8 de Marzo
Domingo III de Cuaresma
Equipo de LiturgiaMeditación
El evangelio de hoy es una hermosa catequesis cuaresmal que nos invita a redescubrir a Jesús como mesías y como el único que puede calmar nuestra sed existencial. Esto fue lo que descubrió aquella mujer de Samaria a quien Jesús, sentado junto al pozo de Jacob, pide de beber.
La petición causa extrañeza a la samaritana, porque resultaba poco usual que un judío se dirigiera a un samaritano (y más aún si era mujer) para pedir un favor o solicitar una ayuda, pues los judíos no se trataban con los samaritanos, que aparecían a sus ojos como cismáticos cuyo trato había que evitar a toda costa. Y un cismático era tan detestable como un pagano.
Pero la extrañeza de aquella mujer va en aumento con el trascurso de la conversación, sobre todo cuando Jesús le dice: Si conocieras quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría agua viva.
Para la samaritana no había probablemente nada más apreciado que el agua de ese pozo, que le proporciona la vida y le daba de beber. ¿Y qué sería de ella y de los habitantes de aquel lugar desértico sin esa agua? Pero Jesús aprovecha la ocasión para prometer a aquella mujer un agua aún más valiosa y estimable, siendo el agua de ese pozo tan valiosa como necesaria.
Su valor radica en que podrá saciar enteramente la sed del hombre, que es más que sed material, que es sed de conocimiento o de verdad, sed de justicia, sed de paz, y de amor, y de felicidad, que es sed de vida. Sucede que el hombre es por naturaleza un ser sediento: el más sediento de los seres creados, y por lo mismo, el más insatisfecho y el más capaz de sufrimiento.
Nuestra sed no es sólo el conjunto de nuestras necesidades psicosomáticas, sino también la totalidad de nuestros deseos, tanto de carácter corporal (incluso carnal) como intelectual y espiritual, porque somos intelecto y espíritu. Hay sobre todo un deseo de infinito, que se confunde con el deseo de Dios o deseo de verdad y de bien. Sólo cuando se vean colmados nuestros deseos (todos ellos) podremos decir que hemos calmado nuestra sed.
Pero semejante saciedad parece extraña a esta vida en el tiempo y en la provisionalidad. Sin embargo, Jesús se atreve a ofrecer a la samaritana un surtidor de agua inagotable y plenamente saciativa, un agua viva portadora de vida eterna. Por eso, porque salta hasta la vida eterna puede calmar la sed del hombre para siempre. Y no podría saltar hasta la vida eterna de no proceder de la fuente eterna de la vida.
Pero este lenguaje que alude a eternidades sigue provocando hilaridad y escepticismo en el hombre que se cree sabio o que todo lo somete al criterio supremo de la evidencia, de la razón o de la experiencia empírica. Y quizás, tras la fina ironía de aquella mujer (que le dice: Señor, dame esa agua, así no tendré que venir aquí a sacarla) se esconda ese escepticismo que a todos nos cuesta vencer, ante una propuesta de fe que escapa a nuestro control.
Es evidente que Jesús está hablando de otra sed y de otra agua. Es la sed de amor de una mujer que ha tenido cinco maridos, pero que ninguno de ellos le ha satisfecho. Es la sed de alguien que desea saber dónde está la verdad: si entre los judíos (que dan culto a Dios en Jerusalén) o entre los samaritanos (que adoran a Dios en el monte Garizim, y no tienen más ley que la recogida en los 5 libros del Pentateuco).
En definitiva, es la sed del que espera que se haga la luz en su vida, y que el Cristo anunciado le diga qué es lo necesario que hay saber para hallar la felicidad y la salvación.
Ante la revelación de Jesús (Yo soy ese Mesías que tú esperas), la mujer, en medio de sus dudas, se pregunta: ¿Será verdad?¿Será realmente éste el Mesías? Porque ha visto en él a un profeta capaz de leer en su corazón y descubrirle aspectos inéditos del mismo. Y movida por este presentimiento, ella misma se convierte en portadora y transmisora de su gozoso hallazgo: He conocido a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.
Los samaritanos del lugar rogaron a Jesús que se quedara con ellos, descubriendo por sí mismos que Jesús era realmente el donante de esa agua que sacia la sed más profunda del hombre (la sed de salvación o sed de liberación de todo lo que le impide ser aquello a lo que aspira).
Creer en Jesús Salvador es estar bebiendo ya de su agua (su Espíritu), fuente de amor y de esperanza que no defrauda, como no quedó defraudada aquella mujer de Samaria en su encuentro con Jesús.
Act: