1 de Marzo
Domingo II de Cuaresma
Equipo de LiturgiaMeditación
La liturgia nos marca el itinerario cuaresmal, y tras el domingo de las tentaciones llega el domingo de la transfiguración. Uno nos advierte de que hay tentación (y seremos sometidos a ella a lo largo de la vida); el otro nos enseña que hay gloria, y que un día seremos revestidos de ella como el Transfigurado, y más tarde Resucitado y glorioso.
En definitiva, ambos nos vienen a decir que la vida es tentación, pero que la tentación es superable, como la misma muerte que pone a prueba la vida reduciéndola en su corporeidad al polvo y ceniza. Y que lo que espera a nuestro cuerpo mortal, no obstante, no es la corrupción, sino la incorrupción y la gloria de la que será revestido.
San Pablo agrega que es algo que Dios ha dispuesto darnos desde tiempo inmemorial por medio de Jesucristo que, asumiendo nuestra condición mortal y muriendo, destruyó la muerte sacando a luz la vida inmortal.
Pero antes de que esto sucediera anticipó el hecho luminoso con otro hecho glorioso acaecido en el monte de la Transfiguración en presencia de tres testigos escogidos de entre sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Ante ellos cambió su aspecto corporal, que adquirió de repente un brillo inusual y resplandeciente.
Fue tal la luminosidad del momento que quedaron sobrecogidos; a Pedro no se le ocurrió otra cosa que decir: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Hermoso y deleitoso, pues tanto Pedro como sus compañeros estaban viviendo un momento de cielo en la tierra, y no deseaban otra cosa que prolongar la estancia. Por eso concibe la idea de hacer chozas; pues su ánimo es permanecer en el disfrute del momento. Olvidaba que su realidad y la de su Maestro seguía siendo la tierra con sus arideces y sus espinas.
Y estando en esto se dejó oír una voz desde la nube: Este es mi Hijo el Amado, mi predilecto. Escuchadle. La voz procedente del cielo señalaba al transfigurado como Hijo amado, como el predilecto de Dios Padre. Una declaración tan sonora y luminosa no puede sino llenarles de temor y hacerles caer de bruces. Tendrá que ser el mismo Jesús quien les saque de ese estado de pavor y perplejidad y les devuelva la tranquilidad.
Pero aquella experiencia les dejará ya marcados para el futuro. Y aunque mantuvieron oculto el hecho durante cierto tiempo, porque habían recibido ese mandato del Señor, finalmente y tras su resurrección de entre los muertos, lo dieron a conocer y su testimonio quedó escrito para la posteridad. Nosotros fuimos testigos de este suceso deslumbrante (dirá Pedro en uno de sus primeros discursos), acaecido en la montaña.
En él Jesús les había dado muestras fugaces de la gloria que lo inhabitaba, de la divinidad de que era portadora su humanidad. Y con esta muestra esplendorosa que anticipaba su resurrección, quedaba como grabada a fuego la declaración celeste: Este es mi Hijo. Prestadle atención, mucho más que a Moisés y a Elías.
Ellos eran sus profetas, pero no su Hijo amado. Y éste viene a culminar la ley y los profetas. Su palabra lleva a su cima el tiempo de la revelación divina. Con él Dios nos lo dice todo: todo lo que tiene que decirnos para alcanzar la salvación.
Por tanto, no hay nada mejor que hacer que estar a su escucha. La visión está al servicio de la audición, y la audición es una invitación a la escucha. Puesto que estamos ante el Hijo de Dios, y nadie conoce mejor al Padre que el Hijo, no cabe otra postura que la de escucharle como quien escucha al mismo Dios, el más sabio de entre los sabios, la misma sabiduría.
Pero no se trata sólo de escucharle, sino de escucharle para hacerle caso. Aquí escuchar es el anticipo de obedecer, pues ¿de qué serviría escuchar para luego no hacer caso? De muy poco. A la verdadera escucha sigue la obediencia. Pues lo que Dios pide es obediencia, como a Abraham: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré.
Y para obedecer hay que confiar mucho en el que pronuncia esa palabra, en el que llama a ese abandono sin mostrar todavía la tierra que ofrece a cambio. Para abandonar su propia tierra, tendrá que creer en esa promesa, pues nadie abandona la propia patria si no es por una tierra mejor. Pero esa tierra, en boca de su mentor, es todavía sólo una promesa, como lo es para nosotros el cielo.
Sólo la fe (ese acto de confianza en el Dios de la promesa) nos permite ponernos en camino y abandonar nuestras seguridades. Jesús sale al paso de la fe temblorosa de sus seguidores ofreciéndoles algunos asideros como el de la transfiguración (y después la resurrección), para hacerles ver que hay estados más luminosos que los terrestres, que más allá de la tierra hay cielo y que la promesa no es una construcción imaginaria y sin base real.
Act: