dios? Pero el deseo del Hijo pone de manifiesto que semejante unidad está inserta en la misma voluntad del Padre. ¿Es que tenemos tanto poder para resistir al designio del amor de Dios? Sin duda, sólo el que Él nos ha querido conceder. Pero Dios ha llegado en su Hijo hasta el extremo amoroso de la muerte, hasta la donación de la propia vida, para remover este obstáculo. ¿No hemos de conceder a este amor divino más fuerza que a cualquier otra forma de desamor o ingratitud humana? Nosotros, Señor, tenemos la certeza de que algún día podremos gozar de esa unidad reconciliada en el amor que tanto anhelas para los tuyos. Pero ¿será en esta vida? Si a la eficacia de la misión le es tan necesaria la unidad (para que el mundo crea) tendríamos que poner todo nuestro empeño y súplica para que algún día, no muy lejano, se haga realidad histórica y visible, aun contando con la imperfección de toda realidad histórica.

            (Momentos de silencio)

            Canto:

Como el Padre me amó, yo os he amado;
permaneced en mi amor, permaneced en mi amor.

Si guardáis mis palabras y como hermanos os amáis,
compartiréis en abundancia el don de la fraternidad.
Si os ponéis en camino, sirviendo siempre la verdad,
fruto daréis en abundancia, mi amor se manifestará.

Como el Padre me amó, yo os he amado;
permaneced en mi amor, permaneced en mi amor.

            (Momentos de silencio)

            5ª Lectura: Del Evangelio según san Mateo (26, 33-56)

            Entonces fue Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní, y les dijo: "Sentaos aquí mientras voy a orar un poco más allá." Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo; comenzó a sentir tristeza y angustia, y les dijo: "Siento una tristeza mortal; quedaos aquí y velad conmigo." Después, avanzando un poco más, cayó rostro en tierra y estuvo así orando: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú." Volvió donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Entonces dijo a Pedro: "¿Con que no habéis podido estar en vela conmigo ni siquiera una hora? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil." Por segunda vez se alejó y volvió a orar así: "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad." Regresó y volvió a encontrarlos dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Los dejó y volvió a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Entonces volvió donde estaban los discípulos y les dijo: "¿Todavía estáis durmiendo y descansando? Ha llegado la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos. Ya está aquí el que me va a entregar." Palabra del Señor.

            (Momentos de silencio)

            Comentario al texto:

            Llegados a Getsemaní, tú te separaste de tus discípulos. Únicamente los más próximos, Pedro y los hijos de Zebedeo, se mantuvieron cerca. Necesitabas estar solo con tu Padre y tu Dios. Hay asuntos que sólo pueden afrontarse en la soledad de la conciencia: en esa soledad en la que sólo caben dos: Dios y yo. Y Dios, porque Él es más íntimo a mí que yo mismo.

            Eran momentos para la oración. Tu tristeza y tu angustia no podía compartirlas nadie en este mundo, por muy cercano que estuviese a ti. Eran sólo tuyas y de tu Padre. Sólo Él podía compartir esos momentos de dolor y de oscuridad. Por eso oras. Por eso te diriges a Él: Padre mío (tuyo como de ningún otro), si es posible que pase de mí este cáliz de amargura (un cáliz que ya estabas bebiendo); pero no como yo quiero, sino como quieres tú. Ya paladeabas el amargor de este cáliz (este vino avinagrado, este vino en el que la amargura del pecado de la humanidad se mezclaba con el dolor físico y moral que se agolpaban ya en tu mente).

