9 de Marzo

Lunes III de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 marzo 2026

Meditación

         El evangelista sitúa hoy a Jesús en la sinagoga de Nazaret, la localidad que le había visto crecer y que ahora le recibe con frialdad e incluso con rechazo, al no ser sus paisanos capaces de abrirse a la novedosa presencia profética del hijo del carpintero.

         En semejante situación, no es extraño que Jesús recrimine a sus paisanos, sobre todo cuando les dice: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Es decir, que si este rechazo experimentado por el profeta en su propia tierra es una realidad constatable en la historia, no debe extrañar que se repita una vez más en el caso de Jesús, confirmando con ello sus pretensiones proféticas. No obstante, para reforzar esta afirmación recurre Jesús a algunos ejemplos que le ofrecía su propia historia, la historia de Israel.

         En tiempos de Elías, comienza diciendo Jesús, había en Israel muchas viudas. Se trataba de ese período de 3,5 años en el que el cielo estuvo cerrado, y a consecuencia de ello hubo una gran hambre en todo el país. Pues bien, a ninguna de esas viudas fue enviado Elías, sino a una extranjera (una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón). También había en Israel muchos leprosos en tiempos de Eliseo, discípulo y sucesor de Elías, pero el profeta no fue enviado para curar a ninguno de estos leprosos, sino a un extranjero (Naamán el Sirio).

         Se trata de casos narrados en los libros proféticos, pero ¿por qué estas intervenciones proféticas llevadas a cabo en tierra extranjera? Primero, porque los no judíos también se encuentran entre los beneficiarios de los dones divinos; y en segundo lugar, porque el profeta se ha visto obligado a emigrar en razón de la persecución desatada contra él en su propia casa. Pero también fuera de su tierra han continuado ejerciendo su labor profética. Son casos históricos que vienen a refrendar la apreciación que saca Jesús de su experiencia particular: que ningún profeta es bien mirado en su tierra.

         Pero aquel veredicto, que presentaba a los nazarenos como refractarios a los profetas patrios, les puso tan furiosos que, levantándose, empujaron a Jesús fuera del pueblo, hasta un barranco del monte, con la intención de despeñarlo. Pero Jesús sorteó la situación, se abrió paso entre ellos y se marchó. Así concluyó aquel incidente local que amenazaba con truncar su carrera profética casi en los comienzos.

         Estaba claro que aún no había llegado su hora; que tenía que cumplir la misión para la que había sido enviado. Esa hora no se retrasó en exceso; porque sólo tuvieron que transcurrir uno o dos años (aproximadamente) para que se hiciera presente. Pero no eran sus paisanos los que habrían de decidir el momento de la consumación, sino su Padre (por encima de todos) en connivencia con los hombres.

         Una actitud tan reacia a la misión de Jesús en sus paisanos nos muestra las dificultades que han tenido todos los profetas para hacer valer su condición y oficio en medio del mundo. Los portadores de Dios siempre han encontrado mucha resistencia a ser reconocidos como tales, y mucho más por quienes les han conocido en sus oficios previos, como pastores, agricultores o pescadores. No se concibe la idea de que uno haya sido elegido por Dios para desempeñar esta tarea en un determinado momento de su vida, sin que los antecedentes tengan demasiada importancia.

         Jesús era conocido por sus paisanos como el hijo del carpintero. No parece que hubiese destacado por otra cosa durante esos años de su adolescencia y juventud, y sin embargo era el Hijo de Dios oculto tras la indumentaria de una existencia humana poco notoria. Por eso a quienes le habían conocido en esta existencia ordinaria, y hasta vulgar, les costaba tanto reconocerle ahora como el Mesías profetizado por Isaías.

         Pero tales son las sorpresas de Dios que se dejan notar en determinados momentos de la historia. Aquí no hay criterios absolutos que nos permitan evaluar la veracidad del profeta, pero al menos hay signos de credibilidad que hacen posible y razonable el acto de fe en alguien que se presenta a nosotros como enviado de Dios para darnos a conocer sus planes.

         La tradición en la que hemos nacido y crecido refuerzan sin duda esas convicciones de fe. Y si la tradición condiciona nuestra libertad de elección, también nos ofrece posibilidades de realización y de crecimiento, como sucede con el idioma materno. Que el Señor guíe nuestros pasos por este mundo enigmático y azaroso para que no nos desviemos del camino de la verdad y de la vida.

 Act: 09/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A