25 de Diciembre
Misa de Nochebuena
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 diciembre 2026
Meditación
Hoy es una de esas noches que la tradición cristiana llama santas, una noche iluminada por el acontecimiento que se celebra, hasta el punto que no la deberíamos dormir, hasta el punto de hacer de ella día, tiempo de vigilia. Y lo que se celebra en este día es la natividad, el nacimiento de Cristo Jesús, a quien reconocemos como nuestro Salvador.
Sin esta referencia a Cristo no hay verdadera navidad. Habrá fiesta de invierno o fiesta familiar, o fiesta que quiere revivir ocultos anhelos, siempre incumplidos, de paz y de armonía que laten en el corazón humano, pero no navidad. Porque si navidad no dijese natividad, se habría desvirtuado el sentido de la palabra y de la fiesta. Pero si el léxico se desconecta de la realidad significada acaba convirtiéndose en algo inservible y, por consiguiente, llamado a desaparecer.
Éste es, pues, el acontecimiento que ilumina esta noche. Las luces de nuestras calles y plazas, incluso las de nuestros belenes, son sólo el reflejo de esa luz que brota del acontecimiento celebrado. Porque la navidad, antes que celebración, es acontecimiento: algo sucedido hace 21 siglos en una pequeña localidad de Judea llamada Belén, en la provincia romana de Siria, siendo Augusto máxima autoridad imperial y Cirino gobernador de esa provincia.
Fue allí, por tanto, en esa pequeña localidad judía del Imperio Romano, donde le llegó a María, la elegida de Dios para ser madre de su Hijo, el tiempo del parto de su hijo primogénito.
El suceso que consideramos es un parto, un nacimiento. Pero ¿en qué radica la importancia de este nacimiento? No en las circunstancias de lugar y tiempo, aun siendo éstas singulares (tuvo por madre una virgen y por cuna un pesebre), sino en que el que ve la luz en este parto es alguien muy singular. Porque, como anuncia el ángel a los pastores, el que en este día nace en la ciudad de David es el Salvador del mundo, el Mesías, el Señor. Es el
nacido el que da importancia al nacimiento.Pero el Mesías y el Señor era entonces sólo un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. En este niño tan necesitado de protección y de afecto tenían que reconocer, y tenemos que seguir reconociendo, al Salvador, pues él es la señal dada de antemano por el mismo Dios.
De este niño se predica no sólo lo que es, sino lo que habrá de ser en el futuro: quebrantador de opresiones, portador de un principado, Dios guerrero, Padre perpetuo, príncipe de la paz
.Son todos títulos que aluden a la eficacia de su acción salvífica, una eficacia que depende de su ser poderoso (es Dios, es príncipe, es Padre) y de su obrar misericordioso (unas veces quebrantando opresiones, otras imponiendo un principado). A veces haciendo la guerra a enemigos y malvados o corrigiendo la maldad de los enemigos, siempre reproduciendo en el mundo la paternidad perpetua de Dios, y finalmente trayendo un reinado de paz que reconcilia pueblos, familias y personas
.De él se dice que instaurará una paz sin límites (ni nacionales, ni raciales, ni generacionales, ni de sexo, ni personales, ni siquiera de circunscripción religiosa, ni exteriores, ni interiores) sobre los pilares de la justicia y el derecho.
Aportar paz en un mundo aquejado por el pecado, que es el gran factor de división, ya que del egoísmo proceden las divisiones y los conflictos, es ya mucho, tiene una importancia excepcional. Esta paz es ya un fruto de salvación. Porque para gozar de esta paz tiene que disminuir el pecado que divide y engendra violencia hasta en el interior de la persona. Ahí es donde se acumula la agresividad y comienza la violencia.
Quizá
s por eso, la fuerza de salvación de Dios, siendo tan poderosa por ser de Dios, se haya manifestado por el camino del amor que acaba en la cruz, víctima de la violencia del pecado. Pero no es el amor el que sale derrotado en esta batalla, en la que su portador es llevado a la cruz. El amor sale victorioso en su confrontación con el odio precisamente en ese instante en que el que odia da muerte al que ama, pero no puede dar muerte al amor del que muere amando, esto es, pidiendo el perdón para sus enemigos.Ese amor no puede morir; por eso, acaba reproduciéndose en todos aquellos en los que se ha sembrado. Es la fuerza invencible del amor (humano-divino) que atrae voluntades, que gana corazones, que empuja a heroicidades y actos de entrega extremos
. Una fuerza que sigue una senda de persuasión, no de imposición; que no destruye, sino que gana voluntades. Por eso, esta paz sin límites (que trae el Salvador) estará ahí como una oferta permanente para las voluntades rebeldes que se niegan a aceptarla como don.San Pablo acentúa el carácter gratuito de este don, cuando presenta la aparición de Jesucristo en el mundo como aparición de la gracia de Dios. Y la gracia es esencialmente eso:
un don. La gracia es la condonación de una deuda o de una condena, es el perdón sin contrapartida, es regalo inmerecido. Pues bien, eso es Jesucristo: el don de Dios a la humanidad.Pero ya se sabe que lo que se dona y no es aceptado no acaba de ser don para aquellos que lo rechazan. La salvación, como la salud, tiene que ser acogida con la medicina que la proporciona o el tratamiento que la procura. No se pueden separar el resultado a obtener (la salud) y el tratamiento a aplicar (la medicina o la dieta), el fin y los medios.
