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Comentario de Viernes Santo

Jn 18, 1-19
19 de abril de 2019

           El relato de la Pasión ocupa un lugar central en la celebración del Viernes Santo. Es la relación de los acontecimientos, de lo que sobrevino a aquel que fue llevado a la cruz. El momento culminante de esta Pasión es la crucifixión. En ella alcanza su cenit el drama histórico aquí representado, que es el drama de Jesús, pero también de la humanidad, puesto que Jesús nos representa (en cuanto hombre) y nos sustituye, y nosotros intervenimos en él con nuestro pecado. Una simple frase resume este protagonismo: Jesús murió por nosotros, esto es, por causa nuestra, en lugar nuestro y en nuestro favor. Sólo reconociendo en el Crucificado a nuestro Salvador, podemos adorar la cruz, hacer de este instrumento de tortura de malhechores y esclavos objeto de adoración. Este cambio sólo se explica por la presencia del Salvador (el Crucificado) en él. Se ha producido una suerte de santificación (y transformación) de un objeto no simplemente neutro, sino ignominioso, infamante; porque eso exactamente sucede con la cruz.

           No se trata, por tanto, de la pasión de un hombre cualquiera. De haber sido así, no habría tenido la trascendencia que tuvo, no habría quedado plasmada siquiera en este relato que se lee todos los años en nuestras iglesias y se escenifica en nuestras plazas y teatros. ¡Cuántos crucificados había habido antes y siguió habiendo después que no pasaron a la historia como pasó éste! El paciente y actor de esta Pasión, el reo sometido a juicio –un juicio con nocturnidad y alevosía-, condena y tortura, el varón de dolores, el llevado como un cordero al matadero… es nada menos que el Hijo de Dios hecho hombre, tan hecho hombre que se le confundió con un simple hombre –aunque no necesariamente con un hombre cualquiera-. De haberse sabido delante de Dios, aquellos jueces y soldados no se hubiesen atrevido a hacer lo que hicieron con él: juicio indigno y humillante, burlas, golpes, bofetadas, desprecios, indiferencias, et. Pero ellos, en las pretensiones de Jesús, no vieron más que arrogancia blasfema y manifiesta impostura, y en su extrema familiaridad con Dios -reflejada en su filial Abba-, falta de respeto. Sus prejuicios y su obstinación les impidieron ver la verdad que se les manifestaba, les impidieron ver en él al enviado de Dios.

           Él era realmente el Hijo de Dios en carne humana. Esto y sólo esto confiere relieve a su Pasión, haciendo de ella algo absolutamente singular. Porque la singularidad de esta Pasión no está en los sufrimientos padecidos por el paciente de la misma. Y fueron muchos y muy dolorosos los sufrimientos corporales provocados por los azotes que flagelaron su cuerpo, por la corona de espinas incrustada en sus sienes y en su cabeza o por los golpes que multiplicaban el punzamiento de las espinas o el desgarro de las heridas, por los clavos abriéndose paso en la carne, por la sed ardiente producida por la abundante pérdida de sangre o la asfixia de un cuerpo colgado que no podía ya enderezarse para tomar aire en los pulmones, por la fiebre y el delirio provocado por la misma.

           Tampoco está la singularidad de esta Pasión en los múltiples sufrimientos psíquicos soportados por Jesús, sufrimientos como el causado por la traición de un amigo y discípulo como Judas, o por el abandono de los demás, incapaces de salir en su defensa, o por el dolor de ver a una madre destrozada, o por la experiencia del rechazo de ese pueblo que antes le aclamaba, hasta el punto de querer convertirle en su rey, y ahora prefiere el indulto de un asesino como Barrabás, o por el desprecio y la indiferencia llegados de todas partes, por esa poderosa sensación de fracaso que en esos momentos parecía imponérsele sin remisión. Realmente se cumplían las palabras evangélicas: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. ¿No era esto doloroso? Sí, y mucho. Pero otros hombres también pasaron por pruebas similares.

