2 de Noviembre

Todos los Difuntos

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 noviembre 2026

Meditación

         Conmemoramos hoy a nuestros difuntos, algo que exige hacer memoria de ellos para no quedarnos atados a la nostalgia de un pasado irrecuperable, ni para sentir el aguijón de ciertos reproches que nos recuerdan lo que podríamos haber hecho por ellos y no hicimos.

         Los recordamos para rezar por ellos, porque entendemos que nuestra oración, en esa corriente de intercomunicación que recorre el cuerpo místico de Cristo, les puede seguir siendo útil. Así nos lo hace ver el texto sagrado: que es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos, para que sean librados del pecado (2Mac 12, 43). Porque tales difuntos pueden estar todavía necesitados de esta liberación.

         El pecado apresa hasta hacer sentir sus cadenas más allá de la muerte. Es la Iglesia purgante, la que todavía experimenta la servidumbre del pecado y la todavía necesitada de liberación. Pues bien, nuestras oraciones pueden contribuir a lograr esta liberación pendiente. Rezando por los difuntos llevamos a la práctica esta idea piadosa y santa. Pero rezar por ellos es también recordarlos.

         Son momentos para la oración y para el recuerdo, y también para la reflexión. Y es que ante el fenómeno de la muerte no dejan de acumularse preguntas en nuestra mente: ¿Qué razón de ser tiene esta vida tan asediada y asaeteada por la muerte?

         La muerte no es sólo el acontecimiento que clausura nuestra vida en este mundo. La muerte no está sólo al final (lo estará como consumación, pero no como amenaza y acechanza ), sino que está también al principio y en medio de la vida. Está permanentemente como riesgo y amenaza, como noticia de su incesante acaecer, como anticipo que se deja sentir en la enfermedad o en la experiencia-límite.

         En presencia de esa muerte, la vida se nos presenta demasiado precaria y pasajera, siempre pendiente de un hilo y asomada al abismo. Es de lo que se lamenta el profeta, en su situación de abatimiento: que de la dicha no le quedaba ni el recuerdo. Se le habían acabado las fuerzas, y con ellas la esperanza. Era tal su aflicción y amargura que sentía su sangre envenenada. Pero al final del túnel divisa una lucecilla, algo que le trae a la memoria y que le infunde esperanza.

         Sin esta memoria habría caído en la oscuridad más tenebrosa. ¿Y qué es eso que aún le mantiene esperanzado? Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión, y que el Señor sigue estando ahí para remediar nuestros males (incluido el mal irreversible de la muerte).

         Pero esta misericordia divina no está para los que no esperan ya nada de él, sino para quienes en él esperan y lo buscan, con todas sus deficiencias y pecados. Para los que lo buscan y esperan en él y en su capacidad para compadecerse de nuestros males.

         Por eso, es bueno esperar en silencio, sin alborotos ni presunciones. En silencio pero esperando la salvación del Señor, porque tal es el remedio de nuestros males. En silencio pero orando, incluso gritando desde lo hondo: Señor, escucha mi voz, porque mi alma espera en tu palabra sanante, liberadora, poderosa y benéfica.

         ¿Cómo no esperar en la palabra del que es eternamente fiel, del que no engaña ni se engaña? ¿Cómo no tranquilizarnos; cómo no creer en la palabra de Jesús que nos dice que su Padre dispone de una casa con muchas estancias, para la que la muerte no es un obstáculo, sino un acceso, y que él se nos anticipa para prepararnos sitio? Por eso, su ausencia no nos debe sumir en la tristeza; por eso, no debemos desesperar nunca, pues confiamos en que volverá y nos llevará consigo.

         Esta confianza en su retorno, y de que nos llevará consigo, y no quedaremos en la situación en que nos deja la muerte, sino que no volveremos a la condición inorgánica de nuestra materia (o a esa nada de la que salimos), es la que nos mantiene persistentemente en la esperanza, aguardando siempre la tierra de promisión (el cielo de la promesa), adonde Cristo nos llevará con él en esa condición gloriosa que adquirió tras su resurrección de entre los muertos.

         Apoyados en esta esperanza, siempre podremos divisar en nuestro horizonte un futuro mejor y esplendoroso. Con la esperanza siempre hay futuro, pues el Señor no permite que se cierren todas las puertas de la vida. Él mismo es la vida, y contra ella no hay poder que pueda aniquilarla.

         También San Pablo vivía de esta certeza, cuando dijo: Si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya (tras haber asumido él una muerte como la nuestra), lo estará también en una resurrección como la suya. Es el efecto de la incorporación o de la unión con él.

         Así pasamos de estar muertos con él a estar vivos con él, y con una vida como la suya actual. Es decir, con una vida como la adquirida tras la resurrección o vida sin sombra de muerte, ya que una vez resucitado no muere más, pues la muerte no tiene dominio sobre esa vida que es eterna, y no está sujeta a temporalidad alguna. Y del mismo modo que la muerte, tampoco el pecado tiene dominio sobre esta vida, que ha quedado absuelta del pecado y liberada de toda servidumbre.

         Nuestro deseo incontenible de vida se ve refrendado, pues, por esta promesa a la que hemos dado fe. El que afronta la muerte con esta fe (la de que no moriremos para siempre) podrá situarse ante ella con serenidad y esperanza, como ante un trance que es tránsito hacia un estado mejor. Y podrá concebir la vida como un regalo a la vez que como una ofrenda. Algo similar a un préstamo que exige devolución, pero para obtener a cambio una vida infinitamente mejor: la misma vida de Dios.

 Act: 02/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A