25 de Julio

Santiago Apóstol

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 julio 2026

Meditación

         La fe con la que los hispanos celebramos la eucaristía, con la que rezamos, o con la que vivimos en la esperanza de la vida eterna, depende en gran medida de testimonios como el del apóstol Santiago, como hijos de una tradición de fe que se remonta a su testimonio apostólico, y a ese primer eslabón de esa cadena de transmisión que tiene su origen histórico en el testimonio del mismo Jesucristo.

         Los apóstoles no se limitaron, sin embargo, a transmitir el testimonio que Cristo dio de sí mismo y del Padre. Sino que también dieron testimonio (como nos recuerda el libro de los Hechos) de lo que el Padre hizo con Jesús, resucitándolo de entre los muertos. Los apóstoles se presentaron ante el mundo como testigos de la resurrección del Señor, y por eso nuestra fe es esencialmente fe en la resurrección y en la victoria sobre la muerte.

         Esto es lo que se nos pide que creamos, en cualquier situación y circunstancia. Sobre todo al vernos (como San Pablo) apretados, apurados, acosados y derribados; o al llevar en nuestro cuerpo la muerte de Jesús. Es decir, sin perder la convicción de que también la vida de Jesús se manifestará en nuestro cuerpo mortal. Esta fe (asociada a la esperanza) nos permitirá vivir esperanzados (no desesperados) en medio de los aprietos y acosos.

         El testimonio apostólico brotó de la experiencia y encuentros con el Resucitado. Pero también de una experiencia en la que estuvo presente la fe, pues para ver a Cristo en el Resucitado se requiere una mirada de fe. Creí, decía San Pablo, y por eso hablé. Su hablar, por tanto, y su testimonio oral y escrito, brotaba de la fe.

         La fe en Cristo, Hijo de Dios, fue la razón última del hablar apostólico, de su predicar, de su lanzarse al mundo con la intención de comunicar la buena noticia de la resurrección de Jesús, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará a nosotros. Así, la fe engendró saber, y una doctrina que empezó a iluminar la vida del hombre.

         El testimonio de Santiago no fue distinto del testimonio de Pablo. También él dio testimonio de la resurrección del Señor, y lo hizo con mucho valor, con un valor propio que estaba expuesto a interrogatorios, que desafiaba las prohibiciones, que soportaba las amenazas, que sufría las torturas y encarcelamientos, y que finalmente morirá cruentamente. Se trata de un valor al que Santiago añadió los muchos signos y prodigios que el Padre le concedió realizar, para testificar también él su testimonio.

         En concreto, el testimonio de Santiago resonó en Jerusalén, donde fue juzgado por las autoridades judías por ser uno de los representantes de la comunidad cristiana y por sentirse ellos acusados por sus palabras. Allí se le prohibió seguir enseñando en nombre de Jesús, y allí se vio obligado a esgrimir su objeción de conciencia: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

         Fue también en Jerusalén donde, finalmente, fue mandado decapitar Santiago, por orden del rey Herodes y como primer apóstol mártir. Era el año 42, apenas una decena de años después de la muerte de su Maestro. Más tarde, en la década de los 60, vendrán los martirios de Pedro, de Pablo y de otros apóstoles.

         Todos ellos fueron testimonios sellados con sangre, pues no hay mejor firma para un testimonio que el derramamiento de la propia sangre. Realmente el Señor consagró los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, pues él fue el primero entre los apóstoles en derramar su sangre. La sangre de los mártires siempre reviste a la Iglesia de una fortaleza muy especial, de la misma fortaleza con la que el mártir afronta el martirio. Es la fortaleza que le proporciona su fe en la resurrección.

         Pero, al parecer, Santiago dio testimonio no sólo en Jerusalén, sino también en España, y esto antes que Pablo. Así lo atestigua una tradición del s VIII, que se ha mantenido durante siglos. Y de ello ha quedado constancia en el sepulcro donde se veneran sus restos, en Santiago de Compostela.

         De allí surgió una larga tradición de peregrinaje que se sigue consolidando con el paso del tiempo. Por eso, porque le reconocemos un papel predominante en nuestra fe cristiana, los españoles nos hemos puesto bajo su patrocinio y pedimos por su mediación la fidelidad de los pueblos de España a Cristo, hasta el final de los tiempos.

         Santiago, hijo de Zebedeo, realmente bebió el cáliz que Cristo les tenía que dar de beber, y fue el primero en hacerlo. Fue el cáliz del sufrimiento y de la muerte, tal como había pronosticado: Mi cáliz lo beberéis. Y aunque el puesto a derecha e izquierda del Señor está reservado por el Padre, a los que hayan consumido el cáliz del martirio Dios les tiene reservado un puesto de privilegio en su Reino. Así lo ha reconocido la tradición eclesial, ensalzando a sus mártires como miembros más excelentes de su Iglesia.

         Santiago aprendió a ser grande (o primero) en el Reino de los Cielos dando su vida en rescate por muchos, a imitación de su Maestro, el Hijo del hombre, que no vino para que le sirvieran, sino para dar la vida en rescate por todos. Su testimonio de fe fue realmente un testimonio coherente: porque creía en la resurrección dio la vida.

         Como indica el propio Santiago en su carta apostólica, sólo la fe acompañada de obras es consecuente. Se trata del ejercicio de las obras de caridad, que son las únicas que guardan conformidad con esta fe. La fe sin obras, en cambio, revela que está muerta o, al menos, carente de vitalidad, porque no mueve a nada, porque no produce nada. Vivamos de esta fe y pidamos, por intercesión de Santiago, el don de la perseverancia hasta el final de nuestros días.

 Act: 25/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A