6 de Enero
Epifanía del Señor
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 enero 2025
Meditación
Epifanía significa manifestación, la manifestación del Señor. Pero ¿no se había manifestado ya en la navidad, con su nacimiento? Efectivamente, el nacimiento de Jesús fue la manifestación y visibilización del Señor del universo en el mundo, y la presencia visible en él del Enmanuel, el Dios con nosotros. Así que, ¿qué añade esta fiesta a la navidad?
Sin duda, la presencia de unos nuevos destinatarios (y beneficiarios) de esta manifestación o epifanía: los magos de Oriente. Pero ¿a qué conceder tanta importancia a estos personajes casi de fábula, venidos del lejano Oriente? El relieve que les confiere el relato evangélico es equiparable al que les es concedido a los pastores o a otros personajes anónimos de la historiografía de Jesús. ¿Dónde radica, pues, su relevancia?
San Pablo lo deja entrever cuando habla de la "manifestación de un misterio" que no se había revelado nunca como "hasta ahora" (este ahora coincidiendo con su tiempo histórico) a sus apóstoles y profetas. ¿Y qué misterio es ése? El apóstol lo precisa: que también los gentiles (y no sólo los judíos) son coherederos, y partícipes de la promesa dada en Jesucristo por el evangelio.
La promesa de la herencia se hace, pues, extensiva a todos los hombres. Todos los hombres estamos llamados a heredar la salvación que se anuncia y se hace realidad con Jesucristo, el Dios con nosotros. Y los magos son la representación de los gentiles, esto es, de los venidos de lejos o de fuera, de los no-judíos. Su valor, por tanto, está en lo que representan como destinatarios de la salvación (un regalo) aportada por Cristo.
Pero los magos no sólo representan a los gentiles sin más, sino a los gentiles que buscan y están en una actitud que les mantiene abiertos a una posible manifestación salvífica de Dios. Están abiertos, por tanto, a la trascendencia y a la voz de la trascendencia. Están abiertos a los signos astrales, a los conocimientos que emanan de la investigación científica. Y también a la voz de los profetas, confiando en que en ellos y sus Escrituras resuene la voz del mismo Dios.
Ello requiere un mínimo de confianza. Confianza en lo que observan los sentidos, confianza en lo que deduce la razón, confianza en el testimonio sincero y creíble de los testigos de Dios en el mundo. Sin este mínimo de confianza (y humildad), sin esta apertura al mundo y a su misterio (a Dios) y sin esta fe, no es posible dar crédito a nada, ni a lo que nos muestran los sentidos (que en ciertas circunstancias engañan), ni a las conclusiones de nuestros científicos (que pueden ser erradas o no del todo explicativas), ni a las revelaciones de nuestros profetas y santos.
Los magos buscaron, y preguntaron (porque no hay búsqueda sin preguntas): ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Preguntaron incluso en casa del enemigo (Herodes), y obtuvieron respuestas (porque las había): En Belén de Judá (así lo anticipaba el profeta). Finalmente encontraron al niño del que hablaban las profecías y las estrellas. Al parecer, aquel hallazgo colmó sus expectativas, aunque no vieron más que a un niño en brazos de su madre.
Pero ellos, cayendo de rodillas, lo adoraron. Lo adoraron como a su Rey y Señor, porque reconocieron en él al futuro rey de los judíos y quizás algo más. A nosotros al menos, los representados en los magos, se nos pide que lo adoremos como al mismo Dios, como al Dios con nosotros, como a Dios en la carne de un niño. Porque ser doctrinalmente cristiano es reconocer a Dios en su encarnación, en la humanidad de Jesucristo.
La cortesía palaciega exigía portar regalos al rey anfitrión, y la gratitud por el beneficio exige de nosotros una correspondencia en forma de ofrendas o de regalos. Pero ¿qué podemos regalar nosotros a Aquel que nos lo ha dado todo con su Hijo? No hay regalo proporcional a éste; tampoco es regalable Aquel de quien lo hemos recibido todo.
Ese niño al que los magos obsequiaron con regalos como a un Rey, ofreció su propia vida (ofrenda de amor) en favor de todos esos hombres representados por los magos, en favor de todos nosotros. ¿Qué cabe esperar de nosotros, los que hemos recibido semejante regalo, sino una devolución
agradecida que guarde cierta correspondencia con su ofrenda de amor?La mejor muestra de gratitud es en primer lugar el reconocimiento del regalo y, después, la necesidad de dar algo a cambio, aunque esto sea desproporcionado. Pero el regalo sólo es tal cuando es una expresión de nuestro propio afecto, es decir, cuando nos regalamos con él a nosotros mismos. Si el regalo no fuera expresión de la propia entrega, perdería todo su valor.
El regalo, o es expresión de amor o no es nada. Más aún, si fuese algo, sería una falsedad, una apariencia de amor inexistente. La vida, regalo de Dios, nos ha sido dada para regalarla a su vez. De no hacerlo, quedaría frustrada en su misma realidad de don. Y toda frustración genera tristeza: la tristeza de lo que queda estéril o incompleto en su realización.
Pidamos al Señor de los dones en este día de su manifestación a los pueblos gentiles que abra nuestros corazones clausurados por el egoísmo a la vida en todas sus manifestaciones, que haga de nuestras vidas un don para los demás.
Act:
06/01/25
@tiempo
de navidad
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A