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Comentario, Vigilia de Resurrección

Lc 24, 1-12
20 de abril de 2019

           Nuestra celebración pascual es una firme profesión de fe en la vida: la vida que surge de la nada en los albores de la creación y la vida que resurge de la muerte en el momento de la resurrección, una vida que nos remite al que es su origen y fuente, al Dios creador y al Dios recreador. Porque la vida que nos es dado vivir no es autosuficiente, ni el fruto casual de unas conexiones moleculares y lumínicas o fotovoltaicas. La vida no es un hecho azaroso en un universo igualmente azaroso. En el principio de todo está la Razón creadora y planificadora, no el absurdo ni la casualidad. En el principio de todo no está la luz, sino el Creador de la luz. En el principio de la vida no está el agua, sino el Creador de las aguas. Sólo así, en cuanto creadas, la luz y el agua pueden producir vida.

           Y, puesto que en el principio está el Dios de la vida, puede haber vida donde todavía no había nada o donde ya sólo queda muerte. Todo depende de la voluntad y el poder de este Dios que ha decidido crear seres capaces de conocerle y de amarle, seres capaces de reconocerle y de dejarse amar por él.

           En esta noche luminosa en que se nos hace tan claro que dependemos enteramente de esta Razón creadora y recreadora que nos da a compartir su vida no sólo en este mundo, sino en el más allá de la muerte, todo nos invita a la alegría y al gozo. Es noche, pero noche de amaneceres, de condenas rotas, de losas descorridas, de ascensiones victoriosas, noche preñada de luz y de vida: una vida tan pujante que no hay barrotes ni sepulcro que la puedan contener o retener. Sabemos de dónde viene su potencia: de la palabra de Dios que dice: Hágase. Y se hizo la luz, y se hizo la vida encerrada en la muerte. Es la palabra poderosa que brota de la voluntad de esta Razón primigenia que da existencia y sentido a todo cuanto existe.

           Una luz realmente dichosa para todos aquellos que se dejan iluminar por esta luz. Gocémonos con la tierra inundada de tanta claridad. Es la claridad de la Pascua, la claridad aportada por aquel que es realmente Luz del mundo, y como luz se ha hecho presente en nuestro mundo para iluminarnos y darnos vida. Él es nuestro Salvador: el que ha venido de parte de ese Dios para enseñarnos el camino que conduce a la vida, a esa vida que nos está reservada y que la muerte no nos permite alcanzar sino pasando por la resurrección. La luz no sólo ilumina para ver por dónde ir; también proporciona vida, aunque no sin otros elementos en los que actuar como la tierra y el agua. Tanto la luz como el agua están muy presentes en nuestra celebración. Ambos simbolizan la vida que germina en nuestra tierra, es decir, en nuestra carne: carne iluminada, carne bautizada, carne llamada a la resurrección y a la gloria. Porque ¿de qué nos serviría haber nacido para vivir una vida tan precaria como la que se nos concede vivir en este mundo? ¿No quedarían frustrados muchos de nuestros anhelos y proyectos? Nos resistimos a morir porque Dios ha puesto en nosotros un anhelo de vida eterna, un deseo incontenible de vida que parece tener reflejo incluso en nuestros genes ansiosos de inmortalizarse.

           La resurrección de Jesús, mortal como nosotros, más aún, muerto y sepultado, permite creer en nuestra resurrección. Alguien de nuestro linaje ha recuperado la vida después de muerto, o mejor, ha alcanzado, tras la muerte, una vida desde la que le es posible dar muestras de que está vivo, puesto que puede compartir algunas operaciones con los todavía vivientes en este mundo. Es la vida de un resucitado y no simplemente de un revivido o reanimado. La vida de un reanimado sigue siendo mortal, la del resucitado, no, pues ha vencido a la muerte para siempre. Sólo esta vida merece ser objeto de nuestra aspiración. Sólo el logro de esta vida supone un verdadero triunfo. Los triunfos de la medicina venciendo ciertas enfermedades, retrasando unos años más la muerte, haciendo de ella un trance menos doloroso, son triunfos parciales, pero en último término insuficientes. No sacian nuestra sed de inmortalidad.

           No busquéis entre los muertos al que vive, les dijeron aquellos hombres de vestidos refulgentes a las mujeres que acudieron al sepulcro atraídas por el cadáver de Jesús. No está aquí. Ha resucitado. Está vivo, aunque en otra dimensión. La muerte no ha sido capaz de retener su carne en el reino de lo inorgánico y de lo corruptible, porque su carne es la carne del Verbo y está transida por el Espíritu de Dios; y no hay nada que pueda oponer resistencia al Espíritu de Dios, ni siquiera la nada del principio, cuando no había siquiera luz fuera de Dios, mucho menos la noche transitoria de la muerte.

           Confiemos en la palabra de Dios, confiemos en su poder, confiemos en la razón que Dios ha puesto en las cosas. Todo depende de esta voluntad creadora y salvífica. Y alegrémonos de no estar solos y desvalidos en el mundo; alegrémonos de tener Dios, y un Dios que nos ha hecho para él y para compartir vida con él. Dejemos que la luz recibida en nuestro bautismo (y que hace de nosotros "iluminados") siga generando vida en nosotros: la vida esplendorosa de la Resurrección.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 20/04/19     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A