8 de Septiembre
Natividad de María
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 septiembre 2026
Meditación
Hablar de la genealogía de alguien, como hace hoy el evangelista respecto a Jesucristo, es considerar que el personaje en cuestión tiene un phylum genético y que pertenece a un determinado linaje o familia humana.
Si el evangelio de Mateo se abre hoy con la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham, es porque quiere destacar que el protagonista de su relato es el eslabón que culmina una cadena generacional, y que hay que considerarle plenamente insertado en la historia no por la vía de una presunta adopción, sino por la vía natural del nacimiento.
Porque Jesús tuvo nacimiento humano, y aunque éste fuera sin concurso de varón, no deja de ser humano, pues fue realmente hijo de mujer (ex muliere). La condición virginal de su concepción en el vientre de su madre, aun incorporando un factor extraordinario en el proceso generacional, no resta nada a su constitución humana. Y es esta constitución natural la que le hace miembro de una familia, de una nación, de una raza, de un pueblo con su lengua, su cultura, su régimen político, su momento histórico, su religiosidad.
El mismo evangelista está suponiendo su nacimiento virginal al presentarlo como hijo de María, pero no de José, que es simplemente el esposo de María. Su elenco genealógico concluye así: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús. Pero si Jesús no es hijo de José, sino únicamente de María, su mujer, se rompe la cadena genética en su último eslabón.
Lo que importa a Mateo, sin embargo, es resaltar que Jesús tiene árbol genealógico, y que por tanto pertenece a la historia de ese pueblo en que nació. De esta manera puede ahuyentar esos intentos docetistas que hacen de Jesucristo un ser con apariencia de hombre, pero al que privan de naturaleza (realidad) humana, un ser fantasmal débilmente conectado a los acontecimientos históricos. Jesús, por tanto, tuvo nacimiento, y su nacimiento lo introdujo en la historia.
María, la madre de Jesús, sigue diciendo Mateo, estaba desposada con José, aunque todavía no habían empezado a vivir juntos. Y en ese intervalo de tiempo, que podía prolongarse alrededor de 6 meses o un año (entre los desposorios y la conducción a la propia casa y cohabitación), resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
Eso fue así, pero ¿quién podía probar esto, que era debido a la acción del Espíritu Santo? José, su esposo, que era bueno, no quiso denunciarla, y decidió repudiarla en secreto.
El esposo o prometido percibe los síntomas de maternidad de su mujer durante ese período anterior a la cohabitación. En semejante situación podía considerarse traicionado y tomar la opción de denunciarla o repudiarla públicamente con el riesgo que esto entrañaba para la vida de esa mujer, que podía pasar por adúltera, convirtiéndose a consecuencia de ello en rea de muerte; pues la ley del Levítico, que mandaba apedrear a las adúlteras, seguía vigente como revela el posterior encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio.
José no toma esta decisión, sino otra, más benevolente, que busca salvaguardar la vida de su mujer. Decide repudiarla en secreto, o lo que es lo mismo, no denunciarla ante un tribunal de oficio, pero tampoco acudir a por ella para llevarla a su propia casa. En semejante estado no podía aceptarla como legítima esposa; pero tampoco quería ponerla en trance de muerte.
El hecho (la no acogida) podía ser interpretado de diferente modo, haciendo derivar la culpabilidad hacia un lado o hacia otro. Pero probablemente más del lado del marido que podía aparecer a los ojos de los convecinos como el hombre irresponsable que abandonaba a su mujer tras haberla dejado embarazada. En esta resolución tomada, aunque no llevada a término, ve el evangelista la bondad y la justicia de José para con su mujer.
Pero Dios, que rige los designios de la historia, haciendo de ella historia de salvación, interviene para corregir el rumbo de los acontecimientos. A José se le aparece en sueños un ángel que le dice: José, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Cuando José se despertó, hizo de inmediato lo mandado por el ángel. Pero "hacer lo mandado", en este caso, tenía mucho mérito, porque había de dar crédito a un mensaje increíble que además había llegado por un cauce (un sueño) poco fiable. Su tradición conocía mujeres estériles que habían acabado siendo madres, pero no madres que hubieran permanecido vírgenes en su maternidad.
A pesar de todo, José hizo lo mandado porque creyó en el poder de Dios, y porque si él había sido capaz de transformar a mujeres estériles en madres, ¿por qué no a una virgen?
La fe es la base de todas estas empresas o encargos de Dios, que implican el cumplimiento de una misión a la que es esencial la obediencia. Así sucedió con Abraham, y después con Moisés, y con María y José. Y así sucede también con cualquier vocacionado. Sin fe no puede emprenderse un camino de obediencia; sin fe tampoco hay esperanza para perseverar en la tarea.
Todo esto sucedió, concluye el evangelista, para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa "Dios con nosotros"). Luego la historia, lo sucedido, viene en socorro de la profecía para confirmar su verdad. Esa Virgen que habría de concebir, concibió al hijo anunciado por la profecía, al Dios con nosotros.
Act:
08/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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