Del que nos trae la salvación, nos dice
San Pablo, hay que aprender a renunciar a una vida sin religión (sin referencia a Dios) y a una religión sin vida. Se trata, pues, de vivir una vida con religión, una vida referida a Dios en todo lo que vive (en sus prácticas, en sus actitudes, en sus proyectos, en sus aspiraciones...).Se trata de vivir, pues, en lucha contra los deseos mundanos que poco tienen que ver con Dios y con el amor de Dios, que es el que tiene que movernos. De llevar una vida sobria y honrada; y una vida esperanzada que está pendiente de esa promesa de salvación que seguirá siendo promesa mientras no hayan sido vencidos todos los impedimentos (que impiden el logro o consecución de esa dicha completa que esperamos).
La muerte es siempre una frontera
y un límite insoslayable. Y esta condición nuestra (mortal) hace que toda oferta de salvación para este mundo, que venga a proporcionarnos un mayor bienestar en él, resulte radicalmente insuficiente. Al final, por mucho que sea el bienestar de que disfrutemos (o el malestar que suframos) en esta vida, nos encontraremos con la muerte. Y la muerte significa el cese de semejante situación de bienestar o malestar.Por eso lo que nosotros necesitamos es una salvación que mantenga vivo nuestro deseo de vida más allá de la muerte, nuestro deseo de eternidad. Y esta salvación sólo puede proporcionarla Dios, el único que tiene dominio sobre la muerte.
De ahí que aguardar con paciencia la otra aparición, la gloriosa, sea vivir en la aspiración a la plenitud de la salvación y vivir de la promesa del Salvador que se hizo presente en la
navidad como hombre entre los hombres, como hombre mortal, pero hombre que venció en sí mismo al pecado y a la muerte.Este debe ser el motivo central de nuestro gozo en la
navidad: la presencia del Salvador que ya ha empezado a actuar su salvación en nosotros. Los demás motivos (alegría familiar, fiesta, alumbramientos, endulzamientos, villancicos, escenificaciones, vacaciones...) deberían estar asociados o derivar de aquel, que es el motivo constituyente de la navidad.
Misa de Navidad
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 diciembre
2026
Leemos hoy en el evangelio que la Palabra que existía en el principio, y era Dios, se hizo carne. Así resume el evangelista Juan el misterio de la navidad, que es el misterio de la encarnación. Se trata de la Palabra que estaba en el principio junto a Dios: un principio absoluto. Todo lo que existe, el universo entero, se funda en ella, pues todo se hizo por medio de ella. Es la Palabra creadora, la que dice hágase donde no hay nada, y se hace, y surge el ser designado por ella.
Pero es evidente que toda palabra supone una inteligencia, pues es de la inteligencia de donde brotan los significados, y la palabra es signo (significante) contenedor de un significado. También la proto-palabra, la que crea, ordena, planifica y supone la Inteligencia creadora, ordenadora y planificadora. De ella habla ya el orden del mundo (hasta los desórdenes que apreciamos en él se inscriben dentro de un orden), su racionalidad, su legalidad y su matemática.
En el mundo hay leyes, porque hay un orden, pues si todo fuera caótico ni siquiera habría mundo (= cosmos), y mucho menos leyes naturales. Y todo orden nos remite a una Inteligencia ordenadora, que no es la del hombre, porque el mismo hombre es fruto de ese orden y esa planificación que sólo a Dios puede pertenecer. Por eso, en el principio absoluto sólo puede estar Dios, con su palabra y su voluntad; porque si la Palabra de Dios comienza a ejecutar un plan creador y salvífico es porque Dios así lo ha querido.