            Benedicto XVI lo explica con estas palabras: «Juan expresa sin duda con ello la angustia primordial de la criatura frente a la cercanía de la muerte, pero hay todavía algo más: el estremecimiento particular de quien es la Vida misma ante el abismo de todo el poder de destrucción del mal, de lo que se opone a Dios, y que ahora se abate directamente sobre él, que ahora debe tomar de modo inmediato sobre sí, más aún, que debe acoger dentro de sí hasta el punto de llegar a ser él mismo "hecho pecado"» (p. 184). Precisamente porque eres el Hijo ves con extrema claridad todo el poder de destrucción y toda la atrocidad del mal y lo sufres con horror. Tu paladar rechaza, como es natural, una bebida tan amarga; ahora bien, si es tu Padre el que te la da a beber, ¿cómo rechazarla? Tu amor y tu obediencia a esa voluntad no te lo permiten. Estás dispuesto a saborear su amargura hasta el último sorbo, hasta el final.

            Aquí comparecen dos voluntades. Una, de manera manifiesta: la que rechaza el sufrimiento, pero está dispuesta a someterse aún a costa de su amargura; y la otra, solapada: la que presenta ese cáliz como imposible de soslayar. Y tú aceptas esta "imposibilidad" y asumes como propia esta voluntad, la del Padre, que es también tuya en cuanto Hijo consubstancial, una voluntad que va adquiriendo cada vez más relieve en los acontecimientos que se irán sucediendo de modo irrefrenable. También el emérito papa Benedicto subraya esta contraposición de voluntades, «la natural del hombre Jesús que se resiste ante el aspecto monstruoso y destructivo de aquello a lo que se enfrenta» y la otra, la del Hijo, «que se abandona totalmente a la voluntad del Padre» que, en cuanto detentor de la misma naturaleza, no puede ser distinta de la suya. Ello pone de manifiesto que tu humanidad no queda en ningún caso absorbida o reducida por tu divinidad, que puede subsistir aún sostenida por tu personalidad divina, pero también que incorporada a tu Yo filial se resuelve enteramente en el Tú relacional del Padre sin el cual tu Yo no es nada.

            Y cuando vas a buscar consuelo humano en tus discípulos, los encuentras dormidos. No han sido capaces de velar contigo ni siquiera una hora. Se ve que tu dolor no ha alcanzado a mantenerles despiertos.

            Y todavía tienes consejos para ellos: Velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba; porque aunque el espíritu está bien dispuesto, la carne es débil. Nosotros somos espíritu y carne, carne y espíritu. Por eso necesitamos de la oración y de la vela. Sólo así, vigilantes y en oración podremos hacer frente a la tentación y a la prueba, a esa tentación que es una prueba y a esa prueba que se convierte en tentación. ¡Qué mayor prueba que la tú afrontabas en esos momentos! Tu espíritu estaba enteramente dispuesto al sacrificio y tu carne inmaculada enteramente sometida al espíritu; aun así, llegó a sudar sangre en el fragor de la lucha interior.

            Nosotros aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado, quizá ni siquiera al sudor de un esfuerzo prolongado. Y muchas veces, nuestra tendencia carnal acaba prevaleciendo sobre la inclinación del espíritu. Necesitamos tu fortaleza para hacer frente al mal que se ofrece en forma de tentación o de prueba. Necesitamos tu paciencia para no responder con la espada a quienes usan espada. Necesitamos tu mansedumbre para encajar con paz los besos engañosos y traicioneros de nuestros amigos desleales. Necesitamos tu comprensión para saber disculpar los abandonos cobardes de quienes se declaraban protectores y defensores nuestros. Necesitamos tu determinación para permanecer a tu lado sin negarte, sin traicionarte, sin abandonarte, afrontando la ignominia, la persecución y el martirio por causa tuya, por amor a ti.

            (Momentos de silencio)

            Canto:

Entre tus manos está mi vida, Señor, entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir para vivir, entre tus manos yo confío mi ser.

Si el grano de trigo no muere, si no muere solo quedará; pero si muere, en abundancia dará un fruto eterno que no morirá.

Entre tus manos está mi vida, Señor, entre tus manos pongo mi existir.
Hay que morir para vivir, entre tus manos yo confío mi ser.

            (Momentos de silencio)

            Preces:

            A Cristo, nuestro Redentor, que entrega su vida por todos nosotros y nos reconcilia con el Padre, digámosle con confianza: Santifica, Señor, a tu pueblo.

