24 de Agosto
San Bartolomé Apóstol
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 24 agosto 2026
Meditación
El relato de hoy de Juan nos refiere uno de esos encuentros de Jesús de los que tanto abunda el evangelio. Se trata del encuentro de Jesús con Natanael (un israelita de verdad), uno de esos encuentros propiciados por los contactos de unos y de otros y las invitaciones a conocer al desconocido Jesús.
El intermediario de este encuentro es Felipe, quien pone en contacto a Natanael con Jesús ofreciéndole su propio testimonio y la experiencia personal que él ha tenido, en su seguimiento de Jesús: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret.
Se trata de un personaje anunciado y esperable, pues de él habían hablado personas de palabra tan autorizada como Moisés y los profetas. Su nombre es Jesús, hijo de José y vecino de Nazaret.
Las señas con las que Felipe identifica a Jesús le hacen reaccionar de inmediato a Natanael, con la sinceridad que le caracteriza: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Galilea es tierra de gentiles, y Nazaret una localidad de Galilea. Y Natanael no piensa que de Nazaret pueda salir ningún profeta estimable. Ante la réplica de su interlocutor, Felipe se limita a decir: Ven y verás. Ven tú mismo, y podrás comprobar por propia experiencia la valía del personaje; tú mismo podrás desengañarte.
Se trata de una invitación a dejar atrás los prejuicios, y a formarse por contacto directo su propia opinión del nazareno. Cuando Jesús le ve acercarse le dedica palabras elogiosas que denotan una alta estima del mismo: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Así es descrito Natanael por Jesús, como una persona íntegra y cabal.
El así retratado se queda perplejo, pero no sin palabras: ¿De qué me conoces? ¿Quién te ha informado de mí para hacer semejante afirmación? Y Jesús le ofrece una pequeña indicación espacial para hacerle ver que sabe de él mucho más de lo que supone: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
Aquella simple indicación, que revelaba dotes adivinatorias o una visión de más largo alcance, desarmó al bueno de Natanael, derrumbando todas sus precauciones y prevenciones.
La reacción de Natanael nos parece incluso excesiva, con una confesión de fe similar a la de Pedro en el camino de Cesarea, y casi de inspiración divina: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel. De hecho, al mismo Jesús le parece desproporcionada la reacción de Natanael: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.
Demasiado poco para tanta fe, pero ya tendrá ocasión de ver cosas mucho más grandes, que contribuirán al sostenimiento de su fe. Aunque lo que se ve no es objeto de fe, la fe parece necesitar el apoyo del ver. Por lo que vemos, llegamos a creer en lo que no vemos. Es lo que Jesús anuncia, para abrirle la fe: Veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.
Es decir, Jesús alude a una visión extraordinaria de fe, a semejanza de las visiones místicas en que la visión y la fe prácticamente se identifican, y en las que uno acaba viendo aquello en lo que cree. De hecho, tanto el cielo como los ángeles son de ordinario invisibles, aunque pueden hacerse visibles en un momento concreto de elevación o de éxtasis.
Aquel encuentro supuso en la vida de Natanael un hito y un cambio de rumbo de consecuencias duraderas. El encuentro pasó a ser relación discipular, y la relación le transformó en apóstol y en mártir. De ser un israelita de verdad se convirtió en un apóstol de Jesucristo de verdad. Siendo de verdad se encontró con la Verdad de la que se convirtió en testigo. Ojalá que a nosotros nos suceda, o nos haya sucedido, algo parecido.
Act:
24/08/26
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