Luego nuestro Dios, el que proclama Juan situándolo en el principio, es un Dios que tiene palabra y palabra poderosa, con poder para crear este universo tan inabarcable que los hombres nos esforzamos en escrutar sin conseguirlo del todo. Y porque tiene palabra puede hablar y comunicarse, incluso con sus inferiores. ¿Y por qué no va a poder comunicarse con sus criaturas el Dios creador de las mismas?
Él nos ha hecho a su imagen y semejanza para poder comunicarse con nosotros, y por medio de esta comunicación hacernos partícipes de sus dones a nuestra manera. Esto es, al modo racional y libre del que estamos hechos.
De muchas maneras (nos dice Hebreos) habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Desde que el hombre es hombre, Dios habla (o mejor, le habla, pues su hablar tiene al hombre por destinatario), como antiguamente hizo por medio de los profetas, su medio humano privilegiado. Se trata de los elegidos, de ordinario insertos en una tradición profética que ellos mismos prolongan. Luego Dios habla en una palabra humana, por medio de esa palabra pronunciada por hombres escogidos.
Sin embargo, ahí no acaba el hablar de Dios, pues en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo. Él es, en cuanto encarnado, su mejor manera de hablar, porque es la misma Palabra que existía en el principio, que estaba junto a Dios y que era Dios.
¿Y quién mejor para hablarnos de Dios y de lo que Dios quiere de nosotros que el mismo Dios en condición humana? Porque el Hijo por el que nos ha hablado últimamente no es otro que el Verbo de Dios hecho carne, el nacido de María, el niño de Belén, el Jesús de Nazaret. De este Hijo, que nos ha nacido en Belén, se dice que es reflejo de la gloria de Dios, impronta de su ser, porque tal humanidad refleja la gloria misma de Dios, dado que es el mismo Dios hecho hombre.
Este es el misterio de la encarnación y de la navidad, lo que distingue al cristianismo de cualquier otra religión. Aquí el hablar de Dios no es sólo comunicación, sino auto-comunicación. El que habla es el mismo Dios, aunque no al margen de la carne (la mediación carnal sigue estando presente en la actuación del Encarnado). Y al hablar se está dando a sí mismo.
En las palabras y acciones de Jesús de Nazaret se está haciendo presente (el que me ve a mí, ve al Padre), y nos está hablando, el mismo Dios. Su palabra es vida de Dios, y su vida es palabra de Dios. Por eso Jesús nos da a conocer los modos de pensar, de estimar, de valorar y de sentir de Dios, pues su vida es la misma vida divina humanamente reflejada y expuesta. En su bondad, severidad y misericordia vemos la bondad y misericordia divinas.
En la navidad nos encontramos, por tanto, a Dios en el mundo, al Dios con nosotros (al Enmanuel, como lo llama Isaías), a Dios en su casa, puesto que el mundo es su construcción (su hechura, su creación) y nosotros sus criaturas. Vino a su casa y a los suyos, y sin embargo, y salvo excepciones, no fue bien recibido.
En efecto, Jesús encontró el rechazo de los suyos. No se le acogió en la posada, tuvo que nacer en una gruta para cobijo de animales, tuvo que huir para sortear la muerte desde su más tierna infancia, sufrió persecución a lo largo de sus escasos 3 años de vida pública y, finalmente, fue arrojado fuera de las murallas y clavado a una cruz. Su final ignominioso es la más clara estampa del rechazo sufrido por parte de los suyos: sus criaturas, su pueblo, sus hermanos de raza, los suyos.
Pero a cuantos le recibieron, entonces y ahora, a esos, les da poder para ser hijos de Dios. Criaturas (suyas) ya lo somos por el solo hecho de haber recibido el ser de sus manos, pero él ha venido para hacer de nuestro ser creado un ser filial, que nos permita instaurar con Dios nuevas relaciones, relación de hijos con derecho a herencia.
En esta situación tan noble (ante Dios) nos sitúa la navidad, si el que viene es realmente recibido con las mismas disposiciones con que lo recibieron María, José, los pastores y los magos. Sólo por esta acogida a la que es inherente la humildad, porque no es posible acoger al Enmanuel desde la autosuficiencia, obtenemos la capacidad de ser hijos de Dios, que es mucho más que ser criaturas de Dios.
Pero para que no decaiga nuestra condición filial es preciso que nos mantengamos en esta misma actitud de acogida hasta el final. Hay hijos que se pierden por el camino porque han abandonado la relación con su Padre Dios. Tales hijos son recuperables mientras no pierdan la conciencia de que tienen Padre, pero ¿y si la pierden? ¿Cómo podrán acudir de nuevo a él? He ahí el misterio de la perdición humana.