            -Tú, que voluntariamente quisiste entregarte para ser nuestra salvación, haz que sepamos apreciar y acoger tu amor infinito.

            -Tú, que sufriste la soledad y la angustia en Getsemaní, ayúdanos a abrazar con prontitud y alegría todo dolor que nos sobrevenga.

            -Tú, que oraste al Padre para que te ayudase a beber el amargo cáliz de tu pasión y muerte, concédenos acudir siempre a la oración y saber aceptar la voluntad de Dios.

            -Tú, que experimentaste la debilidad de los discípulos, ten misericordia de nuestra fragilidad y doblega nuestra resistencia a admitir tus designios sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo.

            -Tú, que soportaste el abandono poniéndote en las manos del Padre, ten piedad de los pobres y abandonados, de los enfermos y de todos los que sufren en su cuerpo y en su espíritu.

            Conclusión:

            Hemos escuchado las palabras de Jesús en el Cenáculo. A través de ellas se nos ha hecho más patente el misterio de su amor y de su entrega. Terminemos esta hora santa en compañía de Jesús sacramentado dándole gracias por la Eucaristía y el Sacerdocio, y por este tiempo de oración en el que se nos ha dado a gustar su cáliz, dulce y amargo a un tiempo, y supliquémosle que derrame su gracia en favor de su Iglesia y de todos los hombres y mujeres del mundo.

            Todos:

-Gracias, Señor, por tu muerte redentora y tu resurrección vivificante.
-Gracias por la Eucaristía con que nos alimentas y nos sostienes cada día.
-Gracias por este tiempo de adoración y de intimidad que nos has concedido.
-Gracias, Señor, por todos los beneficios de que disfrutamos.
-Gracias por esta hora de comunión contigo, y por esas palabras que nos reconfortan y sanan.
-Gracias, Señor, por tu cruz, que tanto nos enseña y de tanto nos libera.
-Gracias, Señor, por tu sangre que a tantos purifica y salva.
-Gracias por tu amor desmedido y sin fronteras.
-Gracias, Señor, por la Madre que al pie del madero nos donas.
-Gracias, Señor, por olvidarte de nuestras traiciones, infidelidades e incoherencias.
-Gracias por comprender y perdonar nuestras debilidades, cansancios e inconstancias.
-Gracias por ese pan partido en la mesa de la última Cena, y porque, aun siendo Dios, te arrodillas ante nosotros y a servir nos enseñas.
-Gracias, Señor, por tu sacerdocio, que es generosidad, ofrenda y entrega, y por tus sacerdotes, que te hacen presente como Pastor y Cabeza en medio de nosotros.
-Gracias por la fe que has infundido en nuestras vidas, y por la esperanza que tu resurrección suscita.
-Gracias, Señor, por el amor que has derramado en nuestros corazones, haciéndolos germinar en frutos que esconden la misma semilla y energía.
-Gracias por esa fuerza de gravedad que nos atrae hacia ti irresistiblemente y es germen de cristiana fraternidad.
-Gracias Señor.

            Sacerdote:

            Señor Dios todopoderoso,
que para gloria tuya y salvación de los hombres
constituiste a Cristo sumo y eterno Sacerdote,
concede al pueblo cristiano,
adquirido para ti por la sangre preciosa de tu Hijo,
recibir en la eucaristía, memorial del Señor,
el fruto de la pasión y resurrección de Cristo.
Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

            Todos: Padre nuestro...

            Canto final:

Gracias, quiero darte por amarme. Gracias quiero darte yo a ti Señor.
Hoy soy feliz porque te conocí. Gracias por amarme a mí también
.

Yo quiero ser, Señor amado, como el barro en manos del alfarero.
Toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.
Toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.

Te conocí y te amé. Te pedí perdón y me escuchaste.
Si te ofendí, perdóname Señor, pues te amo y nunca te olvidaré.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Colaborador de Mercabá

 Act: 08/04/19     @semana santa         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A