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Comentario de Miércoles Santo

Mt 26, 14-25
17 de abril de 2019

            La versión de Mateo añade algún detalle narrativo, pero no difiere en esencia de la de Juan. Nos informa de que Judas Iscariote, uno de los Doce, antes de reunirse con los demás en la última cena, fue a ver a los sumos sacerdotes para proponerles el precio de la traición: ¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Quiere sacar el mayor rendimiento posible de su acto de entrega. Aquí se funden la deslealtad y la codicia. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y tras lo convenido, sólo quedaba buscar la ocasión más propicia para el arresto, procurando evitar tumultos o alteraciones del orden público. Pero la ocasión se la iba a proporcionar el mismo Jesús retirándose con sus discípulos al huerto de Getsemaní.

            Jesús presiente que su momento está cerca y se dispone a celebrar su última Cena pascual con el grupo de los Doce. Con este fin da instrucciones a sus discípulos para que preparen la cena. Y al atardecer se puso a la mesa con los Doce. En el trascurso de la misma Jesús ya no puede contenerse y confiesa que uno de ellos está a punto de entregarle a los que le buscan para matarle. Aturdidos y consternados, aquellos discípulos, quizá conscientes de sus propios miedos, preguntan: ¿Soy yo acaso, Señor? Parecen desconfiar hasta de sí mismos. Y él les da una señal: El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. Y añade a continuación: El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, más le valdría no haber nacido.

            Son palabras proféticas que anuncian graves consecuencias: el traidor consumará su traición; el Hijo del hombre será realmente entregado a la muerte; pero más le valdría no haber nacido al traidor. Y así fue; tanto le pesó la vida –por razón de la culpa- que decidió quitársela. Es la triste historia de un elegido para formar parte del grupo de los íntimos de Jesús que, tras haber respondido a su llamada, no supo mantenerse fiel, porque se dejó arrastrar por sus ambiciones y codicias y se hundió en el desafecto más ingrato y desconsiderado.

            Judas no es un caso único en la historia de la humanidad. Cuántas personas se muestran desleales con sus bienhechores y amigos. ¡Cuántos olvidos del bien recibido! ¡Cuántas traiciones, ruindades, desafectos hacia los padres, los educadores, los amigos, la Iglesia! ¡Cuántas negaciones y apostasías silenciosas o ruidosas! ¡Y qué halo de tristeza dejan en el ambiente familiar o social! Pero el pecado deja siempre su marca –y su cicatriz- en el corazón humano; y hay culpas que pesan tanto que son intolerables. Se trata de heridas que sólo las lágrimas del arrepentimiento y la esperanza en la misericordia divina pueden aliviar y curar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 17/04/19    @semana santa         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A