29 de Agosto
Martirio de Juan Bautista
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 29 agosto 2026
Meditación
La vida de Juan Bautista fue la vida de un mártir, antes incluso de ser decapitado en la cárcel. Fue la vida de alguien que tuvo que ir a la cárcel por ser precisamente testigo de la verdad, frente a los que pretendían ocultarla o tergiversarla.
Tal era el caso del rey Herodes Antipas, que no soportaba la voz acusadora del Bautista y que por ello mandó prenderlo y meterlo en la cárcel. ¿Y de qué le acusaba el profeta Juan? De mantener relaciones ilícitas con la mujer de su hermano, un caso de adulterio prolongado, puesto que se había casado con su cuñada en vida de su hermano.
Esta mujer, de nombre Herodías, aborrecía a Juan (precisa el evangelista) y quería quitarlo de en medio. Pero no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. En muchos asuntos, añade el evangelio, Herodes seguía su parecer y lo escuchaba con gusto.
Luego aunque seguía su parecer en muchos asuntos, en este asunto concreto y personal (el de su ilícita convivencia con la mujer de su hermano) no se había dejado aconsejar por el Bautista, y a pesar del respeto que le tenía le había metido en la cárcel (lo cual indica que era un hombre influenciable y falto de convicciones, al encarcelar a alguien a quien considera honrado y santo, y a quien respeta). Esta es la estampa de la incoherencia de Herodes, y la de su falta de principios.
Más segura de sus pretensiones estaba Herodías, la mujer ilegítima de Herodes. Y por eso fue ella la que aprovechó la ocasión para llevar a cabo sus planes malévolos, contra el profeta que afeaba su conducta.
Herodes, por su cumpleaños, daba un banquete a sus magnates, oficiales y gente principal de Galilea. Y en mitad del banquete se produjo la brillante actuación de la hija de Herodías, que danzó delante de los comensales y logró el aplauso y la admiración de todos, incluido el mismo rey.
En un arrebato de mal entendida generosidad o de locura, Herodes quiso complacer a la joven, y le ofreció cuanto le pidiere: Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino, le juró. La joven, mal aconsejada por su madre, le pidió la cabeza de Juan el Bautista.
Aquella petición debió dejar conmocionados a más de uno. El mismo rey se entristeció profundamente, pues no esperaba verse en este trance. Pero había jurado públicamente darle lo que le pidiera, y no quiso desairarla ni desdecirse de su manifiesta promesa. Y en seguida dio orden a uno de su guardia para que ejecutara la sentencia de muerte.
Juan el Bautista fue decapitado en la cárcel, y su cabeza fue depositada en una bandeja que le fue entregada de inmediato a la joven. Ella se la entregó a su madre, que era la real destinataria del regalo y la principal responsable de la ejecución.
Con la muerte de Juan vio satisfecho Herodías su deseo de quitárselo de en medio. Así concluyó sus días este insobornable testigo de la verdad llamado Juan, que podía tener incluso el respeto de sus enemigos. Por eso su testimonio ha quedado para la posteridad como ejemplo de integridad. En Juan tenemos, pues, a un hombre íntegro y cabal, que anticipó la llegada del Mesías y que lo señaló como Cordero inocente venido para quitar el pecado del mundo.
La labor del Bautista también tenía que ver con este pecado. Si no para quitarlo, sí para denunciarlo y proponer un camino de conversión. Esta denuncia profética fue la que hizo de él finalmente un mártir. Por ser testigo de la verdad fue testigo de la maldad, presente en la entraña de ciertas conductas. Y este mismo testimonio que ponía de manifiesto la maldad de ciertas actitudes y acciones le convirtió en mártir, en toda la extensión de la palabra.
El testimonio de Juan es un verdadero estímulo para todos nosotros, llamados a testificar a Cristo con nuestras palabras y obras aunque eso nos acarree dificultades y persecuciones que pongan en peligro nuestras comodidades o seguridades vitales.
Act:
29/08/26
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ordinario
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A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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