           Lo extraordinario y singular de esta Pasión no está en aquello en lo que consiste, sino en el sujeto que la padece. Tras él se esconde el por qué y el para qué de esta Pasión.

           Se trata de la pasión de alguien que ha tenido que humillarse (=hacerse tierra) hasta nosotros (=seres terrestres) para padecer. Sin carne humana, sin ser humano, no son posibles ni los sufrimientos corporales, ni los psíquicos. Para padecer los sufrimientos del hombre, sujeto al pecado y a la muerte, es preciso ser hombre. Sólo en cuanto hombre, el Hijo de Dios podía propiamente com-padecer con nosotros, ser probado en todo como nosotros, enseñarnos con su propio ejemplo cómo afrontar el sufrimiento, enseñarnos a morir y a aprender en semejante situación de muerte la obediencia; porque ¿qué otra cosa es la obediencia que esto: aprender a morir? Puesto que nuestro Creador nos exige la muerte, obedecer ya no puede consistir sino en aprender a morir, aunque esto requiera el tiempo de toda una vida.

           Del mismo Hijo (de Jesús) se nos dice que aprendió sufriendo a obedecer, y eso que era el Hijo, es decir, a aceptar la voluntad del Padre: No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. Y eso aun teniendo tan claro que no había venido a este mundo para otra cosa que para hacer la voluntad del Padre. A pesar de eso, tuvo que aprender, también él, sufriendo a obedecer, es decir, tuvo que aprender a morir. Y así es como el Hijo obediente se convierte en autor de salvación eterna para todos los que aprenden obediencia en el sufrimiento.

           Luego el sufrimiento por el que pasa y pasará todo ser humano, mientras viva en este mundo –y ello a pesar de los muchos avances de la ciencia-, se convierte así en el instrumento más universal de salvación. Sufrir ya no es algo inútil y absurdo. Tiene una razón de ser que ha puesto al descubierto Jesucristo con su Pasión, y es la de ser escuela de obediencia y medio de salvación. Con nuestros sufrimientos completamos lo que falta a la Pasión de Cristo; pues en el sufrimiento aprendemos a ser obedientes a la voluntad de Dios, a madurar como personas y como cristianos, a amar desde el despojamiento de nosotros mismos, a acoger misteriosos dones de procedencia divina; aprendemos a dejar esta vida y a esperar la nueva vida que Dios quiere darnos: aprendemos a confiar en Dios y en su promesa de vida.

           Desde que Cristo asumió nuestros sufrimientos, el sufrimiento humano ha pasado a ser el mejor modo de trabajar con Cristo por la redención del mundo, incluida la nuestra propia. Es el inmenso campo de trabajo que se ofrece a enfermos, minusválidos, impedidos, ancianos, etc. Aquí se halla el trabajo más útil para la humanidad: el más productivo, pues no produce coches, alimentos o medicinas, pero produce salvación, y no hay nada más productivo, porque no hay bien más preciado que éste que da vida eterna.

           Hoy nos acercamos a la cruz para adorarla. La adoramos porque en ella reconocemos al Salvador, la salvación que en ella estuvo clavada. Mirémosla no con compasión, ni con orgullo simplemente –como si se tratara de un trofeo de guerra o de caza-, sino con gratitud. No es tiempo de compadecernos de él, sino más bien de que él se compadezca de nosotros; es más bien tiempo de agradecer el gran amor de que hemos sido objeto por parte de Dios, y de prolongar su mirada compasiva hacia todas esas personas que están en situación de sufrimiento, ya sea culpable o inculpablemente; en cualquier caso, llevando su cruz. Sólo la mirada del que muere perdonando y suplicando el perdón para sus verdugos puede sanar nuestras heridas, curar nuestros odios y desactivar nuestros resentimientos y deseos de venganza. Que cuando nos acerquemos a la cruz digamos: "Gracias, Señor, por el don inmerecido de tu vida".

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 19/04/19     @semana santa         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A