10 de Agosto

San Lorenzo de Roma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 agosto 2026

Meditación

         Os aseguro, nos dice hoy Jesús en el evangelio, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. La observación es muy pertinente, pues puede aplicarse al tránsito por la muerte de cualquier vida llamada a perpetuarse o multiplicarse.

         La muerte del grano enterrado (= sembrado) no es una muerte aniquiladora que reduce al grano a la condición de materia inerte, sino que es más bien una muerte transformante que, si bien implica una cierta destrucción, para nada arrebata al grano su capacidad germinadora (porque a través del proceso mortal renace con una pujanza mayor), a forma de una vida (del grano) multiplicada (en la espiga). El grano muerto no ha quedado infecundo, sino que se ha multiplicado en la espiga, la cual concentra una vida más abundante.

         La metáfora permite pensar en la fecundidad de las vidas entregadas hasta el extremo de la muerte (vidas martiriales), y en la resurrección o metamorfosis de esas vidas que, pasando por la muerte, alcanzan una vitalidad infinitamente superior a la que tenían antes de ser enterradas. Es la vitalidad de lo imperecedero o eterno.

         Jesús mismo interpretó su vida mortal a la luz de esta metáfora: la vida de un grano de trigo que tiene que caer en tierra y morir para dar fruto, pues de lo contrario quedaría infecundo. Su encarnación ya fue un "caer en la tierra" y una "tierra mortal", y su singular estilo de vida le llevó más rápidamente a ese momento (al momento del enterramiento y de la fecundidad) una fecundidad que brota de la muerte.

         Lo que hace fecunda la muerte de Cristo es que es la muerte de una vida entregada que es, a su vez, vida del Redentor. Esta vida hace de su muerte una muerte redentora, con una fecundidad que no se reduce a la vida del Resucitado sino que alcanza a la vida de cuantos resucitan con él, a esos "otros cristos" (= cristianos) que han renacido con el Hijo en el bautismo.

         Tales son los que se ven reflejados en los múltiples granos que penden de la espiga renacida. La fecundidad de este grano enterrado que es el Crucificado y sepultado se hace realidad histórica en esa Iglesia (de la que nosotros formamos parte), nacida de su costado a impulsos del Espíritu del Resucitado de entre los muertos.

         La muerte de Cristo es, por tanto, tan fecunda como la de ese grano de trigo caído en tierra. Por analogía, cualquier vida entregada por amor hasta la muerte debe ser una vida fecunda, como lo ha sido la de tantos hombres y mujeres que han dado su vida por una causa justa o benéfica para la humanidad.

         La frase que sigue nos permite interpretar la muerte fecunda del grano de trigo como un acto de desapropiación. Lo explica el propio Jesús: El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna.

         Si el grano de trigo no se dejase sembrar por conservar su integridad, quedaría infecundo y no daría fruto. La fructificación implica, pues, un "morir a sí mismo", una renuncia sin la cual aquella no se produciría. He aquí el acto de desapropiación o entrega voluntaria.

         Es lo que Jesús llama aborrecerse a sí mismo en este mundo: un morir para vivir, un paradójico movimiento que lleva a morir a nosotros mismos (abnegación) para que Cristo viva en nosotros y se potencie nuestra capacidad de fructificar. Morir a nosotros mismos es mortificar gustos, deseos, proyectos y voluntad, para acoger la voluntad de Dios. Es guardarnos para Dios y para la vida con la que él quiere recompensarnos.

         Pero hay más, porque a modo de colofón, Jesús agrega: El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor, a quien me sirva, el Padre lo premiará.

         El servicio de Cristo es siempre voluntario, pues le sirve quien quiere. Pero el que quiera realmente servirle tiene que seguirle y estar donde esté él: a su lado y de su parte. Ello implica no sólo estar con él, sino estar con todo lo que él representa en la actualidad: cosas y personas.

         Por eso, estar dónde está él hoy es estar con su Iglesia, y ello a pesar de los muchos pecados de los que formamos parte de ella, a pesar de los escándalos, las cobardías y los extravíos que han tenido y tienen por protagonistas a muchos de sus dirigentes.

         Servirle hoy es sobre todo servirle en sus hermanos más necesitados, en esos pequeños, hambrientos, enfermos, encarcelados, marginados, pecadores y faltos de fe, en los que él se hace especialmente presente. Por supuesto, dicho servicio no quedará sin recompensa, como él mismo asegura: A quien me sirva, mi Padre lo premiará. No hay mejor pagador que Dios, pues nadie sabe corresponder como él.

 Act: 10/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A