.
Comentario de Lunes Santo

Jn 12, 1-11
15 de abril de 2019

            Seis días antes de la Pascua Jesús fue a visitar a sus amigos de Betania. Allí le ofrecieron una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, la otra hermana, no se había hecho aún presente. Pero en el trascurso de la cena, se presentó, quizá de manera inesperada, con un perfume de nardo, se arrodilló ante Jesús, le ungió los pies con el perfume y se los enjugó con su cabellera. Enseguida surgieron las críticas. Pero el promotor de esta censura era la persona menos indicada para ello. No obstante, Judas, que era la persona en cuestión, eleva su voz difamadora: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?

            En apariencia, Judas mostraba preocupación por los pobres; y esto parecía justificar el reproche de que se había hecho merecedora María por su acción. Tan justificada se presenta la crítica, que el evangelista se ve obligado a desmentir la verdad de lo expresado por Judas, a quien lo que en realidad importaba no eran los pobres, sino la bolsa con el dinero que la iba engordando. Pero Jesús no aprovecha para poner al descubierto las verdaderas intenciones del discípulo traidor, sino para justificar la acción de María: Déjala –le dice a Judas-: lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.

            Lo de María había sido realmente un derroche de dinero –se trataba de un perfume costoso; Judas calcula su valor monetario en trescientos denarios-, pero semejante derroche escondía un profundo e intenso amor. Al parecer, por lo que destapa Jesús, María lo tenía guardado para el día de su sepultura; pero quizá, no pudiendo esperar a ese día que sospecha ya próximo, decide anticiparse y hacer uso de él en esta ocasión. Jesús valora el gesto por lo que expresa, esto es, por el profundo amor que lo motiva. Y el amor que está en la raíz de este gesto, seguirá dando vida a todos los actos de generosidad que broten de las manos de esta mujer enamorada. Es cierto; a los pobres siempre los tendremos con nosotros para salir a su encuentro e intentar remediar sus carencias; pero a Jesucristo no le quedaba mucho tiempo de vida. Eran sus últimos días y él estaba dispuesto a agradecer todos los gestos de amor venidos de sus amigos. Desaparecido él, siempre seguirían quedando pobres para poder ejercer nuestra caridad.

            Lo importante es ser generosos; porque las ocasiones para actuar la generosidad no faltarán, como tampoco faltarán las personas con las que ejercerla. María lo era, al menos con Jesús, a quien amaba. Por él estaría también dispuesta a serlo con todos esos pobres con los que el mismo Jesús se identifica, sobre todo cuando éste dejara de estar sensiblemente presente en este mundo; porque es entonces cuando puede hacer de los necesitados (hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados) el sacramento (= signo sensible) de su presencia (espiritual). Ahora que Jesús no necesita ya de nuestras atenciones materiales es cuando se nos pide que nos ocupemos de esos pobres a los que podría socorrerse con los trescientos denarios del perfume de nardo. Porque pasarán las generaciones y aumentará la riqueza de los pueblos o la renta per capita; pero nunca dejará de haber pobres a los que socorrer; y si no lo son de dinero, lo serán de salud, o de afecto, o de compañía, o de cultura, o de honra, o de vínculos familiares, o de gracia divina; pobres, en suma.

            Y a la decisión de dar muerte a Jesús, se une ahora la de dar muerte también a Lázaro, el resucitado de entre los muertos; porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús. El que deja penetrar en su corazón el deseo homicida, ya no repara en la cantidad. El número no parece contar demasiado. Es lo que nos suele suceder con el pecado y la acumulación de actos pecaminosos, que una vez emprendida una senda de maldad, de fraude o de injusticia, no parece importar mucho la repetición de actos que van pavimentando ese camino.

            Jesús, como nosotros, no fue insensible a los gestos de amor de sus amigos; no lo seamos tampoco a las expresiones de amor que vemos a nuestro alrededor y que están justificadas por el mismo amor que las inspira. Ese amor, si es auténtico, no se detendrá en los amigos, ni en los familiares; alcanzará a otros muchos, porque el amor es difusivo de sí mismo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 15/04/19     @semana santa         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A